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ZAERA
Javier Dulín

Querida Carlota:

Después del rapapolvo del director de elhAll, intentaré retomar el formato de la columna como expresión más arquitectónica. La escribo con cierta urgencia para llegar al cierre de la edición, por lo que es probable que me salga torcida y se apoye en las columnas de al lado, por tanto, muy a la moda.

El viernes 31, nos reunimos a comer todos los "redactores" que con nuestros escritos hemos colaborado en esta última época de nuestro periódico. Lo pasamos bien, entre noticias sanjoseras calientes, chascarrillos de los más veteranos, el nuevo viaje a las américas y buena comida. Se echa en falta la presencia de los arquitectos más jóvenes, y a ellas también (Noemí fue la única), los cuáles supongo tendrán bastante que decir. Por cierto al Iruña sí que habría que catalogarlo como fuera para impedir su cierre; eso sí que es patrimonio.

Total, que después de otro café y alargar un poco la tarde, acabamos viéndonos otra vez en la sede del Colegio, para escuchar una conferencia de Alejandro Zaera Polo sobre su obra. Alejandro es una nueva estrella internacional de la arquitectura, lo que añadido a su juventud, le hace ser favorito de los políticos que quieren convertir las ciudades en museos de arquitectura, independientemente de si se necesitan, o si entienden la ciudad o no. Así es que ya tenemos nuestros Moneos, un Ghery, un Calatrava, un Hadid, un Mansilla-Tuñón y ahora un Zaera.

Coincidí un curso de proyectos, el nivel II de 5º, con Alejandro y una amiga común, por lo que tuve tiempo para saber que estaba ante un tipo muy listo, que aquel año lo tenían como ayudante en Elementos de Composición de 3º Frechilla y Peláez y que el siguiente haría de ayudante en Construcción de 5º con Ábalos y Herreros. Le oí dar una conferencia en la Academia de San Fernando sobre Le Corbusier como jamás la escuché en la Escuela. Siempre planteaba sus proyectos ante Luis Burillo basándolos en ideas muy potentes y poéticas como aquel proyecto que tuvimos que realizar en las antiguas viviendas de los trabajadores de las fábricas de vidrio en La Granja, y él nos trajo el cuadro de San Jerónimo en su escritorio, en el que el santo habita y trabaja de forma cálida en su habitáculo de madera en contraste con la fría catedral que le da cobijo, como clara génesis de su proyecto.

Desde entonces y hasta el viernes pasado, sólo le he visto por revistas o en aquel documental que el Plus dedicó a los nuevos valores españoles, entre los que estaban Mangado, Ábalos y Herreros, Soriano, y alguno más que no recuerdo. Nos contó cuatro proyectos recientes, dos en proyecto, unos en construcción y otro ya en uso.

Empezó por lo más espectacular, mediáticamente hablando, su propuesta finalista para la zona cero de Nueva York. Aquel 5º curso, en la asignatura de construcción, nos lo pasamos entero estudiando y construyendo edificios en altura con Salvador Pérez Arroyo. Ya se tenía trillado el tema a la hora de idear un edificio cuyos principios de partida son que debe ser el más alto y el de dar escape a sus habitantes en caso de otro ataque terrorista.

En el del parque de Barcelona basaba todo su empeño por formalizarlo todo desde el rigor de una pieza cerámica, incluidas las "dunas habitables". El edificio de la BBC se generaba del recuerdo formal que dejan las cintas de audio al salirse del rollo y en el único ya construido, Yokohama, la idea de representar mediante un artefacto el concepto de ni-wa-minato.

Creo que Alejandro ha llegado a un manierismo en su forma de trabajar (y de comunicar) tan obsesiva, tan rayada como sus dibujos, que la misma razón que un día le dio su reconocimiento intelectual, ahora empieza a ser su peor enemigo. Y es que no se puede trabajar bajo la dictadura de la Idea (o la de las semillas, como dijo aquí en Logroño). Si el origen de un proyecto se convierte en un tirano que no atiende al sentido común arquitectónico, se llega a realizar disparates de todo tipo, a crearse problemas por creárselos y resolverlos con alardes tecnológicos para mayor regocijo de la Idea-Autoridad. Ya lo detectó Pepe Garrido en su columna sobre la Fombera en elhAll70.

Me quedo con el pequeño restaurante de Londres, en el que hay Idea, bien desarrollada por la función, su forma que busca la luz, potenciada por los materiales, el color, la composición y la construcción, sin que nada grite más que nadie, en el que se puede habitar. Igual que lo hacía San Jerónimo. Como siempre pasa, espero que después del manierismo Alejandro vuelva a lo esencial.