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JAZZ, ARQUITECTURA Y HUMO DE TABACO
por Javier Dulín

Querida Carlota:

Te escribo desde el Salón de Columnas del teatro Bretón escuchando un concierto de jazz, que además enlaza muy bien con el peristilo de elhAll. Este salón nació para el baile y ahora funciona como sala de usos múltiples, término horroroso para la arquitectura por su falta de definición del programa funcional, como si el uso fuera una cosa independiente del espacio. Así que lo mismo sirve para oír flamenco, ver teatro destinado a públicos minoritarios, hacer de almacén del teatro Bretón o escuchar jazz. A pesar de esto el Salón tiene tal dignidad espacial que se defiende muy bien ante cualquier circunstancia funcional que le toque.

Los aficionados al jazz tenemos una cita anual en dicho salón con el ciclo que organiza el Ayuntamiento. Año tras año, tengo la misma sensación, y es la de que algo falla. ¿Los músicos? No, y me dejo llevar por un sonido Hammond que va en crescendo. ¿Será el escenario? No, parece que tiene un tamaño con una proporción correcta respecto al Salón, está bien revestido de cortinajes negros incluso queda remarcada la boca del mismo también con cortinas negras, quizás un pelo alto; me doy cuenta que mis pies van solos intentando seguir el extraordinario ritmo del batería que da nombre al cuarteto. ¿Será el sonido? No, el tío Lozano tiene mucho callo en esto y además antes de sonorizador fue músico (y sigue siéndolo, el Benavent de Logroño) y eso quieras que no da una sensibilidad. Hasta el trompetista le felicita; me dejo llevar por la balada deliciosa que ejecuta con el fiscorno. ¿Será la iluminación? No, parece muy adecuada para el concierto, acompañando sin estridencias los solos, incluso esa luz tenue encima del público hace sentirse bien; sigo con atención la depurada técnica del saxofonista. ¿Será el público? Sí. Es el público, que está en una situación tensa y muy fría, que se la trasmite a los propios músicos. El jueves anterior el ambiente se podía cortar con un cuchillo e hizo que el guitarrista mirase con mucho disimulo el reloj cada vez que finalizaba un tema o que dudaran con qué pieza continuar ante este nórdico público (lo de nórdico como tópico, porque no veas como bailaban en el club de jazz que estuvimos en Helsinki en aquel viaje COAR). Ese mismo jueves desde los asientos del fondo se veía la silueta del público perfectamente estática, como la que usan los futbolistas para ensayar las faltas, de cartón recortado. ¿Qué pasa entonces con este público? ¿Es soso? ¿No entiende de jazz? ¿Como somos siempre los mismos, nos dará vergüenza expresar nuestros ritmos internos ante los demás? ¿Será el horario que nos va fatal? No creo que sea nada de esto. La culpa de que el público se manifieste así está en la decoración. El salón, en masculino, se puede mostrar tal y como es, pero cuando lo pasamos a sala de usos múltiples, en femenino, habrá que maquillarla según el espectáculo al que acoja.  Y no es lo mismo un teatro alternativo que un concierto de jazz. La decoración pasa también por entender el programa de necesidades, y si simplemente nos fijamos en qué consiste un club de jazz, decorado a alcanzar, faltan muy pocas cosas para que los jueves de jazz fueran una auténtica delicia. La solución: cambiar la distribución de las mesas y sillas hasta parecerse a un club, librándose así del contacto personal tipo sándwich al que estamos sometidos, poder hablar y comentar, incluso, por qué no, bailar, que el bar esté abierto durante toda la actuación consiguiendo así un bullicio de fondo que tamice los terribles silencios y sobre todo, que dejen fumar (y eso que soy exfumador). El público estaría más relajado, se lo transmitiría a los músicos y en fin, que serían noches de jazz redondas, igual con dos o tres bises, gracias a la arquitectura y la decoración.