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EL ARQUITECTO NUNCA DESCANSA
por Juan Diez del Corral

El chiste de Jesús en este número es de “diez”, así que  me he permitido ponerlo como cabecera de esta página y apropiarme del subtítulo. Mi más sincera felicitación.

Pero como los críticos somos siempre muy pesados y encontramos peros donde el “diez” no deja hueco para nada, cuando me lo entregó le dije que se había olvidado de esos otros arquitectos ridículos que nos pasamos las vacaciones en resignado trabajo de peregrinación por las consagradas obras de la arquitectura... (ja ja ja).

Bueno, me dijo, ya habrá otro dibujillo para esos.

Medio en broma, medio en serio, de eso quería escribir yo algún comentario en este hAll de Agosto, porque no sé si es por la edad, por deformación profesional o por algún tipo de obsesión enfermiza, el caso es que haciendo repaso de mis vacaciones de los últimos años, me he visto siempre en la empresa de andar buscando por los rincones más variados del mundo esas casas que los libros de arquitectura nos venden como las más interesantes o las mejores de toda la historia. Bueno, no sólo casas, también hospitales, bancos, edificios de oficinas, escuelas de arte, museos, etc.etc.; pero si traigo a comentario las casas es porque ha sido en ellas donde se ha dado casi siempre la experiencia más deseada y las más frustrante, o sea, la más próxima a la irracionalidad o al chiste.

Y es que una casa, cuando está viva (habitada) es mucho más que una obra de arquitectura (y de arquitecto), y no se puede ver, a menos que el dueño te invite a entrar en ella, lo que es altamente improbable por no decir imposible. Casos se han dado, lo reconozco, pero muy extraños. Por ejemplo cuando un el viaje de estudios con la escuela de arquitectura, allá por octubre del año 1975, un pequeño grupo de estudiantes entramos por invitación de su amable dueña en la casa Steiner de Adolf Loos en Viena, ...acaso como premio por haberla encontrado a pesar de estar, en aquel entonces, transfigurada por una sustancial variación en la cubierta curva que da a la calle. Otra excepción notable a la norma la tuvimos cuando en el viaje COAR 2001 a Dinamarca, un amable inquilino del barrio de Soholm II nos invitó ¡a todo el grupo! a entrar en su pequeñita vivienda perteneciente a uno de los conjuntos que proyectó allí Arne Jacobsen (justo al lado del que comentaba Josemi en el hC 15 pag 3).

Lo normal en estos tiempos, cuando vas a ver una de esas casas que la Santa Historia de la Arquitectura ha consagrado, es encontrarte con un frío objeto en sí mismo, o sea, no con una casa viva, sino con un Monumento del Arte, ante el que has de rendir culto y pleitesía, pasando por pagar una entrada que cada vez es más escandalosa (entre las dos y tres mil pesetas de las de antes), cuando no por hacer una cita previa telefónica, con el trastorno que eso te ocasiona en un viaje por los horarios y los idiomas. Luego has de esperar a la formación de un grupito, has de atender atentamente a una guía que habitualmente te cuenta un montón de cosas que no te interesan, y que, sobre todo, te vigila atentamente para que no transgredas la norma fundamental de este tipo de visitas, a saber, que  no puedes hacer fotografías del interior. Con dos o más de esos ingredientes he peregrinado ya por un largo rosario de “cáscaras de casas”, desde la Hill House de Mackintosh en Hellensburg, hasta la villa Tunghenhadt de Mies en Brno, la Muller de Loos en Praga o la Robie de Wright en Chicago, la Fallingwater en Mill Run (Pennsilvania) también de Wright o la Savoya de Le Corbusier en  Poissy, la Schroeder de Rietveld en Utrech, la Schindler en Los Angeles, o la de Barragán en Tacubaya, etc., saliendo casi siempre con una sensación agridulce: de euforia por el objetivo alcanzado, y de desencanto por la falsedad del objeto; ...cuando no cabreado e irritado porque algunas de ellas son usadas como pequeños museos de otras exposiciones de “arte” como si la casa por sí misma no fuera suficiente contenido para el turista.

Pero como los desencantos todavía no pueden con mis ganas de aprender, y además ¡el arquitecto nunca descansa! el 2 de agosto de este verano me llegué hasta la casa Venturi en Chesnut Hill, Philadelphia, y ¡oh maravilla! aún es una casa habitada, y por un señor encantador. Como estaba un poco escondida entre la vegetación, una vecina salió rapidamente de su vivienda para mostrarnos la entrada que buscábamos (amabilidad típicamente americana) mientras nos anunciaba que el dueño era un vecino muy tranquilo que no se molestaba por las visitas.

Según entramos, la fachada me causó una impresión mucho más grata de lo que esperaba: realmente tiene un aire de templo clásico. Saludamos al propietario, que estaba junto al coche, y le pedimos permiso para dar una vuelta a la casa y hacer fotos. No sólo accedió a ello sino que  nos invitó a pasar al salón y nos contó varias cosas de interés: que él vivía allí desde 1973 tras la muerte de la madre de Venturi, para quien fue hecha, pero que Venturi solía venir por la casa de vez en cuando porque le tenía  mucho cariño (fruto de una visita con Rem Koolhaas, nos enseñó una pintura del holandés que había en la pared). La casa es muy agradable, nos dijo, porque a lo largo del día la luz la baña de muy diversas maneras. Preocupado yo por si éramos legión los admiradores de la casa y estaríamos molestando, me pasó un libro de firmas y me tranquilicé al ver que los anteriores visitantes habían estado el 19 de julio. A modo de despedida nos señaló que a cuatro casas de la suya estaba la casa Esherick de Kahn, y para nuestra sorpresa se despidió yéndose a trabajar a la habitación del fondo (antiguo dormitorio) dejándonos sólos en el salón para que contempláramos la casa todo lo quisieramos.¡Santo cielo! pensé, ¡a veces las ridículas peregrinaciones también dan milagros!