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ARQUITECTURA Y VEJEZ/2:
CONFERENCIA DE VALENCIA (II)
Juan Diez del Corral

El viejo y el niño

Con la batería de fotografías que sigue a continuación (f24 a 30) trato de ilustrar la enorme belleza del encuentro entre los viejos y los niños, causada posiblemente por el contraste entre los cuerpos y las miradas y por su infinidad de evocaciones y sugerencias. La presencia de un niño ante un viejo es algo así como el contrapunto en la música: esa doble melodía a distinta altura y cadencia que embriaga por su complejidad y su armonía.

La primera de ellas (f24) extraída también del libro de Alexander, está en directa continuidad con la fotografía 23 en la que veíamos al viejo trabajando en soledad. La novedad ahora, es que un par de niños se asoman por la ventana para observar con atención lo que hace, lo que provoca en el viejo una media sonrisa por la satisfacción de la claridad y sencillez de su lección. Esa apertura gratuita a la calle, y esa enseñanza directa de las labores de la vida, la evoca Alexander en otro de sus patrones referidos a las tiendas y talleres titulado "Abrirse a la calle". Dice así: "Pásabamos ante el taller todos los días, camino de casa desde la escuela. Era un taller de muebles y nos quedábamos parados ante la puerta viendo cómo los hombres hacían sillas y mesas, formaban patas con el torno y hacían volar el serrín. Había un murete, y el capataz nos dijo que no lo pasáramos; pero nos dejaba estar allí y allí estábamos a veces durante horas".

El entrañable escultor canario-riojano Félix José Reyes siempre cuenta que su pasión por la escultura nació, siendo niño, al ver desde la calle el taller del profesor Abraham Cárdenes en Las Palmas de Gran Canaria.

El contrapunto entre el viejo y el niño en las lecciones sobre las labores de la vida está construido sobre el intervalo musical más amplio, pero la armonía es perfecta porque el niño no se pregunta aún por su futuro ni por la necesidad del trabajo, mientras que el viejo ya no hace el trabajo por necesario sino por útil, y acaso, por la propia inercia de la vida.

La evocación de toda la vida del viejo, la ausencia de prisas en él y la negación absoluta de la "necesidad" se dan en la siguiente fotografía (f25) de una ilustración del dibujante norteamericano Norman Rockwell, en la que esta vez el niño, agazapado bajo la mesa, contempla al viejo marino con la pipa en la boca y el loro en el hombro montando la maqueta de un velero.

En la f26, también ilustración de Norman Rockwell como todas las que siguen, la niña le hace aún trabajar al viejo doctor y sacar su viejo instrumental médico para que le ausculte del catarro a su muñeca. El encuentro aquí ya no es sólo visual, pues entre el niño y el viejo se ha establecido un diálogo de fantasía que tiene su continuidad en todos los cuentos, viejas historias o sorpresas que los viejos pueden contar a los niños y que quedan evocadas en las dos imágenes siguientes (f27, f28).

Lewis Mumford escribía en Las Décadas Oscuras (1931) que "el axioma más corriente de la historia es que cada generación se rebela contra sus padres y hace amistad con los abuelos". En las imágenes que hemos visto, la gracia estaba en el diálogo directo entre el viejo y el niño sin la mediación de otras figuras intermedias. Así que la pregunta que nos debemos hacer en estas jornadas al respecto es ¿qué lugares podemos crear para que se produzcan con naturalidad este tipo de encuentros tan maravillosos?.

Mis viejos padres suelen invitar un día a la semana a comer a nuestras hijas para hablar de sus cosas sin la molesta mediación de nuestra presencia. De entre las atenciones con que les prodigo a mis padres en su vejez, ésta es sin duda una de las que más satisfecho me siento.

Mis hijas han tenido también la suerte en su niñez de convivir con los viejos de la Banda Municipal de Música de Logroño, en la que han tocado con ellos desde muy niñas. Al ser una experiencia colectiva y al ser la Banda de Logroño una institución poco dada a la comunicación y la convivencia, no ha tenido en ellas efectos memorables como los que puede evocar la última imagen de esta serie (f29) en la que el viejo y el niño cantan juntos ante la chimenea con el acompañamiento del banjo. La música establece aquí ese feliz diálogo musical al que hacía alusión con la figura del contrapunto.

