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04 hasta la Cocina___18 / X JORNADAS DE DISEÑO EN LOGROÑO

CARLES RIART
por Juan Diez del Corral

No sé si está bien enamorarse de una silla o ver en ella evocaciones de una bella mujer, pero en todo caso no seré yo el primero en decirlo. Preguntado Mariscal por su silla preferida (rev. ARDI), no dudó en responder que la hormiga de Jacobsen, pues veía siempre en ella un buen culo redondo y un busto con cintura de avispa. En mi caso tengo que decir que la silla de Carlos Riart para el piso de Fernando Amat en la Casa Mila, me cautivó desde que la vi, por la perfección de sus rasgos y por las modosas proporciones de su “dos piezas”.

En todo caso a mi alumnos no les digo nunca eso (no hay que mentar nuestros gustos  a desconocidos ni hablar de sexo en clase) sino que cada vez que les enseño en diapositiva la silla de Riart explico, para su asombro, que el diseño no consiste siempre en andar buscando “ideas” maravillosas con las que sorprender a la gente, sino que también es coger una idea muy normalita y ponerse a ajustarla y perfeccionarla. El diseño no sólo está en el boceto sino en su desarrollo.

Y también la belleza. De eso saben mucho los maquilladores o los cirujanos plásticos. No es cosa de inventarse una nueva mujer sino de coger las que ya hay y estirarles un poquito de aquí o quitarles otro poquito de allá. ¡Ay! pero ya estoy hablando de mujeres otra vez... Volvamos a la silla Amat: ese pequeño movimiento de la pata trasera, ese  trazado perfecto y armonioso de los cuatro apoyos, esas dimensiones del tapizado, esas curvitas de las esquinas... mmm ¡eso es una silla! Y en cuanto a sillones, véase el que diseñó para un despacho del palacio Virreina (que está justo debajo de esta línea). Aquí hablamos en masculino, de rasgos más robustos (sobre los que entiendo algo menos) pero de la misma idea de lo que es el diseño. Y para robusto, el sofá del mismo proyecto del Virreina.

Según nos contó en la Escuela, en la cuarta conferencia de estas espléndidas X jornadas de el diseño, Riart siempre ha ido a contracorriente de los tiempos, así que cuenta por fracasos lo que son extemporáneas genialidades. Empezó en los sesenta haciendo propuestas de muebles racionales y baratos a tanta distancia de la Bauhaus de los veinte como de los Ikea del 2000. En los setenta le dio a la imaginación y creó muebles de auténtica fantasía. En los ochenta, cuando todo el mundo abrazó las extravagancias formales de la postmodernidad, Riart se refugió en el diseño de la perfección formal y la ejecución de ebanista. Y en los ultimos años, en un mundo donde la alta costura está a punto de desaparecer, se dedica a hacer muebles de encargo y a medida con un toque de glamour que bien podría llamarse la “alta costura del mueble”.

Fue una pena que en su conferencia no nos enseñara apenas nada de esta última etapa, aunque en una charla reciente de Pep Cortés para el Ader, pudimos ver algunos de los muebles que le había hecho al tenor José Carreras. “No tengo fotos de lo que he hecho del noventa y dos para aquí”, nos dijo con toda la tranquilidad del mundo: esa tranquilidad que da el estar seguro de lo que uno hace y de la falta interés por venderse.

Para venderse ya tuvo ocasión y no lo hizo. Knoll quiso ficharle y llevárselo a Nueva York pero Riart se agarró a su tierra. De aquel desencuentro, sin embargo, nació la deliciosa mecedora que completa las ilustraciones de esta breve reseña.