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LA DESCONOCIDA ARQUITECTURA DE MELILLA O EL TRIUNFO DEL ORNAMENTO SIN DELITO
por Domingo García Pozuelo

Desde que en el siglo XV, una vez gobernada toda España por los Reyes Católicos, se pensara por parte de algunos de los capitanes de la guerra de Granada, que para asegurar la integridad del territorio reconquistado, era necesario seguir la campaña en el norte de Africa, algunos como el Duque de Medina Sidonia, D. Juan de Gúzman, consiguieron convencer al Rey Don Fernando de la toma de lo que entonces se conocía como Milila o Milili, es decir "jefe árabe ", y que hoy es la actual Melilla.

Es desde 1496 por tanto cuando se asientan las tropas españolas en ese lugar de Africa, y por eso mismo, es ahí cuando comienza a crearse edificación, militar fundamentalmente, que da origen a lo que se conoce en la actualidad como Melilla la Vieja, lugar igualmente de asentamiento de otras culturas (fenicios, cartagineses, romanos, árabes) que como ocurre siempre fueron transformando lo que encontraron, y que en todo caso por las excavaciones arqueológicas realizadas no han dejado muchos vestigios claramente reconocibles.

Por ello se puede decir que la historia de Melilla se forma a partir del 17 de septiembre de 1497, con el desembarco del adelantado del duque de Medina Sidonia, Don Pedro de Estopiñán, y que es cuando España ocupa ese punto del norte de Africa, y que obedece a la política de la monarquía de protección de las costas españolas, con esa avanzadilla en uno de los flancos del mediterráneo.

Por tanto sobre aquel bastión deshabitado y en ruinas que encontraron los españoles, se comenzó a edificar un conjunto de recintos defensivos que dan lugar a las Murallas de Tierra y las Murallas de Mar, proyectadas por ingenieros (los que utilizan el ingenio) italianos, que llevan los principios del renacimiento y en particular los que se refieren a fortificaciones.

Estos primeros recintos amurallados se construyeron terraplenados con el fin de evitar el efecto destructivo de la artillería, y con torreones macizos para contener igualmente piezas defensivas, así como dos revellines (obras externas a la muralla) que protegían las puertas principales de Tierra y Mar ya citadas.

Lógicamente un recinto amurallado no es sólo un lugar de asentamiento de soldados, sino también la protección de una ciudad, y por ello en Melilla La Vieja, se construyeron viviendas, almacenes para asegurar el abastecimiento de la misma, iglesias, un hospital, pero sobre todo unos extraordinarios aljibes que aseguraban el abastecimiento de agua potable en cualquier circunstancia en la que se encontraran los habitantes, tanto durante un asedio como en tiempo de paz.

Estos aljibes citados son de unas dimensiones y características constructivas sorprendentes, y singulares, por su escasez en otras fortificaciones, tal vez por no ser tan acuciante este problema del abastecimiento de agua, como puede deducirse que lo sería en la costa africana en los siglos XV, XVI y siguientes.

El siglo XVIII con los Borbones en el trono, que mantuvieron al igual que las distintas monarquías su interés por la plaza de Melilla, se fueron creando nuevos recintos fortificados, (una vez consolidado el cuerpo de ingenieros militares en España) predominando un conjunto de actuaciones funcionales, sobrias, en contraste con el gusto barroco imperante en ese siglo.

Por tanto en contraposición al recinto de formas curvas del periodo renacentista traído desde Italia, se construyen defensas que responden a formas pentagonales, cuadradas y triangulares, que procuran perímetros con baluartes, ya experimentados en Europa. Nacen tres recintos con formas pentagonales, de muros macizos, como consecuencia del corte por un foso ( el Hornabeque ) que corta el primitivo en dos y al que se añade un tercer muro que tampoco será el último, ya que con el fin de ocupar el cerro del Cubo, surge el cuarto y último, con formas triangulares, cuadradas o trapezoidales, tales como San Carlos, Victorias, o San Miguel. Y aunque estos nuevos y definitivos recintos respondían a funciones militares, también albergaban otros edificios, tales como los Almacenes de Peñuelas, o los de San Juan el Viejo, o el de Florentina, con bóvedas de rosca de ladrillo de un valor constructivo y arquitectónico notable.

La expansión extramuros de la ciudad se produce a finales del siglo XIX, ya que hasta 1862 Melilla se queda estancada y empobrecida, siendo ese año el del comienzo del crecimiento de la misma, con las sucesivas líneas del urbanismo que se promueve desde los estamentos militares tras el famoso disparo de una bala de cañón, que en el año 1860 habría de delimitar el radio del círculo que fijaría la extensión de la ciudad, y por lo tanto del territorio español de acuerdo al Tratado de Marruecos de 1860.