Viejos con viejos

Sin dejar la música atrás, la siguiente imagen (f30) contiene todo el programa o todo el sueño de mi vejez. Me paso horas mirando esta imagen. En ella se ve, en primer plano, el local vacío y con la luz ya apagada de una barbería, la Shuffleton´s Barber Shop, que posee al fondo una trastienda brillantemente iluminada en la que tres hombres de cabello plateado tocan juntos un violín, un clarinete y un violonchello. El trabajo ya ha quedado atrás, con la luz apagada, y es el momento de la amistad, la hora de la comunicación, la del encuentro en la armonía de la música. Me gustan los instrumentos monódicos porque, en primer lugar, es mucho más fácil aprender a tocarlos y porque, a menos que seas un virtuoso nunca suenan bien aisladamente; así que, para sacarles jugo te obligan a juntarte con otros instrumentistas. Son una metáfora muy hermosa de nuestras limitaciones individuales y del valor de la comunicación humana.

Vista desde la perspectiva del tiempo de la vida en vez de la del tiempo de una jornada, la imagen tiene aún un significado mayor. El barbero joven habrá cerrado la barbería al caer la tarde y se habrá ido a casa a descansar con su mujer y sus hijos. Los viejos músicos de la trastienda serán seguramente los amigos del barbero jubilado, (padre del barbero joven que se ha ido) y de ese modo, la imagen sugiere que, mientras que la ocupación preferente de los jóvenes es la del trabajo y su tiempo central es el de la jornada laboral, la hora de los viejos es la tarde, y su ocupación preferente, la comunicación.

Por cerrar el tema de la música, diré que la única orquesta que me ha emocionado últimamente es un pequeño grupo de música ligera formado exclusivamente por viejos, que da baile los miércoles por la tarde en uno de los hogares del jubilado más concurridos de mi ciudad. Convertida la música en una actividad para el negocio o el espectáculo y transformado el baile en una gamberrada salvaje o en materia prima de academias, el que una pequeña orquesta de jubilados entienda aún que el principal cometido de la música es dar baile para aquellos que aún lo entienden como protocolo de amores y sexo, me tiene completamente encantado. Lástima que el baile tenga que darse en uno de esos locales cerrados en los que la vejez es tratada como el vínculo de un ghetto.

Los viejos hablan con los viejos al caer la tarde o aprovechando el sol del medio día en un rincón tranquilo de una calle en la que disponer unas sillas en corro (f31). Los viejos forman cada día y en cada rincón apto para ello, el Senado de nuestras calles y nuestras ciudades. El problema suele ser que los urbanistas actuales, ocupados casi exclusivamente en resolver los problemas del tráfico o el de los standards urbanísticos apenas habrán reflexionado nunca sobre la necesidad de estos rincones. Los tradicionales bancos urbanos nunca se pueden disponer en corro, así que yo me lamento cada vez que paso por las plazas soleadas de mi ciudad y veo que sus tertulias se conforman malamante con unos viejos sentados en línea y otros de pie, de lo pésima que es nuestra actual arquitectura urbana para acoger esta función.

Al margen de esos rincones entrañables o de estas deficiencias urbanas, los clubs anglosajones nos han ofrecido desde la novela y el cine una imagen digna y placentera de viejos sentados en sillones leyendo el periódico o comentando las últimas noticias de las actividades de sus sociedades. En la imagen (f32) titulada University Club, una vez más de Norman Rockwell, los vemos incluso asomándose juntos por la ventana para asombrarse ante la eterna maravilla de una escena de amor entre dos jóvenes.

La estructura de clubes, federaciones de deporte, claustros o departamentos universitarios, ateneos etc. no sólo es claramente enquencle en nuestro país, sino que encima, también se suele jubilar en ellos a los mayores poniendo a su frente a "jóvenes dinámicos" como si los clubs fueran empresas en feroz competencia. Una pena.

Como en cualquier otra masificación, todo grupo de viejos visto en conjunto provoca una sensación triste. En las masas dejamos de ser personas para ser cualidades y al contemplar a un grupo de gente desde fuera vemos antes la razón del grupo que la dignidad de quienes los conforman. Al ver una pandilla de mozalbetes en la tarde de un domingo nos chirría su bravuconería, al ver a un grupo de mujeres hablando todas a la vez nos lamentamos de su condición, al ver a una masa de forofos del futbol palpamos los impulsos más bajos y primitivos de nuestra condición, y así sucesivamente. Así que al ver muchos viejos juntos no podemos dejar de ver la ruina, la decrepitud y el acabamiento. El que está dentro de la masa a veces no tiene la perspectiva del que la contempla desde fuera, así que toda persona que quiera ofrecer de si mismo una imagen digna y que a su vez reclame para sí un lugar igualmente digno en el que estar, debe de evitar en lo posible los grupos numerosos y las masas. A poco que nos fijemos en los programas edificatorios de nuestro tiempo podemos deducir que cada vez se construyen más lugares para las masas y menos sitios para el disfrute de una compañía mínima. De entre los pocos elogios a lo pequeño, y lamentablemente en el contexto de la nostalgia de cierto dandysmo burgués fin de siglo XX, el arquitecto Oscar Tusquets publicó un bonito elogio a los pequeños museos en uno de sus best-seller de los noventa. Pero los lugares pequeños no tienen por qué ser entendidos como lugares selectos y de élite, sino como modestos refugios de dignidad frente a la masificación.

