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EDUARDO MOSCOSO DEL PRADO

Una tarde, de un día de estos, hace veinticinco años, asistí a una Junta General de la Delegación del Colegio de Arquitectos con sede en Gran Vía. En un pequeño cuarto, unas quince o dieciséis personas, no más, me miraron curiosas, yo era el nuevo. A pesar de mi timidez, tomé asiento y sentí al ver que no me echaban, que efectivamente era ARQUITECTO, (por cierto en esa junta no dije nada, debe ser la única vez).

Sucedió hace veinticinco años y parece que fue ayer, y sin embargo creo que siempre he sido Arquitecto y no recuerdo otra forma de vida si no es ejerciendo esta profesión.

Mirando hacía atrás en un primer momento piensas en todo lo que ha cambiado la profesión y sin embargo la esencia es la misma. Un profesional con un lápiz y un papel (ordenador, o lo que sea), atendiendo y dando forma a las necesidades de un cliente, usuario o no de la futura edificación. Enfrentándose a problemas formales, legales, económicos, etc.., intentando dar un impronta personal y cultural, a las solución que sometes a la aprobación de un cliente y a la crítica de colegas y usuarios.

Los cambios aparentes en nuestra profesión son siempre los mismos, ordenanzas, legislación, medios disponibles, materiales, etc.., ha ocurrido siempre y seguirá sucediendo.

Sí es cierto que ha aumentado la parte de gestión de los proyectos y es tan compleja, que a veces le ahoga y casi parece que se olvidas de tu profesión, pero todos los que perdáis el tiempo leyéndome, recordaréis que algún día, ante vuestro tablero u ordenador, no suena el teléfono, nadie te molesta y te enfrentas a un proyecto, vas viendo como los espacios se van configurando, los cambias, los depuras, le vas dando forma y expresión y el tiempo vuela, cuando te das cuenta ha pasado el día, miras lo que has hecho y te gusta, y te sientes ARQUITECTO, y piensas que tu profesión es magnifica ¿O NO?.

Han pasado veinticinco años y piensas que sólo has ganado en oficio, en tranquilidad en tu profesión, en distinguir lo urgente de lo importante y rezas por seguir siendo el mayor crítico de ti mismo.

Contemplas obras que no volverías a hacer, o las cambiarías totalmente si pudieras rehacerlas y otras que te producen satisfacción. En fin los sentimientos de cualquier arquitecto que ama su profesión.

Te acuerdas de anécdotas en tus relaciones con los clientes como aquella donde una viejecita me ofrecía una buena propina si lograba rebajar los honorarios que cobraba a través del Colegio. O aquella que después de pagar a través del mismo me preguntaba cuánto cobraba yo. Recuerdo visitas de obra donde mi padre era el señor arquitecto infalible y distante por supuesto con el tratamiento de Don Fermín. A los arquitectos de mi generación nadie nos ha llamado de Don, y siempre hemos tenido que justificar cualquier decisión.

Escribo estas líneas a petición de mi amigo Juan Diez del Corral dado que me van a dar la plaquita por los veinticinco años de profesión, cuyo único mérito es haber sobrevivido a la misma. Un chiste fácil que, en mi caso, me hace recordar a mi primer socio y amigo Víctor Uriarte Centaño (Decano del C.O.A.R.) que se quedo en el camino.