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PUENTES A MÉXICO
por Juan Diez del Corral
y José Miguel León

JDC.- Mi interés arquitectónico y urbanístico por México tuvo su origen en el curso de doctorado que impartió Unzurrunzaga en el Colegio de Arquitectos de Logroño hace ya unos cuantos años. Tratábamos el tema de la desarticulación de las periferias, -ese magma amorfo y difuso de construcciones anodinas mediante el que se extienden las ciudades, como si éstas no fueran ya mas que volcanes en erupción-, y con entusiasmo ingenuo o juvenil, el catedrático vasco, que tenía proyectado por entonces un viaje a México, creía ver en las grandes ordenaciones de las ciudades religiosas prehispánicas un modelo idóneo para insertarlo en las desdichadas periferias, y darles de ese modo algún tipo de referencia física. Recuerdo la divertida gesticulación que hacía con sus gruesos brazos de aldeano proponiendo, -zas, zas-, que con una gran avenida como la de Teotihuacan y un par de espacios como el juego de pelota o la ciudadela, cualquier ciudad difusa podría devenir concreta e identificable.

Mi interés se acrecentó cuando mis viejos compañeros de Bilbao hicieron poco después un viaje de estudios con el departamento de Historia de la Escuela de Arquitectura de Bellaterra, y me dijeron que la herencia española, la obra de Barragán y los mencionados recintos arqueológicos aztecas, eran gran cosa de ver y que no me los podía perder.

Ya había empezado a acariciar la idea de organizar un viaje con el COAR, cuando la propuesta que me llegó de intercambiar casa con el arquitecto Juan Lanzagorta de Guadalajara, Jalisco, durante el verano del 2003, aceleró mis planes y cumplió mis expectativas. La presencia por entonces del etnógrafo logroñés Luis Vicente Elías en la ciudad de Guadalajara significó un importante punto de apoyo para investigar y entender la región.

Resultó que el arquitecto Jon Lanzagorta era un arquitecto inquieto, dinámico y con grandes deseos de aprender y establecer puentes entre su país y la patria de sus mayores, así que en su viaje a Logroño -y dado que yo me tenía que ir a Guadalajara- le presenté a José Miguel León, quien hizo para él de cicerone de nuestra ciudad, de nuestra arquitectura y de la actividad de nuestro colegio profesional.

Frutos de nuestro doble encuentro fueron, por un lado, el interés de la Universidad del ITESO en Guadalajara en publicar mi libro "Manual de la Crítica de la Arquitectura", y por otro, la invitación a llevar la exposición de La Arquitectura y el Comic para exponerla en Guadalajara en el verano del 2004. En torno a su inauguración José Miguel León viajó allí este pasado verano y pronunció tres conferencias distintas sobre la propia exposición, La organización colegial de los arquitectos en España, y Tres obras de Rafael Moneo en Logroño.

La superposición de estos dos viajes, con todas las fotografías y anotaciones que allí hicimos, las conferencias pronunciadas por Josemi en Guadalajara, y el deseo de los arquitectos e interlocutores de Guadalajara de que estos contactos den pie a un puente más o menos permanente de relación entre Guadalajara y Logroño que pueda ser aprovechado culturalmente en cuanto haya oportunidad, nos han movido a redactar una serie de comentarios a modo de diálogo escrito que sirvan de información y enganche para todos aquellos arquitectos riojanos (o lectores de elhAll) que pudieran interesarse en aquel gran país. Comentarios que, de algún modo, vienen a ser continuación de la animada charla que sostuvimos sobre ello en la Comisión de Cultura del mes de septiembre.

JML.- En mi caso, la querencia por México, proviene del viaje que hice en el año 1978, fruto de un curioso sorteo. Ese año se celebraba en Ciudad de México el XIII Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos, y la agencia de viajes que gestionó los desplazamientos y estancias de los arquitectos españoles regaló a cada Colegio de Arquitectos un viaje.

A diferencia de otros Colegios, el entonces Colegio de Arquitectos de Aragón y La Rioja decidió sortearlo entre todos los arquitectos que estuviesen colaborando en tareas colegiales sin recibir retribución por ello.

En aquellos momentos, yo era el Secretario de la Junta de la Delegación, y una mañana, mientras estaba visitando una obra, me llamaron desde Zaragoza para comunicarme que me había tocado un viaje a México. Noticia que, al desconocer las circunstancias anteriores, tomé en un principio por una broma con poca gracia, hasta que me convencieron que se trataba de una gracia y que no era broma.

Con este precedente, no será difícil imaginar mi agradable sorpresa, cuando el año pasado, veinticinco años después, y a raíz del interés de Juan Lanzagorta por llevar la exposición "Arquitectura y Cómic" a Guadalajara (México), recibo la invitación del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), una de las Universidades de Guadalajara, para asistir a la inauguración de la exposición y explicar su organización y contenido.

A ello contribuyó sin duda el acuerdo de la Junta de Gobierno del COAR cediendo la documentación informatizada para su reproducción en Guadalajara, así como la colaboración del Colegio de Profesionales de la Arquitectura y Desarrollo Urbano de Jalisco.