Si los viejos han de estar con otros viejos, como es normal en cualquier edad y condición, lo verdaderamente hermoso es verlos juntos pero en el aislamiento que proporciona un pequeño lugar. Para ilustrar esta idea traigo la imagen de un invernadero (f33) en el que dos hombres mayores, al calorcillo concentrado de los rayos del sol, comentan sus cosas rodeados de plantas. El campo y los huertos son siempre propicios para este tipo de encuentros. No hay vez que pase el viejo pastor de Santa Lucía junto a mi finca, que no se pare a echar una parrafadita conmigo sobre las plagas de los almendros o la poda de los olivos. Yo cultivo esos momentos con mayor cuidado y atención que a los propios rosales. El lento crecimiento de las plantas tiene poco que ver con el dinamismo de un mundo estupidamente convertido en juvenil y dinámico, así que uno de los lugares más propicios para acoger el encuentro y la conversación entre viejos, es sin duda el de las plantas.

El otro punto de encuentro habitual, éste con tintes más tristes, es el de la enfermedad. Me horrorizan los viejos que hacen de sus enfermedades tema único o preferente de conversación, o más bien me horroriza la visión que nuestra sociedad va dando de la vejez como si de una enfermedad se tratara. Por eso que, para dar un poco de dignidad a la relación entre dos viejos, he escogido una imagen (f34) -cómo no, de Rockwell-, en que al estar uno de los viejos postrado en la cama, la enfermedad parece ser real, y en la que el visitante es otro viejo. No está por medio la hija del enfermo, ni la monjita del asilo, ni enfermera alguna. Me gustaría que el visitante fuera incluso el médico y que el objeto que sostiene en la mano fuera un termómetro en vez de un pequeño árbol navideño, pero en fin, el título del dibujo es el de "Visita Navideña" y hay que respetarlo. Digo ésto porque me parece muy hermoso que sean los viejos los que cuiden de los otros viejos, pues si la enfermedad en la vejez pudiera entenderse en ciertas ocasiones como el anuncio de la muerte, nadie como otro viejo para tratar sobre ello.

La última de las imágenes de viejos con viejos (f35) les puede parecer extraña, pues según el acerbo común todos dirán que se trata de una vieja con una chica joven o, todo lo más, de edad "mediana"; pero el texto del artículo periodístico en el que aparece como ilustración es bien claro. La mujer de menor edad que "ha adoptado" a la mujer de mayor edad para que viva en su casa con ella y su marido, acogiéndose a una ley del Parlamento de Cataluña del año 2000 que regula este tipo de "contratos de adopción", tiene 46 años y entre las razones de tan interesante decisión menciona la próxima boda de uno de sus hijos. En Arquitectura y Vejez (hC 10 de elhAll72) dejé bien clara mi propuesta de que el comienzo de la vejez ha de fijarse en razones menos artificiosas que el de la elección de una edad de jubilación laboral, y que a mi juicio el dato capital que señala el comienzo de la vejez ha de establecerse en el final de la crianza en torno a límites biológicos y legales de común aceptación. En ese sentido, está claro que la boda del hijo de la mujer de menor edad es un dato concluyente de su situación.

Lo que en el fondo llama la atención de la historia de esta adopción y de la foto en sí es el extraordinario salto de edad entre la una (89) y la otra (46), de nada menos que ¡cuarenta y tres años!. Pero ese es el dato en que hay que fijarse a partir de ahora para definir y entender las relaciones entre viejos.

Viejos y familia

La raíz del problema de la vejez, según actualmente se plantea, está sin lugar a dudas, en la perniciosa extensión del concepto de "familia" o el abuso que se hace de esta institución a todos los efectos. Una y otra vez oímos la interminable queja de que los hijos no se ocupan de sus padres, pero lo que nadie se pregunta es ¿por qué diablos se tiene que ocupar un hijo de los problemas de sus padres? ¿no han tenido tiempo éstos de prever los problemas de su vejez a lo largo de toda su vida y de organizarse para resolverlos sin necesidad de cargar a los hijos con ellos? ¿a qué viene ese continuo lloriqueo sensiblero de los viejos?¿quien lo insufla o lo promueve?

