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EL LAGARTO ROJO
por Pepe Garrido


Viajar a Nápoles tiene algo de aventura, sea por la mala fama que continuamente los noticiarios se encargan de mantener, como por el hecho incuestionable de que lo interesante de Nápoles no es la ciudad, primordial para un viaje de arquitectos, sino los napolitanos y el enorme ruido que producen.

Sus verborreas interminables y gestuales remiten a tiempos pasados donde el dominio de la conversación era el mejor entretenimiento para los humanos. Los escapes incontinentes de sus vehículos abollados, sólo entran en sintonía con las bocinas de coches y motorinos, cabalgados éstos por auténticos centauros que consideran derogado el código de la circulación. Y todo ello ambientado en una escena compuesta por calles estrechas y edificios envejecidos y altos.

La consecuencia es una ciudad densa como Calcuta, y oriental y ruidosa como los mercados de Estambul. Casi el viaje es más de interés antropológico que arquitectónico.

Sin embargo el viaje será apasionante, no sólo por lo que de su programa de visitas se desprende, sino porque la vitalidad de esa población debe ser experimentada. Lo que puede ser considerado odioso en el primer encuentro con la ciudad, termina enganchando al viajero, que lamentará finalmente la brevedad del viaje.

Nápoles y su región, o su bahía si se prefiere, es la herencia de la historia más rica que queda en Occidente. De los últimos episodios que le ha tocado vivir a la ciudad, probablemente el más doloroso fue la ocupación alemana, de la que fue liberada en el año 1944 por las tropas aliadas. Estas encontraron una ciudad en ruinas y dos millones de habitantes famélicos que habían conseguido sobrevivir recurriendo a lo inconfesable. Y eso marca.

La degradación moral y social a que se vieron abocados los napolitanos, como consecuencia de la guerra y la posguerra, está reflejada en "La Piel" obra de Curzio Malaparte escrita en 1949.

Este, cuyo nombre real era Kurt Sucker, había nacido toscano (Prato - 1898) de padre alemán. Inicialmente fascista y después antifascista, se hizo construir en Capri, en la Punta Masullo, una casa racionalista según el proyecto de Adalberto Libera, entre los años 1938 y 1943. Una casa que nos está esperando.

Capri es una pequeña isla situada en la punta más meridional de la bahía de Nápoles. Famosa por ser residencia veraniega de algunas de las grandes fortunas europeas y destino del viaje de los recién casados, realmente y contra lo habitual, es más bonita vista de cerca que en foto. Allí estuvo (quedan sus ruinas) la impresionante villa de Tiberio, edificada sobre el acantilado más alto del lugar, y con dominio sobre la propia isla en que se asienta y la bahía completa de Nápoles, Vesubio incluído.

Pues allí Malaparte compró una roca en 1936, que entra en el mar a modo de pequeña península, un lugar inhóspito y de difícil acceso que quedaba casi aislado del resto de la tierra firme. Sobre esta roca Libera le construyó una casa Racionalista, que como no se podía esperar de otra forma, renunciaba a los sistemas constructivos y tipologías propios del lugar.

La casa, es un prisma biselado de color rojo pompeyano, tumbado sobre la roca. Su eje mayor sigue la cresta del promontorio alargado de forma que desde el interior se goza de vistas hacia ambos lados de la costa. En cierto modo su volumen trae rememoranzas marineras. El gran salón proyectado, en la proa del navío, tiene cuatro ventanales de distintas formas y tamaños, de modo que el encuadre del paisaje sea diverso en cada uno de ellos. La cubierta, a modo de azotea, es accesible por una amplia escalera de planta trapecial y se convierte así en una tribuna sobre el mar.
Si algo se puede afirmar con rotundidad es que la casa no buscó la mímesis con el paisaje, por el contrario el contraste es más que notorio, y sin embargo ha sido aceptada por su emplazamiento privilegiado, como un objeto que lo corona y lo remata.

Consta de tres plantas y la azotea. En la más alta de todas se desarrollaba el apartamento del escritor, mientras que en las inferiores se alojaban los invitados y el servicio. La azotea dispone de un muro curvo para protegerla de las vistas desde la isla.

Malaparte gozaba llamando a su casa "La casa come me"; tan de su gusto era. De hecho en la azotea pasaba innumerables horas tostándose al sol, como un lagarto, como el lagarto rojo, inmóvil bajo el sol, que la propia casa es.