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CARGA Y DESCARGA
por Rosa Ugarte

Una maldita leucemia nos hizo ir hace poco a Madrid a dar el último adiós a una amiga, compañera de carrera, y de juergas, desde el primer curso.

Hospital de la Princesa. ¿El mortuorio?

Busque usted la puerta de urgencias y a su derecha verá una rampa al fondo de la cual verá unas enormes botellas de oxígeno cubiertas con una "bonita" tejavana de fibrocemento y a la izquierda encontrará usted la puerta del mortuorio.

Si no la ve usted, mire bien, que seguramente sea por las enormes jaulas de ropa sucia que están amontonando junto a la puerta.

El mortuorio era un cuchitril enano y con los calores estivales madrileños la única que no sufría ni padecía allí era mi amiga, la muerta.

Así que la gente se salía fuera buscando una sombra, con la mala fortuna de que el único sitio a la sombra era el lugar en el que seguían amontonando las enormes jaulas de ropa sucia.
Había otro lugar a la sombra: la rampa.

De manera que allí nos tuvimos que quedar todos, inclinados en la rampa por no tener fuerzas ni ganas de luchar contra las jaulas, o contra los operarios que llevaban las mismas, cuyos malos modos iban a juego con lo siniestro del lugar.

Camino del crematorio me preguntaba qué habría salido antes, si el coche funerario con mi amiga o el camión con las jaulas.

Todas las fachadas del hospital están con andamios y en uno de ellos hay un cartel en el que pone los miles o millones de euros que se están gastando en remozar las fachadas.

Que les queden muy bonitas. Espero no tener que volver a comprobarlo.

Del cura que ofició la ceremonia en el crematorio y de su "morada eterna" también habría algo que decir, pero no me quiero meter en asuntos divinos. Tan solo que sólo le falto repartir folletos del "piso piloto" que la mamá (mi amiga) había ido a preparar a la "última morada", para que sus hijos y marido fueran después.