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EN TORNO A LOS CONCURSOS
por Miguel Angel Prieto


Estos días ha vuelto a surgir la polémica. La convocatoria del Concurso para el Soterramiento del Ferrocarril -y alguna otra más que se avecina- han vuelto a poner sobre el tapete el sistema de encargos de proyectos por parte de las Administraciones.

El tema es tan interesante que resulta inevitable su aparición, cual Guadiana, en las conversaciones entre colegas profesionales. Así me ocurrió el otro día. Comentando con un compañero las particularidades de algunos concursos (léase selección previa de equipos, valoración de la oferta económica, ponderación de currículums de procedencia no siempre clara, profusión de "aficionados" en la composición de algunos tribunales, etc) no fuimos capaces de ponernos de acuerdo. La prisa -esa tirana que siempre nos atenaza- interrumpió de forma precipitada una conversación que sin duda daba para mucho más. Así que, desde la soledad del papel, me propongo retomar la conversación. Lamentablemente será un monólogo, pero espero que nos permita, a ti querido compañero y a mi, continuar próximamente nuestra conversación desde posturas más cercanas.

Como bien sabes defiendo los Concursos de Ideas como el procedimiento que permite esperar los mejores resultados -el mejor nivel de la arquitectura-. Pero ¿garantizan por si mismos la calidad del producto final?. Evidentemente no. La arquitectura es un hecho complejo y -lo que es más importante- compartido. El paso de los años me ha demostrado que una buena propuesta, en manos de un cliente poco respetuoso, puede acabar siendo mediocre. Y es que también en los concursos, y una vez desaparecido el Jurado, la soledad del arquitecto frente al cliente puede alcanzar cotas equiparables a las del encargo más vulgar de nuestro cotidiano quehacer. Pero este no es el único hecho que explica los malos resultados que en ocasiones se obtienen a partir de un Concurso de Ideas.

Dejando al margen los errores que pueda cometer un Jurado -errores que en ocasiones se dan- es evidente que una adjudicación de un concurso puede unir a un arquitecto poco habituado a los encargos de envergadura con un cliente con amplia experiencia en este tipo de situaciones. El final no siempre es feliz. Junto a resultados que parecerían contradecir esta afirmación (Biblioteca de Francia de Perrault o embarcadero en Yokohama de Zaera) están otros que la confirman plenamente (Palacio Euskalduna en Bilbao). Frente a estas dificultades, que ya ves que no tengo ningún rubor en reconocer, ¿qué hacer?. La solución que con frecuencia utiliza la Administración es la selección previa de concursantes. De esta forma se resuelven algunos problemas. El primero de ellos -la relación futura entre arquitecto y cliente- queda controlada, ya que se invitará exclusivamente a arquitectos con amplia experiencia en bregar en situaciones similares. Por otra parte la responsabilidad del Jurado se atempera (si se hace una selección previa, y aunque el jurado no acierte con la propuesta más brillante, es casi seguro que el resultado final no será malo). No se puede olvidar tampoco la seguridad que a la Administración le dan algunos nombres de arquitectos, así como el respeto que su presencia infunde en la ciudadanía, evitando las tentaciones demagógicas que en ocasiones se producen. Un ejemplo de esto último, próximo en el tiempo aunque no en el espacio, es la ampliación del Ayuntamiento de Murcia de Rafael Moneo. ¿Te imaginas el lío que se hubiera organizado en La Rioja si en un emplazamiento similar un arquitecto "regional" hubiese suscrito una propuesta tan abstracta?.

Por último, y aunque me apetece poco decir esto, no se puede olvidar que el éxito del distante en el espacio -arquitecto ajeno a nuestro colegio profesional- produce menos escozor que el triunfo del vecino (la condición humana). Esta es quizás la última "ventaja" que se consiga con una selección previa de los equipos participantes, selección que si se hace de forma rigurosa convierte en extremadamente difícil la presencia de miembros de nuestro colegio en este tipo de concursos. Y por si las cosas no cuadran siempre se puede dejar prevista alguna clausulilla en el Pliego, que permita justificar -sin vulnerar de forma grosera el espíritu de los concursos- la presencia exclusiva en estos casos de arquitectos ajenos a nuestro colectivo (véase Concurso de Valbuena).

Bueno, y si tantas ventajas le aporta la celebración de concursos restringidos a la Administración ¿resulta sensato continuar defendiendo los Concursos de Ideas, anónimos y con Jurado?. A mi me sigue pareciendo que si, sobre todo porque, como expondré más adelante, es el mejor servicio que podemos hacerle a la Sociedad.