Pero Juan Lanzagorta, además de profesor en el ITESO, es Secretario del citado Colegio mexicano, y sobre todo un entusiasta militante de la  arquitectura en todos sus aspectos, por lo que me propuso, a la vista de lo que conoció sobre el COAR en su estancia en Logroño, preparase una "plática" sobre el funcionamiento y organización de los Colegios de Arquitectos en España para exponerla ante miembros de los tres Colegios de Arquitectos existentes en el Estado de Jalisco.

Y, seguramente confundido por la amistad y el recuerdo de lo mucho que los dos hablamos un fin de semana paseando por los Cameros, me pidió que preparase otra "plática" sobre algún aspecto de la arquitectura contemporánea en La Rioja.

Motivado más por la idea de explicar la transformación de la ciudad desde la arquitectura, que por referirme a ella como objetos autónomos, le sugerí la posibilidad de hablar sobre la obra de Rafael Moneo en nuestra ciudad bajo el título "Construir la ciudad: 3 proyectos-obras de R. Moneo en Logroño". Quizás, medio en broma, medio en serio, operó en mi subconsciente el deseo de ofrecerle otra interpretación de la que tú, Juan, ya le habías transmitido en directo y a través de tu libro.

Obviamente soy el menos indicado para hacer un comentario sobre cómo fueron las "pláticas". Pero, en cualquier caso, guardo el agradable recuerdo del eco y audiencia que suscitaron.

Porque hay que tener interés para acudir un viernes, o un lunes, o un martes de finales de Agosto, aunque allí la gente ya había vuelto al trabajo, a las sedes del Colegio de Arquitectos de Jalisco, del Colegio de Profesionales de la Arquitectura y Desarrollo Urbano, o a la Escuela de Artes, a escuchar a un arquitecto que viene de una ciudad española llamada Logroño y protagonizar animados coloquios con quien les hablaba, como arquitecto, de lo que nos es común y distinto a la vez.

Lo común y lo distinto, lo próximo y lo distante fueron, por otra parte, referencias constantes a lo largo de un viaje sobre el que Juan Diez del Corral. me propone "platicar" juntos.

JDC.- Como todo arquitecto viajero, yo estudio a fonodo los contenidos del viaje antes de salir. Pues bien, en el caso de México he de empezar diciendo que me costó mucho prepararlo. Hay países, geografías, ciudades o arquitecturas que, o bien porque las llevamos mucho tiempo estudiando, o bien porque están bastante acotadas, no ofrecen mayor problema en cuanto a documentación y referencias. Pero en el caso de México a mí todo se me hizo muy complicado y confuso porque es un territorio poco unitario y porque la conquista española, que parece cortar su historia en dos mitades absolutamente distintas, nunca ha sido un tema sobre el que nos hayamos ocupado con mayor interés, acaso por las versiones tan contradictorias y apasionadas que siempre hemos oído. 

Como en la mayor parte de los preparativos de viajes que hacemos en estos tiempos abusé de esas Guías turísticas que tanto proliferan en las librerías, cuyo estilo laudatorio consigue aplanar cualquier cosa que tocan: todo es fantástico, estupendo, inigualable o único en su género. Midiendo todo por el mismo rasero de su indudable interés turístico, a los pocos días de empezar a estudiar lo que hay que ver, se te produce un mareo monumental. 

Por suerte, tenía yo en casa un viejo y raro ejemplar de un libro de mi tío Luis Diez del Corral, titulado Del Viejo al Nuevo Mundo, editado por Revista de Occidente en el año 1963, que cuenta dos largos viajes que hizo en 1955 y 1956 por las Américas y el extremo Oriente; y aunque su prosa pulcra y algo decimonónica nunca me había atraído como lectura de entretiempo, confieso que esta vez me sentí verdaderamente fascinado por su estilo y por sus contenidos (¡cuán cierto es eso de que también cada libro tiene su momento apropiado!). No importaba que mi tío entrase directamente a México DF en avión procedente de La Habana porque inmediatamente pliega su texto al recorrido de Cortés entre Veracruz y México recordándonos de la mano del simpático cronista de la conquista Bernal Díaz del Castillo, algo que tanto allá como aquí parece habérsenos olvidado a todos y es que aquel país, y no otro del vastísimo territorio conquistado, fue llamado, desde la toma por Cortés hasta su independencia de la corona española, como Nueva España.

La panorámica que puede encontrarse en ese libro te centra a la perfección en ese significativo recorrido de Este a Oeste o del Atlántico al Pacífico, que desde Veracruz pasa junto al Gran Orizaba para recalar en Puebla, Cholula o Tlascala y cruzar el magnífico paso de Cortés entre los dos grandes volcanes Popocatepetl e Iztaccihualt en la ruta hacia la gran ciudad de Tenochtitlán (México DF), capital de los aztecas. La importancia significativa de esa ruta, me dejó una huella imborrable en ese mapa que hasta entonces me resultaba confuso. Ruta que se prolonga hasta Guadalajara y los territorios más occidentales (Nueva Galicia) de la mano de Nuño de Guzmán, uno de los personajes que le trajo de cabeza a Cortés, y a todo indígena también, por la mala fama con que aún se le recuerda. Curiosamente, ese tajo histórico, que no geográfico, fue para mí el mejor asidero para adentrarme en México. Y creo que si renuncié a la idea de bajar hasta Oaxaca en los límites con los territorios selváticos, o a subir hacia San Luis de Potosí o Zacatecas en los límites con los desiertos del norte fue por no salirme mucho de él en un primer recorrido.

