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ASAMBLEA
Juan Diez del Corral

No es fácil saber exactamente dónde aprendemos los modos políticos que a la postre ponemos en práctica en los distintos ámbitos sociales en que nos movemos. Las conversaciones de familia en nuestra infancia, o la lectura cotidiana de los periódicos parecen ser las fuentes más comunes de donde obtenemos nuestro ideario; pero en cuanto a los modos, la casuística es seguramente mucho más variada.

Por mi parte, si me pongo a recordar cuáles pudieron ser los momentos cruciales de mi formación política, sin duda me vienen a la memoria las numerosas "asambleas" que se celebraban en la Escuela de Arquitectura de Barcelona en los años en que yo estudié (1970-75). Hay gente que aprende su forma de hacer política en un club, una asociación, en un partido político, un sindicato o en el ejercicio democrático del voto cada vez que es convocado a ello, pero los de mi generación, nos batimos el cobre en las asambleas de la Escuela con tal intensidad, que desde entonces no entendemos la vida política de la sociedad que sea sin sus correspondientes "asambleas".

Cuando acabamos en la Escuela y nos incorporamos a los Colegios de Arquitectos, nos dimos cuenta de que la vida política de este prestigioso grupo profesional se regía por unos cauces democráticos bastante consolidados, y por entonces extemporáneos, dentro de una nación que carecía de ellos. El Colegio de Arquitectos fue para mí una segunda escuela de modos políticos aunque, por suerte, en su programa anual de vida corporativa, aún ofrecía un par de "asambleas". Más hecho a estas últimas que a los ritos de comisiones o votaciones, recuerdo la ilusión con que recibía, nada más colegiarme, la convocatoria de una "asamblea" y el entusiasmo con que participaba o me posicionaba en los asuntos que se trataran, profundizando cada vez un poco más, en el conocimiento de los compañeros arquitectos.

No creo que sea una apreciación subjetiva propia del envejecimiento si digo que en veinte años las Asambleas del Colegio han decaído enormemente como marco del ejercicio político de nuestro colectivo y como foro de encuentro entre colegiados. A partir de la democratización del país, seguramente las nuevas generaciones de arquitectos no se formaron políticamente en las asambleas de Escuela sino al compás de los numerosos comicios locales, autonómicos, nacionales o europeos, y de ahí su escaso interés por la expresión espontánea y la democracia directa que caracterizan al régimen asambleario.

Así que, entre el desgaste de la gente madura y el desinterés de la gente joven, las Asambleas del Colegio están acabando por ser tan planas y aburridas que en la última de ellas, la celebrada el 15 de junio, la ausencia de debates y la aquiescencia generalizada a lo que viniera de la mesa rectora dieron como resultado unas votaciones tan unánimes que hasta el propio decano ponía caras raras y parecía incómodo con ellos. Medio en broma, medio en serio, le dije al salir que tanta unanimidad no se había visto últimamente más que en el último plebiscito convocado por Sadam Hussein poco antes de ser invadido por ingleses y norteamericanos...

Las últimas Asambleas moviditas que se recuerden fueron las que presidió Jesús Marino, (pero por el morbo de la picota para dos funcionarios del Colegio) o las que presidí yo en mi corta decanatura, por la crisis existencial que amenazaba al Colegio con la liberación de tarifas. Pasados esos nubarrones, el actual vocal de la Junta de Gobierno, Alfonso Samaniego, me comentó un día a la salida de una Asamblea presidida por el siguiente decano, Pedro Moral, que para no discutir nada y votar a todo que sí ya no valía la pena asistir a ellas.

El problema radica también en que los "picos de oro" escasean en nuestro colectivo, y que los arquitectos solo hablamos cuando nos sentimos muy afectados por alguna cosa en concreto, lo que da lugar a discursos precipitados, apurados, y sin brillantez. Pero eso, digo yo, es lo de menos. La oratoria es un arte hermosa, pero con frecuencia tramposa y como se sabe, proclive a la demagogia; y la razón y la verdad no necesitan de discursos bonitos para que se abra camino.