No se puede negar que los concursos restringidos, con invitación previa y reservados a las grandes figuras de la arquitectura mundial -Herzog & De Meuron, Rafael Moneo, Siza Vieira, Renzo Piano, etc- cumplen un papel necesario en el proceso evolutivo de nuestra profesión. De ellos emergen frecuentemente las grandes obras de nuestro tiempo, los ejemplos más brillantes de la arquitectura contemporánea. Tampoco se puede olvidar el papel que desempeñan en la cultura arquitectónica esos otros concursos -no menos importantes- a los que son invitadas figuras menos conocidas pero de un indudable interés, y que con frecuencia nos sorprenden a todos por sus propuestas inesperadas y refrescantes -léase MVRDV, Gigon & Guyer, Zaera o el mismo Arroyo, por señalar algunos nombres sin pretensión de exhaustividad. Pero fuera de circunstancias muy concretas y emblemáticas que (en ocasiones de forma harto dudosa) avalan este tipo de concursos ¿está justificado recurrir a esta práctica con la frecuencia que se utiliza?. Mi posición como ya te he dicho antes es que no.

Previamente quiero desmarcarme de las posturas proteccionistas, aquellas que defienden la inclusión de arquitectos inscritos en nuestro colegio en este tipo de concursos restringidos. Creo que la selección de arquitectos en base a su lugar de residencia tiene la misma justificación que si lo hiciésemos por ser morenos, rubios, calvos o con bigote; es decir una completa trivialidad. No será éste, el de la defensa corporativa, el argumento que esgrimiré.

Tampoco quiero apuntarme a la crítica respecto al menor grado de transparencia en el acceso al encargo que se produce en un concurso restringido (cuando se llega a ciertas edades es mejor no extenderse demasiado hablando de ecuanimidad y justicia). La justificación y defensa de los Concursos de Ideas creo que debe ir por otro camino.

Lo primero que deberíamos entender es la precisión del concepto. Se trata de un tipo de concursos en el que se confrontan diferentes ideas, realizadas por unos profesionales con un altísimo grado de generosidad, arriesgando un tiempo y un trabajo, y poniendo en el envite mucho más de lo que resulta razonable esperar como contrapartida. Además todo esto se hace con un altísimo grado de inseguridad (no es posible prever el resultado en un Concurso anónimo y con alta participación). Es claro que esta actitud generosa y desprendida, nada habitual en los tiempos que vivimos, redunda en beneficio de nuestra sociedad. A ella se le brinda ese trabajo y, mediante la exposición pública y los debates, le es dado conocer a la misma las potencialidades reales de los arquitectos de su entorno, de los más conocidos y de los más discretos, siempre claro está que estén interesados en concurrir. Pero esta no es la clave del asunto, ya que debates y exposiciones pueden hacerse con cualquier tipo de Concurso. La ventaja adicional estriba, paradójicamente, en lo que los Concursos de Ideas hacen por nosotros.

Pensar que un Concurso de estas características se agota en la entrega de premios y en las exposiciones es un error. Nosotros, los arquitectos que hemos participado en él, no salimos como entramos. Y esto es independiente de haber sido premiados. Nuestra tensión intelectual se ve acrecentada con este tipo de trabajos. El esfuerzo que todo concurso comporta no se pierde en la nada (el concurso no se agota en sí mismo) permitiéndonos a los arquitectos estar en un continuo proceso de reciclaje, actualizando nuestra posición, revisando constantemente nuestro pensamiento, estudiando y contrastando lo que de otros profesionales hemos visto en viajes o revistas. Además lo hacemos desde la generosidad y la libertad que existe en un Concurso de Ideas.

Cuando terminamos, y con independencia del resultado, ya no seremos la misma persona, habremos subido un pequeño peldaño en nuestra formación permanente. Sin duda poco a poco iremos creciendo profesionalmente y este crecimiento se notará en nuestra obra futura, y lo que es más importante; se nos notará a todos. Al que gane y al resto.

Esta, querido compañero, es la justificación de los Concursos de Ideas, abiertos a todos y anónimos. No se agotan en si mismos y hacen que la media profesional suba de nivel. Ese es uno de los papeles más relevantes que desde el punto de vista social debiera defender el Colegio de Arquitectos ¿o debería decir su Junta de Gobierno?