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OTROS TIEMPOS, OTROS LUGARES
Ruskin en la selva
Templo de Ta Phroom, Angkor (Camboya)
por Jesús López Araquistain

Me había levantado a las cuatro de la mañana. Estaba, a oscuras, en pleno silencio y medio dormido, pensando si compensaría el madrugón. Y vaya si compensó; una luz sutilísima comenzó a iluminar la escena, mientras la banda sonora reproducía el canto de un ¿insecto? inidentificable. Al solista se fue sumando toda el arca de Noé, hasta formar un estruendo tremendo que saludaba a un nuevo amanecer. Veía ya lo suficiente como para darme cuenta de la extraordinaria amalgama de naturaleza y arquitectura que me rodeaba, un caos formado por gigantescos muros y árboles que se abrían paso a través de ellos. Estaba en medio del templo de Ta Phroom, la pesadilla de un patólogo de la construcción y una de las imágenes más fascinantes que recuerdo de edificio alguno, aunque fuera un edificio derrotado y casi engullido por la selva.

La civilización khmer surgió en el siglo IX, y la habilidad constructora de sus reyes fue prodigiosa. Los grandes embalses que irrigaban sus campos de arroz, las ciudades y los edificios formaban parte de un sistema perfectamente integrado (ordenación de territorio, urbanismo y arquitectura). La arquitectura era una actividad sagrada, llena de simbolismos y contenidos cosmogónicos. A la potente influencia india se sumaron pequeños detalles de la china, dando como resultado una expresión peculiar de la serenidad y el orden, basados en la utilización del doble eje de simetría y la repetición del mismo tema a diferentes escalas, desde la torre hasta el pequeño adorno de una cornisa. A partir del siglo XV, fecha de la decadencia khmer, la naturaleza recuperó sus antiguos terrenos. Quedó a salvo el gran templo de Angkor Vat al mantener su actividad como monasterio budista. El resto, cientos de edificios, ofrecerían un aspecto parecido al templo de Ta Phroom, donde me encontraba. Así los conocieron los viajeros portugueses, españoles y franceses que por allí pasaron del XVI al XVIII. Pero es a partir del XIX cuando, gracias a los grabados de Louis Delaporte, una Europa deseosa de exotismo se maravilla ante las imágenes de cabezas gigantescas surgiendo entre las lianas.

La administración francesa emprendió la tarea de restauración de los templos a partir de 1931. Construidos sin argamasa, la vegetación había conseguido convertir los sillares en piezas de un gigantesco rompecabezas que era preciso descifrar y reconstruir desde los cimientos. La tarea no ha concluido ni mucho menos, y la selva envuelve todavía la mayor parte de las construcciones khmer, hoy por hoy inaccesibles. En los trabajos actualmente en curso se aprecia la laboriosidad de la tarea, empleando rodillos de madera para el desplazamiento de los pilares, como se aprecia en la imagen adjunta.

Pero las autoridades arqueológicas decidieron que un templo se "salvaría" de la restauración, y se ofrecería a los visitantes con el mismo aspecto que tenía cuando se encontró, sin interrumpir la labor de deglución por parte de la selva, aunque la desaparición total fuera el destino final del templo. Excuso decir que la visita al Ta Phroom desde el punto de vista didáctico es un muy apreciable complemento a la de los templos reconstruidos. Pero también es la más emocionante, la que más directamente impresiona nuestros sentidos. La decisión parece acertada, pero en este caso era relativamente fácil; el sacrificio de un templo cuando se dispone de muchos. ¿Qué pasaría si se dispusiera de un solo monumento? ¿Sobreviviría Ruskin en la selva?