En mi caso, como yo soy también un orador embarullado y oscuro, me refugio en la escritura posterior para analizar lo que otros dijeron y hasta lo que yo podía haber dicho allí, caso de saber hacerlo; así que tomo en este caso a elhAll, no tanto como un noticiero sino como un apéndice de la propia asamblea.

Un colegio fuerte

Uno de los temas que ya no se debate en las Asambleas de mitad de año es la fortaleza del Colegio y su capitalización, asunto sobre el que yo me desgasté no poco siendo decano. La "regularización de cuotas" (¡menudo eufemismo!) es asunto sobre el que el actual decano, Domingo García- Pozuelo se ha pronunciado siempre en un sentido muy claro, mucho antes de ser decano, y concretamente, al alimón de intervenciones acaloradas de José Ignacio Rodríguez. Así que a la hora de cerrar las cuentas del año 2003, ya no hubo ni un asomo de debate sobre la cuestión. Incluso, cuando en un punto del orden del día se mostraba la incapacidad económica del colegio para hacer frente a las obras de los inmuebles que se compraron en la esquina de la calle Mayor, se vio que para hacer algo sería preciso arbitrar algún nuevo procedimiento de capitalizarnos, aventura tan complicada, que no es de extrañar que alguien propusiera que lo mejor era vender los solares.

Más allá del tema de si es cara o no la cuota colegial en el sentido de tener la holgura necesaria para hacer los presupuestos, o del "sistema de regularización" que se emplea seis meses después de cerrado el ejercicio, lo que debería debatirse en profundidad es si ante la manifiesta debilidad de la profesión liberal de arquitecto en nuestro ámbito político y social, un colegio fuerte no sería el mejor de los apoyos. La ecuación que asocia a los arquitectos bien asentados económicamente con un colegio de mínimos, y a los arquitectos en precario con un colegio que les sirva de apoyo, de referencia y prestigio social, seguramente ya no es de recibo, porque ni los unos ni los otros aparecen por el colegio a defender sus intereses.

Cuando oyes decir que determinados comentarios despectivos de promotores y contratistas hacia nuestra profesión jamás los hubieran oído nuestros mayores, que la humillación que nos infligen las administraciones públicas sigue en aumento, o que los pleitos y sentencias llevan camino de hacer de la arquitectura una profesión de alto riesgo, optar por un colegio débil ante la sociedad viene a ser como aceptar que el barco se hunda y sálvese el que pueda. Así que yo creo que ahí hay debate para todos, para asentados y para precarios, y... que la famosa "regularización de cuotas" aprobada por unanimidad sigue siendo la vía por la que nuestro barco hace aguas.

Empresas ruinosas

El caso es que para hacer mas fuerte nuestra profesión a veces los Colegios han dado en montar empresas y servicios cuya brillantez económica deja mucho que desear, y cuyo destino ha sido el de que unos cuantos arquitectos se hicieran dirigentes de empresa y otros cuantos, funcionarios suyos. En la Asamblea del 15 de junio se les dio un repaso a dos de ellas: Arquitasa y la Empresa Riojana de Control de Calidad.

Arquitasa parece estar de capa caída y la acción que tiene nuestro colegio huele a papel mojado. La Junta pidió el apoyo de la Asamblea para hacer con ella lo que las circunstancias concretas fueran aconsejando..., qué se yo, quizás en su disolución nos toque una papelera y un ordenador con Windows 95; o quizás algún Colegio quiera reflotarla y nos de un 5% de lo puesto. No debía de haber ningún tasador en la Asamblea beneficiado por Arquitasa, así que todos le dimos nuestro apoyo a la Junta.

