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BURBUJA
por Juan Diez del Corral


Una de las noticias fatales que recibimos cuando nos hicimos adultos es que el dinero valía dinero y que, por lo tanto, el dinero también producía dinero, por lo que con tener cierta cantidad de dinero se podía seguir ganando dinero, y se podía vivir sin necesidad de trabajar. La percepción del mundo se nos alteró entonces sustancialmente, porque lo que creíamos que era sólo un valor de mediación en forma de número, resultaba ser, además de ello, un bien susceptible de mercado y una máquina autorregeneradora de sí misma.
El momento histórico en el que el dinero dejó de ser un valor de cambio para ser también esas otras dos cosas, es difícil de precisar, pues según parece, fue consecuencia de un largo proceso a través de los siglos.

Sin embargo sí que parece ser histórico el momento en que el dinero ha dejado de valer dinero y de hacer dinero, pues el derrumbe de los tipos de interés hasta cifras próximas a cero puede datarse con cierta precisión en el último cambio del milenio.

Según las reglas del mercado, cuando las cosas dejan de valer dinero es porque hay sobreabundancia de ellas, así que si el dinero ha dejado de valer dinero es porque debe de haber dinero a manta.

De la fatalidad de esa noticia recibida en nuestro proceso de aprendizaje (y de decepción) podríamos habernos librado ahora para siempre, si no fuera por la mutación que el propio dinero ha producido en un ente próximo y querido para algunos arquitectos, un ente que, por su imperfección mercantil, siempre había estado en un segundo plano de la economía: la ciudad.
Según la mutación habida, ahora es la ciudad la que produce mera ciudad sin otras necesidades aparentes que la de sustituir o la de emplazar al dinero que producía dinero. No se hacen ni compran calles y viviendas porque se necesiten como partes de la ciudad que crece, sino que se hacen y compran por inversión, pues según el tradicional mercado inmobiliario, el dinero puesto en pisos siempre venía a dar tanto dinero como el que se ponía en el banco a plazo fijo. El problema ahora es que al desaparecer los dineros a plazo fijo, todo va a inversiones en pisos.

A esa mutación milenarista los medios de comunicación le llaman "burbuja inmobiliaria" porque al igual que las pompas de jabón, se espera que reviente tan pronto como se supere la tensión superficial de su materia constitutiva.

La gente que tiene dinero tiene miedo al reventón y hace pronósticos o expresa sus deseos. Sin ir más lejos, nuestros promotores riojanos, tratando de confundir su predicción con su deseo, dicen en el último número de su revista CONSTRUVIDA que no va a reventar nunca, y maldicen a los agoreros que puedan decir otra cosa, ...por si acaso con ello la hacen estallar antes de tiempo.

No es por ganarme su aprecio ni mucho menos, pero fatalmente creo que tienen razón porque, puestos a pensar en la materia constitutiva de esa burbuja hecha con dinero y ladrillos (en vez de jabón) no acierto a adivinar cómo y por dónde se puede romper.

En primer lugar es difícil pensar que la idea del dinero que vale dinero y que hace dinero, encuentre en breve plazo de tiempo otro territorio tan fértil como el que ha encontrado en la producción de ciudad; y en segundo lugar, los ciudadanos están tan curados de espanto que, mientras que la crítica urbana esté bajo control, aguantarán cualquier ciudad que se les eche con tal de tener un cochecito para moverse por ellas sin tocarlas o para escaparse compulsivamente de su perímetro más o menos informe, los fines de semana y vacaciones.

Si el libro de los libros ya nos instruía en que trabajar era un castigo (o una humillación) por aquel primer pecado de Adán, al enterarnos de que el dinero podía hacer dinero, y que por ello algunos podían vivir sin trabajar, el trabajo se volvió aún, mucho más humillante.

Del mismo modo, al saber ahora que la ciudad se genera fundamentalmente para hacer dinero, el trabajo de pensarla o de defenderla en sus valores cívicos y formales ya no es que sea humillante, sino que es completamente estéril.

Así que, a ese pensamiento del ser de las cosas que no tiene nada que ver con el dinero que vale dinero y que hace dinero, ni con la ciudad que se produce para invertir, no le queda sino la modalidad de la contemplación.

Y de entre las cosas a contemplar, bien es verdad que las burbujas siempre han sido fascinantes.