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CORAZÓN VERSUS RAZÓN
por Pablo Larrañeta

El jueves 15 de abril asistí con cierta expectación a la presentación de los premios dados a los proyectos fin de carrera por la empresa de iluminación Guccini conjuntamente con la revista de arquitectura Pasajes como asesora en materia arquitectónica.

Salí realmente sorprendido y preocupado de la presentación del que era el primer premio y tras un análisis un poco mas detenido de los paneles de la exposición de ese y otros proyectos allí presentes me confirmaron mi sospecha de que las escuelas han perdido el Norte y el Sur o quizás sea yo el que está fuera de onda.

Tengo la sensación de que el estado de bienestar en el que parece que vivimos y las tecnologías de que disponemos reblandecen las neuronas  llevándonos a una esquizofrenia que se debate entre la razón y el corazón. El corazón mueve y la razón dirige, el corazón se fascina con el fragmento convulso en el espacio, con el instante en el tiempo y la razón  busca el conjunto frente al fragmento, la permanencia frente al devenir. El sabio equilibrio entre ambos órganos ha sido siempre la mejor herramienta para la creación más consistente en arquitectura. Eso es lo que de algunos de los grandes maestros cercanos como Oíza, Sota o Moneo pude aprender en la escuela y me lo demostraron con sus obras a lo largo de su trayectoria profesional.

A las nuevas generaciones creo que se les está engañando haciéndoles que piensen demasiado con el corazón y sientan poco con la razón. Esta perversión del sistema hace que se dejen llevar en exceso de las sensaciones apareciendo una nueva realidad convulsa y fragmentada que tratan de dar forma mediante la utilización de sofisticadas tecnologías que aparentemente todo lo resuelven. Esta actitud, digamos nueva, lleva inherente un desprecio hacia la ciudad, como orden espacial en el que cristaliza toda cultura racional. Surge así una fascinación por los espacios marginales, esos caóticos no lugares sin estructura ni orden aparente que obvian el rigor espacial que impone la ciudad, rehuyendo el compromiso que adquirimos como arquitectos de servir y ser útiles a la sociedad en su necesidad vital de ocupar y disfrutar el espacio y legarlo a las generaciones siguientes, que por una simple razón de economía de recursos ya que este es un bien escaso, deberían aprovechar, cuidar, limpiar, mimar y tratar de mejorar para que la siguiente generación con conciencia y memoria pueda hacer lo mismo. ¿Qué otra cosa si no es la ciudad que la memoria y conciencia de la existencia del ser humano sobre la tierra?

La actitud actual de la sociedad de consumo asentada en el estado de bienestar, es justamente la contraria a la sensatez, prevaleciendo la arquitectura de usar y tirar como máxima exaltación, a mi entender, de una equivocada actitud de servicio al usuario que se le concibe como un ser en permanente necesidad de cambio que se cansa y aburre como niño mal criado en cuanto utiliza algo, en el que predomina la acción sobre la reflexión basando en aquella toda manifestación de evolución. Esta actitud realmente a quien sí sirve es a los que sin corazón y utilizando exclusivamente la razón conducen esa desaforada acción y consumo de arquitectura, entre otras, para obtener pingües beneficios económicos.

Pero volviendo a los proyectos de fin de carrera, resulta muy preocupante ver tanto esfuerzo, tantos recursos expresivos empleados y tan brillantemente expuestos para crear más caos del ya por sí existente (debemos recordar que el orden es un bien escaso por el contrario del caos que abunda en cualquier lugar). Curiosamente aquellos proyectos en los que se vislumbraba un cierto orden, resueltos bajo una geometría digamos euclidiana, inteligible, no eran objeto de premio o distinción. Los premios se reservan para proyectos con situaciones espaciales alucinatorias más propias de un delirium orgásmico que de una reflexión serena,  sensata y cultural sobre la ocupación del espacio por el ser humano. Los modernos profesores de nuestras prestigiosas escuelas de arquitectura todavía no han revelado a sus brillantes alumnos que para distancias relativamente pequeñas como son las de la arquitectura, la geometría euclídea, (la que cristaliza en el sistema ortogonal para entendernos), y las no euclídeas (las raritas) son esencialmente equivalentes y solo al trabajar en espacios astronómicos las geometrías no euclídeas dan una descripción más precisa que la euclídea de los fenómenos observados. Por ejemplo, la teoría de la relatividad desarrollada principalmente por Albert Einstein está basada en una geometría riemanniana de espacio curvo.

Aquí reside el vil engaño que se está impartiendo en las escuelas hoy en día, haciendo creer a los alumnos que trabajan en un espacio astronómico al modo de Koolhass, Hadid, Nouvel o Zaera que, como dioses del olimpo, trabajan en otra galaxia o donde les da la gana, cuando en realidad la arquitectura por muy grande que sea se mueve en un espacio de a metro más o menos, es decir, en el de la geometría euclídea que es mucho más sencilla, económica y útil, se puede entender con la razón y hasta es capaz, llevada con destreza, de crear un cierto orden muy deseable por aquello de vivir con fundamento y si además se está un poco dotado e inspirado incluso puede hasta resultar bella. A mí me ocurre que en las geometrías riemannianas me encuentro francamente incómodo, me producen un desasosiego espiritual profundo, una ansiedad, un mareo, una sensación de vértigo y desorientación equivalentes a cuando me tiré por el DragonKan en Port Aventura para estar a la altura de mis hijos.

Creo que hay suficientes problemas en estos momentos que plantear y resolver sobre la tierra y muy cerca nuestro, en esto del habitar humano, como para perderse en farándulas de parques de atracciones o pasarelas Cibeles que es en lo que se ha convertido últimamente esta disciplina. Creo que existe un grave error en utilizar en arquitectura tecnologías que pertenecen a otros procesos de producción como son las ingenierías aeronáuticas o de automóviles, por ejemplo, que son de donde surgen estas formas tecno-biológicas por la simple razón de que, primero, estas están diseñadas para un proceso de producción en serie y por tanto la complejidad tecnológica del prototipo, y por tanto su presupuesto, puede ser el que sea porque se amortiza con la repetición, cosa que la arquitectura es única porque depende del lugar, del emplazamiento; y segundo los edificios están anclados al suelo y por lo tanto ni vuelan ni se desplazan, salvo intervenciones terroristas, teniendo que someterse principalmente a la ley de la gravedad y a nuestra inutilidad. Por lo que poco tiene que ver con esas disciplinas muchísimo mas sofisticadas en la forma y por el contrario simples en el contenido.

Nuestras neuronas son limitadas y simplemente decidir adecuadamente donde ubicar un hueco en un paño por donde se ilumina un espacio y se observa un exterior, elegir el material apropiado y sobre todo plantear la traza conveniente y económica que nos haga tomar conciencia y por tanto disfrutar del tránsito entre mi ser individual y colectivo y la tierra que me soporta, consumen la mayoría de ellas, como para derrocharlas por el hiperespacio. Esa junta de trabajo entre esos dos materiales tan distintos, la tierra y el ser humano es precisamente la arquitectura.

Tras esta reflexión se me ocurre recomendar a las jóvenes promesas y sobre todo a los profesores que los instruyen que bajen del espacio astronómico, donde están las estrellas, a la tierra donde estamos las personas que nacen, crecen se reproducen y mueren y donde hay tantísimo todavía por resolver; y que el corazón está bien para enamorarse y es necesario para vivir pero conducido por la razón, la sensatez, el sentido común. Pero existe otra que no conviene confundir, la pura razón tecnológica que unida al corazón da como resultado lo que en la sala de exposiciones hemos visto. Unos auténticos y brillantes monstruos.