Asunto distinto es el de la ERCC, pues su origen no va unido a un deseo de hacer más fuerte la profesión sino a evitar que sea más débil. Según se recordó en la Asamblea, cuando se aprobó la Ley de Edificación y salvamos nuestras competencias (yo lo recuerdo perfectamente porque era decano entonces, y pude ver lo contento que estaba con ello el presidente del Consejo Superior Jaime Duró) los ingenieros nos metieron la zancadilla con el invento de un control de calidad con el que ellos pasarían a ser nuestros visadores nacionales para el asunto recién nacido del seguro. ¡Ah no, de eso nada! dijeron algunos Colegios, y nos inventamos las ECC. Jesús Pascual que seguía por entonces en Madrid al timón de la "empresa" de los Cats, giró unos grados el rumbo y dirigió sus esfuerzos a su puesta en funcionamiento. Y por ello, en la Asamblea tomó la palabra para decir que aunque la ERCC pierda dinero, eso no es más que el pago de nuestra independencia. Así que ale, a perder lo menos posible tratando de llevar a nuestros clientes a nuestro control de calidad, y a cargar su déficit con cristiana resignación.

Concursos

En el punto del orden del día sobre los esfuerzos y fracasos de la Junta de Gobierno ante el tema de los concursos, Miguel Angel Prieto tomó al fin la palabra desde la platea (y de un modo amplio y generoso) para lanzar un ataque a la Junta por su pusilanimidad e ineficacia, mostrando un banderín de enganche para una corriente de opinión o postura colegial (¿acaso una futura opción de convertirse en Junta?) que entendiera que la defensa de los Concursos de Ideas, limpios, abiertos, anónimos y con jurados solventes, es hoy por hoy una de las luchas fundamentales para salvar el honor y la dignidad de nuestra profesión. Los lectores de elhAll ya conocen los argumentos de Miguel Angel pues los expuso con toda claridad en un artículo publicado en la página 1 de elhAll79.

Hacer gestiones desde el Colegio para dulcificar un poco los numerosos "concursos contratas" parece ser una pérdida de tiempo y energías, porque los concursos de arquitectura entendidos como concursos de adjudicación de trabajos, desmerecen del sentido más elevado que siempre han tenido, y que, -como dijo M. A Prieto en su artículo-, es el de servir a la profesión para un reciclaje constate, -y como luego recalcó en la asamblea-, es el de demostrar que nuestra profesión sigue trabajando por honor.

Su discurso sonó muy bien; pero tan bien como el buen talante de la Junta en encajar la crítica y mostrar sus buenas intenciones, así que puestos en la inercia de seguir apoyándola, en la votación consiguiente la unanimidad sólo fue alterada por dos tímidas abstenciones.

Digo yo que para ahorrar energías, quizás sea mejor que en vez de estrellarse la Junta una y otra vez contra los "concursos adjudicación" o los "concursos de estrellas", lo mejor es que cuando encuentre un Concurso de Ideas, libre y abierto de verdad, haga un bando con tambores y clarines, y hasta con bandera si es caso, por el hallazgo.

Un embarullado cierre

Punto y aparte en la Asamblea del 15 de junio lo constituyó el caso Marrodán contra Beltrán, un asunto en el que la Junta reiteró que no lo hubiera traído a la Asamblea como se trajo, pues se mezclaban en él tantas cosas que por mucho que se debatieran no se iban a aclarar, y menos con pasiones o salidas de tono por medio. Por suerte hubo también palabras sensatas en la Asamblea y no hubo mucha sangre en la votación, y todos nos quedamos con las prudentes manifestaciones de la Junta en el sentido de que por el bien de unos y otros, los servicios jurídicos del Colegio han de aclararse en materia de competencias y diversificarse en cuanto a sus destinatarios, pues torpezas circunstanciales aparte, no parece compatible ser a la vez abogado de la Junta y de los Colegiados y abogado de Asemas y del Colegio.

Claro que..., esa diversificación significa más gasto, o sea, más servicios, o sea, un colegio más fuerte, y eso, como he contado más arriba, no se debatió, y por lo que se ve, parece lejos de debatirse.