Como en las animadas tertulias con la gente de México no pueden obviarse en ningún caso los temas de la conquista española, un amigo de Lanzagorta, el también arquitecto Rodolfo Rodríguez me regaló una extensa y detallada biografía de Hernán Cortés (cuyo autor es José Luis Martínez y su editorial el Fondo de Cultura Económica y la Universidad Autónoma de México) que devoré a la vuelta del viaje y con la que, también de la mano de las siguientes y alocadas expediciones de Cortés u otros aventureros y administradores, viajé con la imaginación a la Baja California o a los Mares del Sur y a todos y cada uno de los lugares significativos de ese gran país. Pero de esos lugares no puedo hablar más que por referencias.

JML.- Comprometido y encantado con acudir a Guadalajara a finales de Agosto, la idea de viaje que yo tenía era la de recorrer una parte del "espinazo" de México, desde Oaxaca a Guadalajara pasando por Puebla, Cholula, Tlaxcala, Ciudad de México, Taxco, Pátzcuaro y Zacatecas. Un itinerario que no pretendía seguir la historia o una historia, pero sí encontrarnosla, mezclada y superpuesta, como corresponde al acontecer histórico. Que  enlazase el recuerdo de diversas culturas prehispánicas con la nueva organización del territorio a partir de la colonización. Que  cruzase literalmente, como así sucede en realidad, los restos de los antiguos asentamientos aztecas, toltecas o tarascos con las ciudades virreinales. Ciudades de planta regular, levantadas sobre los restos de las que ya existieron o que fueron planificadas ex novo, ciudades en laderas de fuertes pendientes construídas al servicio de las explotaciones mineras.

Ciudades que,  en algunos casos, se han convertido en las grandes metrópolis de los asentamientos de aluvión migratorio.

Pero también, un itinerario por el paisaje del altiplano, con los volcanes siempre presentes, no en vano seguiríamos de cerca la Sierra Volcánica Tranversal, desde el Orizaba al Parícutin.

JDC.- En cuanto arquitectura, todo lo que miré por mi parte antes del viaje fue ese pesado compendio de toda Latinoamérica escrito por Manuel Gutierrez, editorial Cátedra, que también usé para el viaje a Cuba, y que va constantemente saltando de país en país y de época en época, dejándote siempre con las ganas de una visión más sintética y crítica. Lo que me supo mal fue venirme de México sin traerme el espléndido libro sobre arquitectura del siglo XX que descubrí en casa de Lanzagorta y cuyo autor o coordinador es Fernando González Cortazar. Lo busqué en un montón de librerías, desde la del colegio de arquitectos de México hasta en las librerías de viejo en Guadalajara, pero me vine sin él.

Bueno, y ya que he llegado a la arquitectura vamos a quedarnos con ella si te parece intercambiando comentarios sobre esos lugares tan significativos que México nos ofrece. Por ejemplo, Teotihuacan.

JML.- No sé que me volvió a sorprender más en Teotihuacan, lugar en el que ya había estado en mi primer viaje, si el espacio urbano que constituye la gran calzada, bordeada de edificios cívicos-religiosos y su recorrido secuencial, con los cambios de perspectivas motivados por el tratamiento de los desniveles, plataformas, etc. o el imaginarme lo que debió ser esta ciudad que albergó a más de 100.000 habitantes en sus momentos de esplendor.

A la vista del plano de lo que se conoce de la ciudad, fruto del estudio de los restos arquitectónicos y de las excavaciones realizadas, se percibía la densa ordenación en retícula, de lo que allí veíamos tapizado por la hierba, pero sobretodo uno comprendía la verdadera escala urbana de la Calzada de los Muertos, de las Pirámides o de la Ciudadela.

El paseo, un domingo por la mañana, recién abierto el recinto arqueológico, nos permitió sentirnos, durante un buen tiempo, privilegiados poseedores de un espacio perfectamente explicado en el significado de su nombre, Teotihuacán, "lugar donde nacieron los dioses".

JDC.- Efectivamente la mayor sorpresa del visitante arquitecto en Teotihuacan es encontrarse que esa gran avenida que ya había visto en las plantas y fotografías previas al viaje, no es un espacio continuo sino un espacio secuencial, fragmentado por bruscos desniveles. No son los Campos Eliseos aztecas, ni mucho menos. Más recuerdan a ese invariante castizo del que hablaba Chueca Goitia , y que llamaba "espacio fragmentado" o "diafragmado". Gracias a esas rupturas de nivel en la gran "avenida" logras escapar de la sensación de guiri que te invade entre los miles y miles de turistas que llegan allí diariamente, aunque yo también tengo una anécdota de mi visita y es que una espectacular tromba de agua lo dejó vacío a eso de las cuatro de la tarde y cuando volvimos a salir del refugio donde nos habíamos guarecido pudimos contemplar la gran pirámide en absoluta y completa soledad.