Se construyeron entonces una serie de fuertes y torres de un estilo neomedieval que pierde por tanto fuerza como elemento arquitectónico, pero que aseguraban ese campo exterior y que permitían el crecimiento de los nuevos barrios tales como los de Mantelete y Alcazaba, entre otros. Son barrios trazados por Ingenieros militares que responden a un urbanismo de cuadrícula, que tienen un cierto paralelismo con los de Cerdá en Barcelona o el de Salamanca en Madrid.

Hasta 1909 la arquitectura de Melilla se ejecuta en gran medida por los propios ingenieros militares, con un eclecticismo cargado de elementos neoclásicos, y que se organizan en torno al primer ensanche, con la virtud de una homogeneidad que le otorga orden y serenidad al conjunto de bloques, de cornisa continuada y de fachadas sin elementos excesivamente acusados.

Pero es a partir de 1909 año de la llegada a Melilla del arquitecto catalán Enrique Nieto y Nieto, cuando se inicia el mejor periodo de la arquitectura civil de la ciudad. El estudio más interesante que se ha realizado sobre esta arquitectura, es el de Salvador Tarragó, que en un breve trabajo, realiza un análisis de la arquitectura llevada a cabo por Nieto, así como del conjunto de la arquitectura civil de la primera mitad del siglo veinte en Melilla.

La razón por la que Enrique Nieto se desplazó a Melilla es desconocida, ya que tras nacer en Barcelona y terminar la carrera en 1906, trabaja en su ciudad durante los tres primeros años de ejercicio profesional, colaborando en la construcción de la casa Milá, obra de Gaudí, para trasladarse a Melilla en el año 1909 y permanecer en la misma hasta 1954, año de su fallecimiento.

Lo cierto es que su obra dio singularidad y un carácter "unitario" a la arquitectura de esa plaza, ya que no en vano, según Tarragó asevera, una tercera parte de Melilla es obra suya.

Tarragó divide la actividad profesional de Nieto en tres etapas: la primera que va de los años 1910 a 1931 en la que proyecta y construye sus edificios más genuinamente próximos al modernismo, y que se corresponden con la zona más céntrica o primer ensanche de la ciudad.

La segunda que se corresponde con la obtención de la plaza de arquitecto municipal y que abarca desde 1932 a 1939 en la que su estilo comienza a cruzarse con corrientes racionalistas, pero dentro de un carácter heterogéneo. Y la última que se corresponde con la posguerra y su muerte en 1954, y que es en la que construye, entre otros, el palacio Municipal, hoy sede del Gobierno de la ciudad autónoma situado en la Plaza de España, y que es una de sus obras más emblemática.

Toda la arquitectura de Nieto, y en general la arquitectura civil que se desarrolla en Melilla durante ese periodo del siglo XX, se elabora sobre la base de motivos ornamentales y decorativos que propician el nacimiento de una "escuela de artesanos" que utilizan los materiales que tienen a su alcance, y  para suplir la carencia de canteras de piedra, la ornamentación se realiza con estuco, asperón, ladrillo e igualmente hierro forjado y madera.

Lo sorprendente de esta profusión de un estilo, no lo es sólo por la presencia de un arquitecto singular que promueve esa arquitectura, sino por la lejanía de Melilla de las corrientes estilísticas que imperan en Europa, que la privan de un pasado arquitectónico que no sea el de la "escuela militar", que por cierto se vio igualmente impregnada de ese modernismo importado por Nieto, de tal modo que muchos de los ingenieros militares terminaron por copiar y seguir esa corriente arquitectónica. Igualmente el comercio en sus nuevos locales se contagió de ese modernismo, dándose en farmacias, cafés, cines, etc.

Así mismo y como una consecuencia de ese estilo introducido por Nieto, se produce una arquitectura que se recrea en los neohistoricismos, dando lugar a edificios neoárabes (sinagoga central o casa de los cristales) para más tarde hacer acto de presencia el art-decó, cuya obra más significativa es el cine Monumental, obra del arquitecto Lorenzo Ros.

Estos breves apuntes lo único que pretenden es alertar sobre la singularidad arquitectónica de Melilla, el interés del conjunto de su edificación, y la conservación hasta ahora de esa parte de su patrimonio, que en muchos casos está siendo restaurado con acierto por los arquitectos que allí residen y que son conscientes del valor histórico y arquitectónico de su ciudad.

El desconocimiento, la distancia con que observamos los peninsulares esta ciudad, por su singular ubicación en otro continente, es más comprensible. Sin embargo el viaje no es tan complicado, salvo por el aterrizaje en una corta pista donde el avión se bandea con el viento y alarma al pasaje. Los melillenses ya están acostumbrados a ese trance.