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ARNE JACOBSEN
por José Miguel León

No sé si el pequeño conjunto de viviendas proyectado por Arne Jacobsen en Soholm, hacia 1946, es una de sus obras más conseguidas. Cuando el autor también lo es de los Ayuntamientos de Aarhus (1937), Sollerod (1939) y Rodovre (1954) o de las diversas y magníficas escuelas organizadas mediante una cuadrícula de aulas y patios, o de tantos otros edificios, el comentario anterior resulta como mínimo arriesgado.

Lo que sí sé es que en esta pequeña urbanización de viviendas "adosadas" se dan cita muchas de las constantes de su mejor arquitectura.

La preocupación por dotar a todas las viviendas de las mejores vistas hacia el mar y condiciones de soleamiento, para disfrute de sus habitantes, está en la base de una estructura geométrica que, si en los primeros croquis aparecía como una macla de volúmenes desplazados, acabará dando lugar a una orgánica secuencia de cubiertas, paños de ladrillo y patios de acceso en el proyecto.

Como en otros trabajos anteriores se da, en este caso, un compromiso organizativo y de imagen con lo colectivo a partir de la vivienda individual, que en su repetición no se desvirtúa ni desaparece, sino al contrario expresa con claridad su presencia y autonomía proyectual.

Así el gesto de desplazar las viviendas como si se hiciese deslizar secuencialmente una esquina del cuerpo de fachada por una línea oblicua, buscando una orientación determinada, también ha sido utilizado en ocasiones anteriores. Igualmente el enlace y continuidad de la edificación utilizando unas piezas retranqueadas más pequeñas ya está insinuado en algún otro proyecto.

Pero en este proyecto estas cuestiones se plantean con absoluta rotundidad, proporcionando al conjunto esa cadencia de volúmenes que le caracterizan, haciendo aparecer los muros de carga laterales como expresivos paños de fachada, que acompañan con su dimensión al acceso individualizado de cada vivienda y dando lugar a unos espacios propios con diferentes grados de privacidad.

La otra característica de estas viviendas, su secuencia espacial interior, es fruto asimismo del modo de aproximarse a la visión del mar. Desde la entrada se produce un ligero movimiento de retroceso para acceder al comedor, que se constituye en la pieza de transición entre las dos plantas al contener la escalera que acede al salón que ocupa toda la planta primera.

La presencia de la escalera le confiere a este espacio una escala diferente creando la continuidad entre los dos pisos a lo que contribuye decisivamente el quiebro vertical de la cumbrera y el paño acristalado que así aparece.

Quien recorra estos espacios tendrá, sin duda, la sensación de habitar una casa con una variada percepción de la luz y del espacio. En el comedor un amplio ventanal se abre a la intimidad de un patio casi privado, al subir la escalera una ventana lateral le permitirá tener vistas libres sobre la orientación contraria, a su frente se abre el ventanal del salón que se prolonga en la terraza con el mar al fondo, mientras por encima de su cabeza, de forma indirecta, entra la luz barriendo la cara interior de la cubierta.

La precisa compartimentación de la carpintería, la disposición de los huecos en las fachadas laterales, la expresiva presencia en el exterior de las chimeneas o la cuidadosa disposición de la vegetación, como un elemento más, no hacen sino reiterar el interés y atención por hacer patente la doble condición de la casa, colectiva y privada.

Como decía al principio no sé si estas viviendas constituyen una de las mejores obras de Jacobsen.

Lo que sí sé es que en una de ellas vivió el arquitecto con su familia, teniendo su estudio en el sótano y cuidando su hermoso jardín.