Otra cosa que sorprende es el sistema constructivo de las pirámides por capas crecientes, aunque eso donde mejor se ve es en las ruinas del Templo Mayor de Tenochtitlan (México DF), según el cual, una vez que la pirámide nace pequeña, ya está configurada y no se construye de abajo arriba, sino que simplemente crece orgánicamente.

JML. Otro edificio inolvidable del viaje a México es el Museo de Etnografía de Chapultepec. Diseñar un museo en el que se dispongan las piezas con acomodo, en el que su esquema organizativo te permita que cuando te sientas cansado, puedas sentarte al aire libre al lado de un estanque, o que su recorrido te permita elegir en cada momento un itinerario lineal o entrar y salir constantemente, fruto de una  personal selección, no debe ser nada fácil.

El Museo de Etnografía, obra de Pedro Ramírez, Jorge Campuzano y Rafael Mijares, es para mí el mejor ejemplo de la modernidad de los 50 que conozco en México. La claridad tipológica con la que se organiza para resolver las cuestiones anteriores y otras más (la casa-patio elevada al rango de museo) se conserva absolutamente fresca y contemporánea.

Sus juegos duales, espacio cubierto con el agua que cae por el centro de la gran marquesina que te recibe a la entrada del patio dialoga con espacio descubierto en el que una "alberca" contiene un jardín lacustre de reposadas aguas, el movimiento junto al reposo, el uso del espacio soleado y el control de la sombra, la composición de masas opacas y espacios diáfanos, el patio central y los jardines exteriores, etc. forman parte de una arquitectura, aparentemente sencilla, hecha de sutilezas.

¿Y el contenido?, ¿Qué debieron pensar aquellos aventureros, a los que llamaron conquistadores cuando vieron en Tenochtitlán, la ciudad de México prehispánica, la imponente figura azteca de la Coatlicue o en el Yucatán una elaborada máscara funeraria maya hecha de piezas de jade?.

JDC.- Pues yo creo que lo mismo que pensamos ahora cualquier occidental: que se habían metido un balde de mezcal, de peyote, o de cualquier otro brebaje alucinógeno ¿no? Hombre, luego te das cuenta que más allá de los brebajes hay diferencias obvias de mentalidad, pero ya sabes que si nuestra primera lectura es la racional, la de los conquistadores era la teológica y que para ellos toda aquella imaginería retorcida no podría ser otra cosa que el producto de la adoración a dioses falsos.

De todos modos los excesos de la imaginación (no sé muy bien si por el mezcal, el peyote, la coca, o..., ja ja por, la ausencia de una crítica rigurosa...) siguen siendo una constante en cierta arquitectura mexicana verdaderamente estrambótica. El "chalet" del presidente del PRI, ciertos edificios que te encuentras por las colinas de Chapultepec, o la arquitectura monumentalista de Zabludowsky, la verdad es que parecen estar aún en una onda bastante ajena a la mesura del racionalismo occidental. 

Aunque a veces, por supuesto, esa desinhibición creativa pueda ciertamente producir edificios tan originales y brillantes como el Museo Etnográfico de México o como algunos de la Ciudad Universitaria ¿no?

JML.- Hablar de la Ciudad Universitaria es hablar de la influencia del racionalismo en los planteamientos urbanísticos y arquitectónicos  en el México de los años 50, pero también del eco de la cultura prehispánica presente en el tratamiento de los espacios públicos y ceremoniales, y, cómo no, de aquella actitud, nacida de una didáctica artística revolucionaria, desarrollada por los grandes muralistas y que se concretó en la corriente de la "Integración Plástica".

La claridad y rotundidez de su arquitectura se manifiesta en la compensada articulación de los volúmenes de la Rectoría, en el sólido edificio mural de la Biblioteca, en la perspectiva, casi infinita, del edificio de Humanidades, un edificio de más de 300 m. de longitud con tres plantas acristaladas sobre pilotis, en el ritmo sinuoso y quebrado de la Facultad de Medicina u Odontología, que ya no sé cuál es cada qué, etc.

El conjunto se beneficia de la proximidad y distancia entre cada edificio, pero sobre todo del tratamiento del plano sobre el que, literalmente, descansan. Pavimentos, parterres, escalinatas, plataformas, estanques, zonas de hierba y arboladas parecen tener la misión, y desde luego la cumplen, de situar cada edificio en su sitio.

Podríamos hablar también del encuentro de ese espacio pavimentado con piedra volcánica con los taludes que dan la forma al Estadio Universitario, situado al otro lado de la Avenida Insurgentes.

O de los edificios del Centro Cultural de la C. U., que visitamos con uno de sus autores, Arcadio Artís, amigo de mi época de Barcelona. Además de lo sugerente de sus espacios interiores,  especialmente los de la Sala de Conciertos, su formalización en hormigón visto, con un denso acabado estriado, constituye un acertado contrapunto al frondoso entorno verde que ha crecido sobre un fondo de lava.

