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MARCEL BREUER
por juan diez del corral

El profesor de Valladolid que vino a Logroño a hablar de Marcel Breuer le definió como un hombre sosegado, pero yo no sé de dónde había sacado esa información porque en el único libro que hay en la biblioteca del COAR sobre Breuer (de Tician Papachristou ed GG) y en el infumable monográfico de la revista 2G que me compré a instancias del conferenciante (pues no está en la biblioteca...) no reparan en su personalidad. Solo dan fríos datos; así que es con ellos con los que hay que tratar de recomponer su figura humana. En todo caso, a mi siempre me gustó la cara de bueno que tiene en la foto juvenil de la época de la Bauhaus escribiendo a máquina, y me parece también bastante limpia la mirada de la foto oficial de la exposición, ya de mayor. Pero como las fotos no permiten aventurarse en calificativos, yo me apego a los datos ciertos y defino a Breuer como un hombre emigrante, esto es, como un hombre inquieto que sale de su lugar natal y que cruza el planeta buscando otro destino.

Breuer nació en 1902 en Pecs, ciudad provinciana del sur de Hungría, cerca de la frontera con Yugoslavia. A los dieciocho años va a estudiar Bellas Artes a Viena, se decepciona, y se traslada hasta Weimar donde Gropius acababa de fundar la Bauhaus (¿cómo se enteraban tan rápido de estas cosas por aquel entonces sin internet?). Estudia tres años en la Bauhaus y se va a trabajar a París..., ale, cómo si cualquier cosa; y.... como si en París no hubiera nadie, va y conoce a Le Corbusier (o eso dicen). Al año, Gropius le ofrece ser profesor de forja en la nueva Bauhaus de Dessau y para allí se va, hasta que las revueltas políticas de la escuela hacen que el propio Gropius y Breuer la abandonen en el año 28. Con veintiséis años ya había diseñado el sillón Wassily (dedicado a Kandinsky) y una variante de la silla en voladizo y sin patas traseras, (original, al parecer, de Marc Stam), pero a nivel de arquitectura no era sino un autodidacta. En los nueve años siguientes, los del ascenso del nazismo en Alemania, su suerte le lleva a Berlín, donde obtiene el título oficial de arquitecto en el año 31 (vete a saber cómo se obtenía), luego al sur de Europa, a Zurich, a Budapest, y finalmente a Londres, desde donde en el 37 da el definitivo salto a América, otra vez invitado por Gropius, para dar clases en Harvard (¡ahí es nada!).

Colabora cuatro años con Gropius hasta que se separa de él buscando su propia identidad creativa, -llevándose de paso a la secretaria del despacho con la que se casa en el año 40, o sea, con 38 años (que no es moco de pavo)-, pero continua de profesor hasta el 46, cuando los aires de victoria en la segunda guerra mundial abrieron el horizonte para la construcción de viviendas y monta entonces despacho propio en New York. No han pasado dos años y ya el MOMA le organiza una exposición, y un año después le invita a construir una casa modelo en su jardín trasero, con la pelusa de Wright por no ser él el invitado.

Su obra, a partir de entonces tiene dos caras muy diferenciadas: la de sus casas, y la de los grandes edificios públicos.

De los segundos, el más conocido de todos, el Museo Whitney de New York, me causó repelús por lo feo que era cuando acerté a encontrarlo en la Madison Avenue en mi primer viaje a esa ciudad. Asustado por su fealdad no entré en él, pero le hice un par de fotos para recordar la impresión de que si el Guggemheim de Wright era esperpéntico, el Whitney de Breuer lo era aún más. Los arquitectos artistas deben de volverse locos con la edad, pensé, aunque de haber sabido que el mismo Breuer era el artífice de esa muralla de bloques prefabricados que vemos desde la autopista al pasar por Bayona, o de los edificios de la UNESCO en Paris, o de otros tantos engendros capaces de competir con la más visionaria arquitectura contemporánea de entonces en el otro lado del telón de acero, hubiera cambiado la "locura" por un calificativo peor. (¡Caray con el hombre sosegado... menudo tiburón me estaba hecho!).

Pero he aquí, para nuestra sorpresa, que si el diálogo con el poder, con el dinero, con los socios y la historia le llevaron por tales despeñaderos, del diálogo con los clientes americanos para sus casas unifamiliares en Nueva Inglaterra vino a resultar una singular y original simbiosis entre las revolucionarias ideas de la arquitectura racionalista, el sentido doméstico anglo-americano y el ilusionado espíritu de la época que emergió en los Estados Unidos tras la victoria en la IIª Guerra Mundial.

La revista 2G antes mencionada hace hincapié en esta segunda línea de trabajo profesional mostrando quince de sus casas mejor conservadas, que vale la pena estudiar y contemplar, pasando por alto los insufribles textos introductorios de Antonio Armesto (¡hay que ver lo pelmas e insoportables que pueden ser los arquitectos cuando se hacen eruditos e historiadores!) y el no menos pedante y superficial texto de un profesor chileno que va de apéndice.

Construidas sus casas con un vocabulario bastante reducido y a veces hasta torpe (como los ventanales rígidos y descontrolados de escala o las simplonas barandillas de las escaleras), y ajeno por mi parte a la seducción publicitaria de las fotografías de arquitectura, encuentro sin embargo en las plantas de esas casas una sencillez y una belleza que me reconcilian con el simpático profesor de la Bauhaus. La introducción de los patios por un lado y de las habitaciones en veranda (propias de la tradición de las bay windows inglesas) por otro, en la articulación de los espacios de la casa, o el uso de sencillos esquemas binucleares planteados en rotundos bloques ortogonales, me parecen verdaderas lecciones ejemplares de arquitectura.

Y por escoger la mejor de ellas, o la más util y adecuada a mis trabajos acerca de la "casa del viejo" (sobre los que lector de elhAll ya ha tenido algún anticipo en números precedentes) yo me quedaría con esa idea de la casa modelo del MOMA en la que Breuer expone con claridad que la casa no debe de pensarse para una familia de foto fija, sino para una familia en evolución, pues mientras la proximidad entre el dormitorio de los padres y el de los hijos tiene sentido en los primeros años de la crianza, en los años siguientes lo propio es buscar la máxima privacidad de unos y otros con el alejamiento máximo de sus habitaciones.

Decir por último que, a tenor de los textos y conferencias incluidos en las dos publicaciones mencionadas, el pensamiento de Breuer parece estar mucho más en consonancia con sus edificios públicos que con la brillantez de sus casas, así que mejor acordarse de éstas y olvidar todo lo otro.

En definitiva que, a la espera de alguna biografía más personal y sentida, propongo que nos quedemos con el hombre emigrante y con su historia profesional de búsquedas arquitectónicas; estudiemos sus casas americanas, y pasemos de ponerlo en los retablos.