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SOS SAGASTA
por Juan Diez del Corral

El diario local del jueves 22 de enero, daba en su página nueve, a una columna, la noticia de que el presidente del Gobierno de La Rioja, Pedro Sanz Alonso, había "encargado un estudio de análisis para conocer las posibilidades administrativas del edificio logroñés que alberga el actual Instituto de Estudios Secundarios Práxedes Mateo Sagasta", a lo que se añadía en boca del presidente que "no se trata ahora de abrir ningún debate sobre el futuro cercano de ese edificio".

En varios artículos editoriales, y en la línea general de esta pequeña publicación de arquitectura, he querido dejar claro que elhAll no debe ser rehén o deudor de eso que se llama Actualidad o de eso en que ha caído la política por conducir la vida pública desde el imperio de la publicidad. Así que, aunque la desazón de la noticia arriba reseñada casi me hace caer en la tentación de entrar en la lid político-publicitaria, quisiera encarecidamente que las siguientes líneas se entendieran dentro de ese marco público-político que nada tiene que ver con la comedia que representan cada día los partidos políticos al son que les manda la Actualidad.

Por otra parte, me gustaría que quedase claro que si creo necesario apresurarme a comentar la noticia aludida, no es porque sea un asunto de mera "actualidad", sino porque intuyo que me asiste una razón estrictamente sanitaria, y es que, como en el caso de los tumores, cuanto antes se la ataje, mejor.

Y para empezar, aviso de que, como debe hacerse en los tumores, voy a cortar por lo sano. Hay que señalar en primer lugar, que la redacción de la noticia es tan curiosa como sibilina: nótese que no dice que se va a estudiar un posible cambio de destino del Instituto Sagasta, sino que se alude al edificio que ahora alberga el Instituto Sagasta, como si los edificios fueran una cosa y los usos otra. La frivolidad de quienes consideran la arquitectura histórica como una escenografía de fachadas, es extensible aquí a la desfachatez de quienes consideran los edificios como unos contenedores, y el mal ejemplo o el tributo que se empieza a pagar por las rehabilitaciones de las carcasas, empieza a ser demoledor. (Puesto así, entre paréntesis, quisiera decir ahora, que la operación de cambio de usos en la Bene, que he venido criticando reiteradamente desde hace tiempo, está en la base teórica, tanto de quien encarga el referido estudio del Sagasta, como de quien redacta así la noticia).

Quisiera recordar aquí una vez más que la Arquitectura no es sólo dar habitabilidad a una función sino darle también significado (relea quien tenga dudas de ello la voz Arquitectura del Diccionario de las Artes de Félix de Azúa que publicamos íntegramente en elhAll número 12), y que de no entenderlo así, sólo cabría hablar de mera construcción, o de ingeniería de usos y almacenamientos.

También quisiera decir que por muy querido que sea para mí un edificio, a mis años no voy a caer fácilmente en la tentación de sacralizarlo. El Instituto Sagasta no es sagrado, como no lo es la Redonda, ni mucho menos el palacete del presidente del Gobierno, pero una cosa es que no sean sagrados y otra que le den a la ciudad el tipo de significación que ésta haya ido pudiendo adquirir con el tiempo, y que ello sea lo que aconseje preservarlos.

En el encargo del estudio de un cambio de usos del Instituto Sagasta hay una desorientación urbana por parte del encargante de la que algún arquitecto cercano al mismo debería de advertirle. Y puestos ya a ello, debería señalarle eso que tan bien sabemos los arquitectos, de que los encargos no son neutros o inocentes. No hay que esperar a los resultados del estudio para abrir un debate sobre el futuro del Instituto Sagasta, sino que hay que decir públicamente y con los debidos respetos personales e institucionales, que la sola idea de acabar con un edificio que ha sido el eje de la enseñanza pública durante todo el pasado siglo en esta provincia es un disparate mayúsculo que debe corregirse antes de que un enjambre de idiotas e incultos votantes digan cosas como "mira que bien, así los alumnos tendrán más campos deportivos para jugar al fútbol, o nosotros los profesores tendremos despachos más nuevos y modernos". (Con otra sutileza, y a nivel meramente político e institucional, cabría explicar a nuestro presidente que el patrimonio público no es una finca de utilidades o caprichos, y que el mayor descrédito que le podría caber a una joven y pequeña Autonomía, sería la de jugar con el patrimonio heredado de unos Ministerios centrales que eran mucho mejor garantía de su destino).

Mal me sabe sospechar que la idea de acabar con el Sagasta pueda ser la coartada teórica de esa otra enorme pérdida urbana que va a significar la desaparición del Colegio de los Maristas (que algunos ingenuos pretenden igualmente salvar como carcasa escenográfica para cualquier otro uso). Y mal me sabe decir que la idea de invadir el Sagasta con funcionarios autonómicos puede provenir de verlos apiñados en ese esperpéntico edificio con troneras por ventanas que ocupa el solar del antiguo chalet del Banco de Bilbao.

Porque lo peor que nos puede ocurrir es que, de los errores urbanos y arquitectónicos que se van cometiendo en esta ciudad, salgan errores mayores. Pues si así pasara, es porque no se critican con la solidez y contundencia suficientes. O si aún con ello, así se siguiera haciendo (¡ay! ¡que triste consuelo!) es porque la crítica está ya tan amordazada y silenciada que no sirve para nada.

En fin, ojalá que en esta ocasión me equivoque.