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EL GRAN ESPECTÁCULO
Pablo Larrañeta

Salí de la conferencia de Alejandro Zaera entusiasmado por la brillante exposición de un arquitecto tan joven y ya con una obra realizada tan espectacular, pero a la vez sentí una extraña y profunda sensación de depresión que no atinaba a descubrir su causa y observé que era coincidente con alguno o varios de los asistentes a esta. Quizás fuera sana envidia o sentimiento de impotencia por estar tan lejos de semejantes posibilidades y planteamientos arquitectónicos lo que me producía tal sensación. Estuve reflexionando sobre ello intentando no caer en una critica fácil que tranquilizara pronto mi conciencia, justificando la discreta actuación profesional personal en base a una falta de medios evidente, de talento, de suerte, o de simple adaptación al medio en que nos toca desarrollar nuestra actividad en el que parece sería imposible una actitud semejante desechando a priori nuevas propuestas porque simplemente se salgan de las coordenadas de la práctica habitual.

Empecé a intuir que en el fondo no eran estos inteligentes planteamientos de los proyectos presentados en la conferencia lo que me creaba cierta ansiedad, sino tal vez, verlos realizados, como si en parte tuviera la sensación de que esta sociedad se hubiera vuelto loca. No cabe duda de que el ser humano siempre necesitó y necesita crear el espectáculo para hacer soportable su existencia sobre la tierra, como si ésta no fuera por si sola suficiente espectáculo. A lo largo de la historia siempre ha sido la arquitectura espectacular de los templos, los palacios, los monumentos, hoy en día los museos y los centros comerciales, la que se ha constituido en protagonista de la llamada gran arquitectura, representando en cada momento los espacios del poder.

El movimiento moderno, con la revolución que supuso el racionalismo y la implantación de las democracias trajo la ilusión de hacer creer a la sociedad que todos formaríamos parte de ese espectáculo y aparecieron interesantes e ingeniosas propuestas en materia de vivienda por ejemplo, que sería el nuevo espacio del pueblo, tratando de resolver con fundamento el problema de la habitación humana y toda la complejidad que ello conlleva, apareciendo lo que se ha llamado "arquitectura social" o mejor dicho el carácter social de la arquitectura. ¡Por fin los arquitectos se habían puesto a pensar y servir al individuo!

Poco ha durado esta ilusión y los arquitectos mas capacitados pronto se han olvidado de esa hermosa premisa de servicio al individuo que vive en colectividad creando la ciudad, procurando ese necesario y armonioso equilibrio entre el espacio público y el espacio privado, el espacio libre y el ocupado, logrando que el espectáculo urbano llegue a todos y este formado por todos, por ese "complejo y consistente tejido" (utilizando las palabras de Zaera) que forma la polis. En la página de arquitectura del País del sábado día 8 de noviembre aparecen dos ejemplos más de estas arquitecturas espectáculo El Disney Hall de Gehry en los Angeles y el Auditórium de Calatrava en Santa Cruz de Tenerife, dos ejemplos mas que confirman esta sensación.

Mi desazón no proviene de las propuestas de estos arquitectos que son capaces de resolver tan brillantemente estos artefactos, sino de que la sociedad demande esta arquitectura descontextualizada, construyendo palacios y templos de infantiloide espectacularidad sin que exista la preocupación por resolver la verdadera trama que configura el espectáculo mas grandioso que es la ciudad y que los poderes fácticos de la nueva sociedad de consumo bien se encargan de fragmentar en aras a una mayor eficacia económica, utilizando perversamente al arquitecto para sus fines especulativos. Se han invertido malévolamente los términos como en aquella memorable película de "El Fantasma de la libertad" de Luis Buñuel. Ahora se puede llegar al absurdo de localizar zonas de ciudad donde puedan encajar arquitecturas de reconocido prestigio, "de firma", en vez de buscar el arquitecto o el proyecto que mejor sirva a la ciudad en su globalidad, acallando de esta manera las conciencias críticas de los profesionales mas capacitados que reciben estos encargos y de la sociedad que piensa ha elegido "al más Guay".

El arquitecto, de esta manera, se ve relegado a una especie de coloca floreros mas o menos estrafalarios para camuflar el verdadero trasfondo de intereses extraños a la arquitectura, El arquitecto moderno va actuando, cada vez más, quizás transgresora y provocativamente, con cierto desprecio hacia la ciudad de la que se siente desterrado argumentando, como justificación intelectual, una nueva contextualizacion territorial que toma como referencia elementos extraurbanos ajenos a esta, tal y como últimamente leemos en las revistas y oímos a los conferenciantes más modernos.

Siento que se está perdiendo una estructura hermosa y exclusivamente humana como es la ciudad, seguramente el mayor espectáculo que éste ha ido creando desde que empezó su existencia, donde cabe todo hasta su deconstrucción y todo forma parte de ese gran espectáculo, pero si al gerente de este circo solo le interesa el precio de las entradas este espectáculo se acaba. Admiro a Zaera, a Gehry, a Koolhaas y a cualquier virtuoso del espacio aunque no comparta alguno de sus argumentos, mucho de sus formas y casi todo de sus honorarios. El tiempo hace que uno sea cada vez mas tolerante con las ideas distintas y menos con las acciones porque en definitiva somos dueños de nuestros pensamientos o proyectos y esclavos de nuestras obras.