Los ardientes defensores de la familia como institución de educación y transmisión de valores harían mejor en no defenderla por dilatación y cantidad y sí hacerlo por calidad y sentido. La fidelidad matrimonial y la estabilidad familiar tienen todo el sentido durante los años de la crianza, cuando los hijos son débiles y requieren de un hogar pleno y seguro. Las ingenuas utopías anarquistas o comunistas que han propuesto a lo largo de la historia la abolición de la familia como institución reaccionaria y como obstáculo a sus ideales sociales, se han estrellado justamente en no entender la diferencia entre la familia en época de crianza y la familia una vez finalizada la crianza. Lo mismo que también se estrellaron los hippies de la contracultura oponiendo un modelo de comuna en amor libre al modelo monógamo de la familia.

La extensión de la familia sine die arranca en nuestro modelo social y cultural del sacramento del matrimonio y de la fórmula que el cristianismo propone de una unión imperecedera. Frente al contrato religioso, la sociedad civil ofrece un nuevo tipo de contrato que puede romperse cuando las partes lo deseen mediante el procemiento del divorcio. Pero en nuestra sociedad el divorcio afecta más o menos por igual a quienes sólo se unieron por contrato civil que a quienes lo hicieron mediante el rito religioso, y curiosamente ni la sociedad ni la religión hace distinción entre la responsabilidad que supone el divorciarse durante el periodo de crianza o el hacerlo sin crianza o fuera de la crianza. Digo que es curioso, pero debería decir que es lacerante e injusto, porque las consecuencias que se causa a terceros en uno y otro caso son completamente diferentes.

Al llegar al final de la crianza, la familia no tiene mayor sentido como núcleo de convivencia, de modo que esa misma falta de sentido se la deberían plantear los propios conyuges. Mi planteamiento más radical consiste en que el matrimonio carece de sentido más allá de la crianza y que de hecho, al finalizar ésta, queda disuelto de modo natural. Llega en ese momento la oportunidad para la comuna de amor libre o de solidaridad comunista que proponían los hippies y los utopistas. Liberados los hombres y las mujeres de la función biológica de la crianza y de la fidelidad matrimonial que ésta requiere, ante ellos se abre un nuevo y rico horizonte de relaciones más allá del bloqueo que imponen unas fidelidades matrimoniales y familiares sin sentido. Dicho en términos más crudos, el gran problema de la vejez actual es que los viejos tengan que cargar de por vida con conyuges, hijos o nietos.

No descarto la posibilidad de que finalizada la crianza los conyuges sigan conviviendo y sigan siendo monógamos si es que eso les interesa. Ni que vuelvan a juntar ocasionalmente a sus hijos y a sus nietos para celebrar en torno a una mesa, cualquier tipo de fiesta o fecha señalada, como en esa ilustración de Norman Rockwell perteneciente sin duda al acerbo de la familia patriarcal (f36). Lo que digo es que esos personajes que vemos en la pintura de la ilustración no tienen entre sí más que un vínculo de sangre que tiene que ver con el pasado y no con el presente.

El mayor regalo que puede hacerse un ser humano que ingresa en la vejez no es, como hasta ahora, el de dejar de trabajar, sino el de adquirir una libertad completa que le permita redefinir sus relaciones. En ese sentido me parece bastante ridículo llamar "adopción" a la asociación entre la vieja de 46 años que veíamos anteriormente, con la vieja de 89 y con el que hasta entonces venía siendo su marido. Es una asociación libre de convivencia entre viejos y no hay que darle más vueltas ni buscarle ningún tipo de eufemismo.

Los viejos en comuna

Las comunidades libres de viejos pueden empezar a entenderse mejor y a concebirse con mayor naturalidad a partir de las proposición del tipo de habitat a utilizar.

De entre los modelos existentes más tristes o escandalosos, el del "asilo" debe de desaparecer de nuestro horizonte, pues sus semejanzas con el internado o el cuartel, y la masificación inherente a los mismos para nada se corresponden con esa recién adquirida libertad del viejo ni con su dignidad. La consigna de mi conferencia para viejos y arquitectos es la de NI UN ASILO MAS, ni siquiera ese tipo de asilos autogestionados por viejos de los que se empiezan a tener noticia. (Al recorte de periódico que mencionaba en el capítulo anterior he ido añadiendo otras experiencias, generalmente ligadas a negocios inmobiliarios como los del grupo norteamericano Sensara Partners S.L que construye urbanizaciones para mayores de 55 años en el sur de España).