JDC.- Efectivamente, la Ciudad Universitaria es un crisol donde confluyen de modo consciente y brillante muchas de las fuentes de inspiración de la cultura universal con la local o de los tiempos prehistóricos con los históricos. Pero es una mezcla tensa y controlada por las ilusiones y esperanzas de unas décadas muy concretas (años 50 y 60) en las que México podía asomarse al escenario mundial de la cultura sin los complejos de país del tercer mundo que ahora le apesadumbran. Los fenómenos de invasión urbana o la metástasis de las grandes metrópolis han dejado aquello como un episodio tan singular que nunca más apropiadamente  se podrá hablar de "ciudad" universitaria como si de un recinto o "ciudad aislada" se tratase.

JML.- Mi hija Aurora y yo teníamos comprometido nuestro rito de peregrinación a la obra de Barragán, bueno, ella más que yo. Lo complicado que resultaba llegar a algunas de ellas, dado lo lejos que se encontraban, y las lamentables actuaciones que se han realizado sobre otras nos obligaron a contentarnos con lo que hubo, que no fue poco. Algunos edificios de la etapa racionalista, la casa-estudio Barragán y la casa Gilardi en Ciudad de México, y varias otras casas unifamiliares, una iglesia y lo que queda de un parque de su primera época, en Guadalajara. Lástima que por poco no vimos la Capilla de las Capuchinas en el barrio de Tlalpan en C. de M.

Debo decir que por mucho que, a través de las imágenes de diversas publicaciones y exposiciones, creía conocer dos de sus casas más emblemáticas, en su visita me llevé una muy grata sorpresa. Y nada más lejos de mi actitud que "sacralizar" la figura de Don Luis Barragan, empeño en el que creo, erróneamente, están fundaciones y escuelas.

En su casa-estudio de Tacubaya, el espacio te envuelve, te hace girar por el estar, esa magnífica pieza en la que un paño acristalado, dividido en cruz por una fina carpintería, prolonga y contiene a la vez el espacio hacia el patio, te desplaza a la zona de estudio y lectura, te hace ascender por la conocida escalera de tablones de madera volados, atravesar distribuidores y habitaciones, y subir a la azotea, en la que Barragán dispuso, junto con sus expresivos muros de colores, del mejor techo posible, un fragmento de cielo.

En la casa Gilardi, aquella imagen fija de la piscina interior con un muro de color rojo sosteniendo el techo para que entre la luz cenital, se nos transformó en "una promenade architectural" usando las palabras de Le Corbusier. El amplio pasillo amarillo iluminado por una celosía lateral de machones verticales da paso a la sala-comedor, en la que el pavimento pétreo, dispuesto en su primera mitad, se convierte en un plano de agua en el resto, y la luz cenital sobre la "alberca", que da vida al espacio con sus  brillantes reflejos, juega, sin competir, con la que entra desde el sereno patio situado a espaldas de la sala. A través suyo el espacio interior se disuelve entre los límites de sus muros y la presencia florida de una jacaranda.

Quizás lo más sorprendente y emocionante de la visita a ambos edificios fue percibir, por encima de lo sugerente del empleo de vivos  colores en los muros, el espacio en toda su pureza.

Unos edificios, por otra parte, que fruto de su organización tipológica tienen una relación, especialmente el primero, casi hermética con la calle. Aspecto duro de aceptar para quienes creemos que la calle es un espacio social por definición y sus protagonistas son en gran medida los edificios y la vida que ellos transparentan. Quiero entender este planteamiento como parte de esa constante y extrema dualidad que hemos encontrado en México. El espacio de reposo y de intimidad en las casas de Barragán es el reverso de la sensación de densidad, efervescencia, tensión que se respira en tantas calles y plazas de la ciudad.

JDC.- Como sabes que en este asunto mi lectura es mucho más dura y radical, prefiero dejarlo para el final, y que sigamos de momento con otras cosas.

JML.- Sé que no podemos hablar de toda la arquitectura de México D.F., y los edificios en los que nos hemos detenido trascienden su papel arquitectónico para convertirse en referencias de determinados momentos sociales y culturales. Pero ello lo hacen sobre un magnífico fondo de arquitectura art déco, racionalista, estilo internacional, de inspiración tradicional o prehispánica, etc., que forman parte, a veces, de barrios con una gran calidad urbana, como las Colonias Roma, Condesa, Hipódromo..., aunque a veces no se encuentren en su mejor momento por su abandono o transformaciones.

Y todo ello sin haber mencionado ni un solo ejemplo de la arquitectura civil correspondiente al virreinato, ni de conventos e iglesias, en los que el barroco triunfó con todo el esplendor mexicano, ni comentar lo determinante de la construcción y disposición de alguno de ellos en la organización de la ciudad.

Por otro lado el habernos movido en un sector del tejido urbano de Ciudad de México con incursiones periféricas, y eso significaba distancias kilométricas y horas de desplazamientos, nos propició una mayor cercanía con la arquitectura realizada hasta los 80, aunque al lado de La Alameda la "reforma urbana" empujaba fuerte para crear otra zona de oficinas.

