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FUNDACIÓN
Texto: Juan Diez del Corral / Ilustración: Jesús López Araquistain

Tras los denodados esfuerzos telefónicos del decano por conseguir el quórum necesario en la Asamblea General, el pasado 20 de noviembre veintitantos esforzados compañeros arquitectos conseguimos aprobar la creación de una Fundación Cultural de Arquitectura en el seno del Colegio.

El irrebatible argumento que esgrimió Domingo fue que si cualquier día al Estado le da por acabar con los colegios -cosa más que posible en esta sociedad cambiante y alocada-, el patrimonio físico y social que hemos creado entre todos los arquitectos riojanos durante las últimas décadas, podría salvarse mediante la figura institucional de una Fundación.

Años atrás, y siendo decano, ya había planteado yo a mi Junta la idea de crear un fundación cultural en el seno del colegio, pero no para salvar los muebles, sino para dinamizar todo aquello que tuviera que ver con la promoción de la arquitectura en la sociedad, pues a la hora de pedir apoyos para los estudios, la investigación, las exposiciones o las publicaciones, no me parecía lo mismo presentarse ante la sociedad como una fundación cultural que como un colegio gremial. Mi iniciativa chocó contra la posición de quienes pensaban que si la cultura salía del colegio era como una mutilación del mismo, y como bastante mal estaban las cosas por entonces con la liberalización de tarifas que me tocó gobernar, desistí en la idea.

Si en aquel momento me pareció que la fundación podría ser una lancha rápida para movernos en las espesas aguas institucionales, ante la propuesta actual de la Junta opté por decir en el debate previo a su aprobación, que ahora parecía más bien como un bote salvavidas; y desde la fila de atrás, Jesús López Araquistain, con su habitual perspicacia, se apresuró a hacer un alegre dibujillo que ilustrase la metáfora.

Viendo luego el dibujo, uno se da cuenta en seguida que en el bote salvavidas parece que no van a caber todos los que están en el barco, y entonces me acordé de lo que cuenta Julian Barnes en su Historia del Mundo en Diez Capítulos y Medio (ed. Anagrama). Expone Barnes que, a diferencia de la evolución de las especies animales, la evolución de la especie humana es claramente degradante, y lo argumenta con la historia de las operaciones de salvamento en el Titanic: los hombres nobles y valientes se vieron obligados a ceder sus plazas en los botes salvavidas a los débiles y tullidos, mientras los canallas se hacían pasar por débiles o sobornaban a los oficiales para colarse en ellos. De ese modo, los débiles y los canallas se salvaron y continuaron engendrando, mientras que los hombres de espíritu y valor se hundieron con el casco del barco cortando su línea sucesoria.

La historia y su argumentación sugiere un montón de reflexiones colaterales que prefiero no hacer porque, como a fin de cuentas no quisiera asistir al hundimiento del Colegio, ni al triste espectáculo de la lucha por un puesto en el bote salvavidas, yo prefiero celebrar su esforzada construcción como una lancha rápida, y animar al Colegio a que le ponga un buen motor fuera de borda, y hasta que la use para advertir a la nave principal de los amenazantes icebergs que atestan las frías aguas en que nos está tocando navegar.