Las viviendas en edificios de pisos tienen su razón en un modelo monotemático de familia nuclear en tiempo de crianza, o en un modelo de familia imperecedera, por lo que la adaptación de una comuna de viejos a este tipo de lugar resultará siempre bastante deficiente. Los viejos y los arquitectos que quieran pensar en el habitat de los viejos deberían de huir de ese modelo de habitat compuesto de tres o cuatro habitaciones, uno o dos baños, una cocina y un salón comedor.

Al referirnos en el capítulo anterior a la buena sintonía que parecía darse entre los viejos y los cascos viejos de las ciudades, no estábamos lejos de la idea de la mayor flexibilidad que puede darse en las casas antiguas frente a las viviendas familiares standard, pues mientras aquellas crecieron de un modo más o menos orgánico adaptándose a todo tipo de variación de funciones, las viviendas actuales responden sobre todo a un modelo de producción inmobiliario que ha creado un producto normalizado dentro de la más pura simplificación taylorista.

Muy lejos de la ciudad y de ese tipo de habitat, el modelo de retirada a un convento, como el que eligió el emperador Carlos I, me parece a este
respecto muy interesante. Le Corbusier también se sintió atraído por ese tipo de tipología residencial en comunidad que vió en la Cartuja de Parma cuando realizó su juvenil viaje de estudios por Italia. Los conventos poseen unas carecterísticas muy interesantes para el tipo de comuna de viejos libres, como es la de una mezcla equilibrada entre el respeto a la soledad de la habitación y la organización de unos servicios comunes. Dada la actual carencia de vocaciones monásticas, y la edad media de los monjes, la mayoría de los conventos actuales ya podrían considerarse como verdaderas comunas de viejos.

Muchos de los grandes conventos desamortizados en el siglo diecinueve están prácticamente vacíos u ocupados por exiguas comunidades que apenas pueden atender ni a su mantenimiento. San Millán de la Cogolla o Santa María la Real en Nájera tienen cuatro frailes donde los hubo a cientos, y hasta en mi pequeño pueblo, Anguciana, hay un convento totalmente vacío desde hace décadas. Pero no quiero que entiendan que estoy proponiendo una "okupación" sino más bien una reflexión sobre la posible secularización de ese tipo de edificaciones.

La movilidad de los monjes entre conventos ha sido además, una práctica habitual, por lo que eso da una pista de la posible federación de comunas de viejos que posibilite, si es caso, su movilidad.

Lo que está claro es que cualquier paso que se dé en el sentido de crear una nueva arquitectura para la vejez ha de hacerse desde la consideración de el nuevo status de libertad que el hombre adquiere con el final de la crianza, y de que el viejo debe encarar su futuro desde el mismo comienzo de acceso a esta etapa de su vida.

Si escribo este libro y doy publicidad a mis ideas no es por otra cosa que por ganar adeptos en la tarea de crear una nueva arquitectura para la vejez a partir de una consideración de la vejez radicalmente distinta de la hasta ahora conocida.

Para acabar

Todo lo otro, los asilos y las residencias, no son sino el epígono de un tiempo que en arquitectura encuentra sus mejores expresiones cuanto más atrás retrocedamos. Por volver a la historia de la arquitectura para finalizar esta conferencia, traigo aquí un par de ejemplos en los que los asilos u hospicios hacían ciudad con tanto o mayor fuerza que en la época de las grandes dotaciones decimonónicas. El Hospital de la Cruz en Toledo muestra en la riqueza de su fachada (f37), en la rotundidad de su espacio (f38) o en la claridad de su planta (f39) que este tipo de albergues tuvo una presencia urbana de la misma calidad que un convento o un palacio; y así mismo, el Hospital de los Inocentes de Florencia, obra de Filippo Brunelleschi, nos ofrece a su vez una planta de gran riqueza espacial (f40) y una fachada (f41) que da vida y dignifica todo un gran espacio urbano de una manera tan neutra como solemne.

Y de la historia de la arquitectura, o más bien de la historia de las ciudades, les traigo, para terminar, una anécdota curiosa sobre una permanencia o un hábito urbano que trasciende la arquitectura. Si Vds van a París y visitan su catedral de Notre Dame, verán en los muelles del brazo del Sena que recorre a sus pies a los viejos vagabundos o clochards de París. Resulta interesante que aún se reunan y duerman allí porque ese era justamente el lugar donde estuvo el viejo y terrible hospicio u Hospital Dieu (f42).


(f24)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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