Sin tener una mirada excluyente, no me atraía especialmente lo que conocía, a través de diversas publicaciones, sobre esa arquitectura ¿contemporánea? abundante en gestos exagerados. Sí vimos, de pasada, alguna obra de Enrique Norten (Televisa), y nos quedamos con ganas de haber visitado el Hotel Camino Real, una obra relativamente temprana de Ricardo Legorreta, y seguramente de habernos alojado en él, pero ni el tiempo ni el presupuesto daban para tanto.

JDC.- Vamos con Guadalajara.

JML.- Días después de volver de México, recordé haber visto alguna imagen de la ciudad de Guadalajara en el libro "Diseño de la ciudad" de L. Benévolo. Efectivamente, en el tomo 4, encontré una reproducción del plano de la ciudad en 1850 y una vista aérea de la misma sin fecha, pero que me atrevería a situar a prncipios del siglo XX.

Ambas imágenes me devolvieron al paseo que realizamos por su Casco Antiguo y especialmente a las dos operaciones urbanísticas más significativas realizadas en su zona central, la creación de las "4 plazas" en torno a la Catedral, y la apertura del corredor "Paseo Degollado" y de la "Plaza Zapatía", continuando una de aquellas, desde  el Teatro Degollado hasta el Instituto Cultural Cabañas.

La primera, realizada en la década de los 50, se apoyó en la existencia de dos plazas, una frontal a la Catedral y a la que da el Ayuntamiento y otra al Sur, en diagonal en torno a la Catedral, para abrir otras dos, una al norte, a la que da el Museo Regional, y otra a espaldas del templo, hasta la fachada del Teatro Degollado. Si bien la idea en abstracto plantea una atractiva relación geométrica en damero entre espacios libres y edificios arquitectónica y socialmente significativos, la escala de la última plaza resulta excesiva y el vacío o sus bordes edificados no son capaces de ligar los dos edificios principales,  Catedral y Teatro.

Pero es la segunda de las operaciones, la de apertura de un gran espacio longitudinal a modo de corredor comercial, la que supone a mi juicio un error de planteamiento y de escala respecto a la configuración y uso de la ciudad. La intervención hizo desaparecer toda una franja de manzanas para sustituirlas por un desangelado espacio enmarcado a ambos lados por dos líneas de edificios que dan la sensación de ser más escenográficos que reales y cuya misión parece  ser la de "tapar" los frentes de las manzanas que quedaron al descubierto. A su uso "comercial" y administrativo, así como a la presencia de los habituales "centros comerciales" parece ser se confiaba el generar vida urbana.

Paradójicamente, después de pasear por este extraño lugar, nos acercamos a ver el Mercado Libertad, situado en sus inmediaciones, con la agradable  sorpresa  de encontrarnos, como ya habíamos constatado en otros lugares, con una vibrante ciudad dentro de la ciudad. La presencia de la gente contrastaba tanto con la escasa afluencia de compradores en la zona que habíamos dejado como lo colorista y abigarrado de sus puestos lo hacía con el frío orden de los centros comerciales.

Quizás, al margen del interés arquitectónico del mismo, su enorme tamaño y su situación cercana a la densa Calzada Independencia y a espaldas de un Centro Comercial, plantean toda una serie de problemas de relación con su entorno que contribuyen a dar una cierta sensación de zona desestructurada.

He dejado para el final de este paseo crítico desde el recuerdo una referencia al Instituto Cultural Cabañas, situado al fondo de la Plaza Tapatía, resiste con dignidad los embates y secuelas de esta intervención gracias a la claridad y elegancia de su arquitectura neoclásica, y en su interior los magníficos y dramáticos murales de Orozco pintados sobre los muros y bóvedas de la Capilla Mayor son el contrapunto del silencio que uno percibe recorriendo sus numerosos y hermosos patios.

Una vez más todo se mueve entre dos extremos.

JDC.- A propósito de ese impresionante edificio que es el Hospicio Cabañas de Guadalajara donde se colgó la exposición de la Arquitectura y el Comic, y donde tu, Josemi, te sentirías como en tu salsa después de todos años que te has pasado con la Bene de Logroño en tu mesa de trabajo, me gustaría recordar un párrafo del libro de mi tío en el que compara la impresionante herencia arquitectónica que dejó la corona española  en México con los pocos y modestísimos edificios de ladrillo que dejó el colonialismo inglés en Norteamérica antes de la independencia. Desde las grandes catedrales del siglo XVI en Puebla, México o Guadalajara cuya arquitectura está en absoluta continuidad con las de Herrera en Valladolid, Diego de Siloé en Granada y Andrés de Vandelvira en Jaén, hasta los grandes edificios neoclásicos previos a la independencia como el Palacio de la Minería en México DF o el Hospicio Cabañas en Guadalajara, pasando por las espléndidas iglesias y palacios de Virreyes o Gobernadores, lo cierto es que la comparación entre una y otra actividad colonizadora ofrece un resultado que, en términos deportivos, se podría decir que escandaloso. La razón es bastante profunda porque mientras los alemanes, holandeses o ingleses que desembarcaban en Norteamérica eran colonos, los españoles eran, sin embargo, conquistadores de toda una civilización y una cultura, cuyas construcciones, aunque de factura protohistórica, eran de una tamaño colosal.

