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SABIOS
por Juan Diez del Corral


No sé si es cabreo conmigo mismo (o con mi destino), pura envidia, o desazón ante la posible injusticia, pero nunca he podido soportar que, mientras que la generosidad en dar mi opinión o mi valoración sobre las cosas, ha sido por lo general despreciada, el silencio circunspecto de la gente a la hora de emitir su opinión se tiene siempre en mucha mayor estima. Yo quedo siempre como un charlatán, como un imprudente, como un metomentodo, mientras que los calladitos y reservones son tomados por gente educada, o que sabe estar, o poco menos que por sabios.

¿Cómo es posible que sean mejor valorados personal o profesionalmente aquellos que esperan y esperan para decir algo, y al final no dicen más que lo que han dicho otros, o incluso, acaban por no decir nada?

La respuesta me la daba yo mismo al comienzo de mi “Manual de Crítica de la Arquitectura” al tratar del "gusto", pero no me había dado cuenta hasta una autorrelectura que acabo de hacer al comienzo de este curso. Yo aconsejo a mis alumnos -decía allí y digo habitualmente en mis clases- que se abstengan de hacer manifestaciones sobre su "gusto" o que eviten en lo posible el dar una "opinión" precipitada de las cosas, porque una opinión es casi siempre un "prejuicio" y la expresión del gusto de uno, no es sino un hablar de sí mismo. La palabra que quiere ser vehículo de razón y búsqueda de verdad, la palabra que quiere iluminar el mundo, no puede estar teñida de todo lo oscuro que llevamos dentro, es decir, de lo que no sabemos ni cómo ni cuándo ha llegado hasta allí, y que sale precipitada y desordenadamente cuando emitimos una opinión precipitada o una manifestación del gusto. Hablar del gusto de uno es, por principio, una actividad indecorosa, impúdica y hasta grosera, -les digo. Un desnudarse sin venir a cuento, un acto asocial y sin perspectiva de diálogo y entendimiento.

Pero ¿podemos evitar hablar de nuestros gustos? ¿podemos sortearnos a nosotros mismos constantemente evitando en nuestra palabra cualquier contaminación de nuestra insondable subjetividad? Evidentemente no. Es imposible, -les razono-, porque no somos palabra pura. Somos carne efímera y débil, duda constante, así que, por mucho que queramos ocultarlo, quizás en un descuido o a través de una mueca inoportuna se nos escapará la expresión de nuestro gusto. Ocultarla siempre y por norma no es justo, porque sería represión, pero por lo menos hay que hacer el esfuerzo de dilatarla, de demorarla. Retener todo lo que podáis la manifestación de vuestra subjetividad, -les digo-, y mientras tanto cargaros de argumentos o de razones para que el prejuicio sobre lo que os vais a manifestar, se torne en "juicio". Y para que siendo juicio puedan discutirse y rebatirse los argumentos y las razones con que se celebra.

¿Y no será de ahí, -me digo ahora-, de esa demora, de esa espera en el hablar, de donde le venga el prestigio a esos tipos calladitos que no se pronuncian ante nada y que parece que miran, y que calculan, y ponen gestos serios mientras los demás hablan? Sí, es posible que de ahí les venga su aprecio público. Con su silencio primerizo se ponen al margen de la algarabía de alocadas voces que siempre se escuchan cuando algo se hace presente. Con su silencio, permiten la contemplación de quienes optan por ver y analizar antes de juzgar. Y por ese silencio, desde luego, cabe estarles agradecidos.

Claro que, bien pensado, su prestigio no proviene de ese silencio inicial en el que cualquiera puede ejercitarse, pues suele ocurrir que cuanto más dilatan sus silencios más prestigio van cobrando. Hay quien se pasa la vida sin decir ni esta boca es mía y quien con ello se gana el respeto y el aprecio de todo el mundo.

Pero ¿es en verdad respeto?¿es aprecio?¿es de todo el mundo? No lo sé. No estoy seguro. Cada vez tengo más dudas sobre lo que significan respeto y aprecio. Sobre todo cuando escucho eso de que "todas las opiniones son respetables", o cuando leo ese latiguillo de "apreciado amigo".

Quien calla otorga, dice el refrán español. Y otorgar es dar, regalar, dejar la vía libre a los que hablan por hablar, a los que mandan y a los que mueven el mundo. Así que el prestigio de los que callan no tiene que ver con su capacidad de razonar, sino con su incapacidad de juicio público. Y el respeto y aprecio que reciben no es el de todo el mundo, por supuesto, sino el de quienes por hablar, y hablar de sí, prefieren no tener competencia; y el de quienes por mandar y adecuar el mundo a su antojo, no quieren que nadie les entorpezca. Los charlatanes y los poderosos (que son muchos, pero que no son todo el mundo) les llaman sabios, y hasta van ellos y se lo creen. Pero yo juzgo que son de lo más tonto que hay en el mundo.