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MARISTAS
por Javier Dulín


Querida Carlota:
Habíamos pensado que estudiaras en el Colegio San José, el de los Hermanos Maristas, el de Calvo Sotelo 40. Desde la generación de tu abuelo, que estrenó el edificio en el año 1925, hasta hoy, todos los miembros varones de tu familia (incluso ahora las féminas, tu prima María) han pasado por esas aulas. Además nos toca dicho Colegio por vivir en la zona correspondiente marcada por la Consejería de Educación; está cerca de casa y es céntrico. Y por otra parte, en una ciudad sin excesiva oferta educativa, más vale malo conocido que bueno por conocer.

Pero claro, ahora la situación cambia desde el anuncio en la prensa de la "jugosa operación", -onomatopéyica expresión que pronunciaba el periodista, y con la que expresaba de forma asumida, normal, cotidiana y hasta lógica, lo que los demás conocemos como "operación especulativa". En relación a este tema, lee a Juan en su "Burbuja" del número anterior.

Esta "operación", provoca en cadena una serie de cuestiones que afectan en gran medida a la ciudad. Lo más obvio, la pérdida de otro edificio de empaque. A este ritmo, Agapito del Valle se va a quedar sin obra construida. Otros compañeros ya han tratado por las ondas esta cuestión. Se habla del gran valor que van a tener esos numerosísimos pisos, sobre todo para el promotor, (puestos a forrarse, ¿no podía haber sido una empresa riojana?). Pero qué pasa con las viviendas del tramo de Bergasa, esas que tienen magníficos miradores a mediodía con vistas al patio del colegio cuando les coloquen un edificio a escasos metros y pierdan el sol del invierno. ¿Se revalorizarán también? ¿Qué ocurrirá cuando haya 900 coches más en una zona donde el tráfico ya es catastrófico y sin solución? ¿Tendremos que pedirle a Álvarez del Manzano las tuneladoras y seguir su nefasto ejemplo madrileño? ¿Comprarán las plazas de garaje los padres de los alumnos que viven en la zona para poder llevar a sus hijos al nuevo colegio y aparcar al regresar? ¿Qué ocurrirá con todos los negocios que de una manera u otra han crecido al abrigo del colegio; tiendas de ropa infantil, academias, librerías, tiendas de pipas, etc? ¿Se tapará la medianera de Bergasa, una de las nueve que se realizaron con motivo del IX Centenario del Fuero de Logroño? ¿Le encargarán otra, o se quedarán ocho para celebrar nueve? ¿Cómo resolverá el misterioso equipo de arquitectos que tiene el encargo en el tablero el encuentro con el edificio de Calvo Sotelo 38, aquel que mimetiza un edificio que ya no existirá? ¿Será mimético del mimético?

La prensa nos informaba además que el hermano-arquitecto Rekalde, al estilo del flautista del cuento, con la elaboración del nuevo colegio se llevará a todos los niños lejos del centro, de su casa, de su familia, de su ciudad. Con el ejemplo tan jugoso de los Hermanos Maristas, supongo que los Escolapios y las Agustinas, estarán haciendo números. Así que es posible que en unos años ya no oigamos ni veamos niños por las calles del centro.

Nos ha entrado la manía de sacar los edificios simbólicos extramuros y extrafosos, generando un centro mucho más rico en burbujas, hacinado de viviendas y coches, y una ciudad exterior generada por edificios con una vida de horario concreto y escaso, tomado por botellones, guardas jurados y circos efímeros. Plaza de toros, estadio de fútbol, palacio de deportes, palacio de congresos, centros comerciales y de ocio, enfermos de alzeimer, universidad, y ahora los colegios. Copiamos el modelo de ciudad de las grandes urbes, cuando posiblemente la mayor ventaja que tiene Logroño es su reducido tamaño. Tener que usar el coche para ir al cine, al fútbol, llevar el niño al colegio, parece una estupidez en una ciudad que se cruza en media hora andando y donde ya existe un aceptable transporte público. Se ha perdido la capacidad de hacer ciudad heterogénea.

Pero no te creas que todo esto me duele mucho, estamos tan acostumbrados a verlo, que ya produce indignación indiferente. Ahora bien, hay una cosa que sí me duele intensamente de toda esta operación especulativa de los Hermanos Maristas y es precisamente la especulación con la memoria colectiva de una parte importante de logroñeses, y por tanto con la memoria de la ciudad.

Uno de mis primeros recuerdos grabados en mi memoria es el primer día de clase, en párvulos, con el Hermano Lorenzo, en el edificio nuevo, primera aula del primer piso desde la escalera de Ciriaco Garrido, cuatro filas de pupitres, cada una de un color, amarillo, negro, verde y azul, la bata. Los recuerdos se agolpan, al fin y al cabo fueron doce años con ellos. Según crecías ibas avanzando en el edificio, pabellón nuevo, luego al viejo y por fin a la escalera del patio en las fiestas porque eras el mayor del colegio. Los pasillos, con sus bolas de luz y el compañero corriendo con una campana que anunciaba los cambios de clase. La terraza con los triciclos, el porche en los días de lluvia, la imagen de la Inmaculada que te miraba en el fondo del pasillo, las confesiones obligatorias de los jueves, el mes de mayo y sus flores, los rosarios infinitos en vez de conocimientos. El kas de naranja que tomaba todos los recreos en el bar del patio, con el mismo duro, que mi hermano me devolvía por la tarde en casa, el curso que ayudó en esas labores. Los cuatro años o más que todos los de la foto pasamos juntos, incluido el hermano Reta, el que se cortó la mano con una sierra en clase de pretecnología. El buenazo del pívot del equipo de baloncesto, que nos dejó por una leucemia canalla. La huerta y el chalet donde ensayaba la orquestina marista, actualmente viviendas y polideportivo debajo (ya se dio un pellizco bueno en aquel tiempo). Los domingos de cine gratis con cortes de golosinas cada rollo y mano delante del proyector en algún modesto beso. La excursión a Gamarra para ver a un profesor que estaba haciendo la mili, que luego llegó a alcalde. Los campamentos de verano en Lequeitio. Los motes de los hermanos, transmitidos de generación tras generación. La caña del Mingo y el lanzamiento de chasca, aquel rudimento que además servía para indicar cosas sin necesidad de hablar. El reloj del patio y la campana, los futbolines del sótano, los días de internado, las horas de estudio, los muses camuflados, el salón rojo con los documentales de ciencias, Tolo a la salida de clase con su carro, que era una auténtica obra de ingeniería, y así, etc., etc., hasta el infinito.
Doce años de formación y vivencias en la época de la vida más receptiva de todos los que allí estudiamos. En definitiva, aquellos años, personas y espacios vividos, son los culpables de gran parte de lo que somos. No quiero que especulen con nuestra memoria.

Por lo menos, supongo que ya no habrá que postular para el Domund, con semejante pelotazo.