Desde la visión coleccionista que surgió en el mismo siglo de las independencias no ha parado de criticarse que las catedrales se hicieran arrasando los templos primitivos, pero eso es como poner la categoría de la Historia a la altura de los Dioses por los que luchaban los conquistadores. Mi tío cuenta muy bien que los españoles desdeñaron las tierras de Norteamérica en expediciones anteriores a las inglesas porque allí no había mezquitas que arrasar para poner en su lugar a su Dios verdadero, pues la conquista de América no fue otra cosa que la consecuencia de una mentalidad forjada en los ocho siglos precedentes de reconquista al musulmán del suelo hispano.

El salto desde unas grandes civilizaciones protohistóricas con ritos que incluían sacrificios humanos y tecnologías desconocedoras de la rueda, a una civilización occidental que ya había salido de la Edad Media y se adentraba en la modernidad tras la eclosión renacentista, a veces da la sensación, estando México, que aún no ha sido asimilado del todo.

Y nuevamente, si se compara el legado arquitectónico dejado por la conquista española con la arquitectura provinciana de inspiración francesa del siglo XIX, el resultado  también nos es "escandalosamente" favorable. Por no hablar de lo que vino en el siglo XX: esa inspiración americana de "descomposición" y suburbanización que en Guadalajara llega a afectar hasta el mismo corazón de la ciudad.

Así que no deja de ser significativo que el puente que hemos tendido este verano con aquellas tierras se haya apoyado justamente en el pilón del Hospicio Cabañas.

JML.- Con menos información sobre la arquitectura y el desarrollo urbano de Guadalajara que de Ciudad de México, la guía sobre la obra de Barragán, nacido en aquella ciudad y en la que desarrolló la primera etapa de su trabajo, y el libro de nuestro común amigo Juan Lanzagorta sobre el arquitecto Rafael Urzúa, me permitieron conocer una parte de la ciudad de gran calidad arquitectónica y urbana.

Sobre la base de los "fraccionamientos", en el Sector Juárez se desarrolló a partir de los años 20 una serie de urbanizaciones de viviendas unifamiliares aisladas o con edificios alineados de baja altura, en las que se encuentran un buen número de interesantes edificios construidos a lo largo de la primera mitad del siglo XX e incluso avanzados los 60. En ellos se ven reflejadas las corrientes arquitectónicas de aquellas décadas, eclecticismo neocolonial, art-déco, racionalismo, estilo internacional y especialmente atractiva aquella tendencia, que tuvo su expresión local entre los años 20 y 40,  llamada "escuela zapatía" y cuya obra suponía una reinterpretación de la arquitectura regionalista desde una actitud moderna.

Las casas González Luna y Cristo, ambas obras de Barragán edificadas hacia 1929, constituyen un temprano y bello ejercicio de articulación de los espacios interiores, que se prolonga en los patios y jardines exteriores, y a cuyo servicio  pone la  sobria utilización de un repertorio formal proveniente de la arquitectura colonial-regionalista, porches con arcos de medio punto, pequeños templetes con fuentes y estanques, cubiertas planas o rematadas con bolas y pináculos, carpinterías de vivos colores, etc.

Debo decir que tuve el privilegio, no sólo de visitarlas sino también de coincidir en ellas con nuestros colegas de Guadalajara en dos ocasiones, ya que la casa G. Luna es propiedad y sede del ITESO y la casa Cristo es la sede del Colegio de Arquitectos del Estado de Jalisco, y en ambas desarrollé sendas conferencias.

En su publicación sobre Rafael Urzúa, Juan Lanzagorta  plantea la tesis de que la autoría intelectual de la primera "... pertenece, en forma compartida a Barragán y Urzúa...". Es perfectamente creible, tanto porque el segundo colaboró en el estudio del primero, como por la continuidad de planteamientos en otras obras de Urzúa.

De éste último es la espléndida casa Luis Farah (1936), que coincide con las anteriores en planteamientos y soluciones formales, así como otras muchas distribuidas por las calles de esta zona.

Junto a estos edificios y otros de similares características encontramos obras de los mismos arquitectos, en las que ya se ha producido el cambio al lenguaje racionalista, las casas de las calles Rayón y Marcos Castellanos (1934) de Luis Barragán, pequeño grupo de 5 viviendas unifamiliares entre medianerías o la casa  para Rogelio Rubio (1935), con una expresiva y rotunda solución en esquina, que redondea en planta baja y remate de cubierta mientras la planta primera se retrasa ortogonalmente.

El sector residencial Juárez, o por lo menos el ámbito por el que nos movimos, mantiene en estos momentos un difícil y a la vez atractivo equilibrio entre el habitual proceso de densificación, con la sustitución de muchas de las villas originales por nuevos edificios de mayor tamaño, algunos reflejo de un buen hacer arquitectónico, y la sensación de un cierto abandono melancólico que se respira por sus calles.

JDL.- El capítulo Barragán constituye para todo arquitecto uno de los puntos básicos del viaje a México. Los orígenes en Guadalajara en esas primeras décadas de búsqueda de estilo; el cambio de residencia a México DF montado ya en la ola del estilo internacional; y por último, la etapa de una arquitectura madura en la que afloran el color y ciertos patrones esenciales de la arquitectura vernácula, serían los epígrafes sobre los que se organizaría la visita.

Pero dentro de todo ese capítulo, y como tu bien has dicho, su casa en Tacubaya ha sido convertida poco menos que en un santuario de fervor religioso al más puro estilo mexicano aunque, por supuesto, con una estética diametralmente opuesta a la guadalupeña. Vitra ha comprado la exclusiva de las imágenes y el peregrino arquitecto, como el musulmán con sus zapatos a la puerta de la mezquita, se ve obligado a dejar la cámara en la oficina de la entrada. El recorrido por los espacios sencillos pero laberínticos del interior con todo tipo de sorpresas en las proporciones, descubriendo la realidad de las imágenes mil veces publicadas en libros y revistas, al son de la letanía que el joven miembro de la orden barraganiana va prodigando en cada estancia, es toda una experiencia tan religiosa de la arquitectura que, como ya te he contado, estuvo a punto de crispar mis nervios. Por eso que, para desahogarme, la emprendí con el exterior, y dentro de un largo artículo sobre la degradación urbana que acaba de aparecer publicado en el número 62 de la revista Archipiélago redacté unas líneas que me parece oportuno traer a esta conversación:

"Para acabar este sucinto repaso de deterioro urbano, quisiera mencionar a modo de ejemplo significativo, la contribución a la miseria de las calles de un arquitecto mundialmente admirado por su "arquitectura": el mexicano Luis Barragán.

En el año 2003 tuve la oportunidad de visitar tres ciudades mejicanas, Puebla, Guadalajara y México DF, siguiendo la pista de la "herencia urbanística española". Mientras que en el centro de Puebla y en buena parte de su casco urbano, la calle sigue siendo el espacio de representación social al que se asoma la arquitectura, es decir, mientras que Puebla aún posee un rico legado español, Guadalajara se muestra actualmente como una ciudad fea y hostil, en la que las casas han desaparecido de las calles, no sólo en su inmensa conurbación, sino incluso en su muy deteriorado centro. La diferencia entre uno y otro modelo de ciudad es del todo evidente, pero la historiografía urbana no parece haber detectado los puntos significativos de inflexión entre uno y otro.

Al visitar la famosísima casa del arquitecto Luis Barragán en el barrio de Tacubaya en México DF creí encontrar por lo menos uno de esos puntos. En un barrio sencillo de casitas de dos o tres plantas, en el que la vida podría aún tener el calor y el color de un mundo ordenado por casas y calles, el venerado artista mexicano se construyó una casa del tamaño de un  palacio cuya fachada bien podría pasar por la de un suburbano pabellón industrial. Nadie que yo sepa ha criticado con la dureza que se merece tamaña orientación arquitectónica.

Así que el infradiseño de las calles no es cosa sólo de ingenieros. Sino también de los más consagrados arquitectos".

Ya sé que la gente no está acostumbrada a entender que la crítica sea también un puente entre los hombres y sus culturas pero con todo lo que yo suelto y con toda vuestra paciencia en leerme, tu y los compañeros del Colegio de La Rioja ya empezáis a aceptarlo y hasta a haceros a la idea de que así es. De todos modos y para los que prefieran otro tipo de estructura en estos puentes culturales que tratamos de tender entre España y México (país que a mí me empieza a gustar llamar otra vez Nueva España, o acaso mejor, Vieja España), y más concretamente entre Logroño y Guadalajara, te dejo a ti las últimas palabras.   JML. Durante la semana que estuve en Guadalajara disfruté de la hospitalidad y aprecio de quienes organizaron las charlas que dieron origen a este viaje, y de quienes asistieron a ellas. Y cómo no, después de las "pláticas" seguíamos charlando de más de lo mismo, en torno a una comida, o con un "tequilita" en la mano, y de forma recurrente, acababan planteándome su interés por el desarrollo de ciudades como Logroño o próximas a ella, en parte, quizás porque muchos de ellos tenían alguna relación familiar con las tierras del norte de España.

Como si creyesen que yo sabía de todo un poco me preguntaban sobre las intervenciones en los Cascos Antiguos, sobre la relación de tal o cual ciudad con el río, o la ría, o el mar, o sobre el papel de los nuevos edificios "generadores de atracción social", etc. Por mi parte, yo les planteaba  mi sorpresa por el fenómeno de los "asentamientos irregulares", extensas ocupaciones de suelo ¿urbano? por la emigración rural, y el interés por conocer cómo se trabajaba con ese problema social y urbano, o cómo estaba afectando al desarrollo y configuración de las ciudades mexicanas el modelo del vecino americano, "tan peligrosamente próximo", en palabras de ellos.

Esta especie de preocupación cruzada, en el sentido geométrico de la palabra, por la ciudad  nos llevó a Juan Lanzagorta y a mí a plantearnos un plazo de reflexión y elaboración para proponernos y proponer a nuestros respectivos Colegios e Instituciones, y a otros que por su proximidad e interés de lo que en sus ciudades se está desarrollando, un proyecto de encuentro sobre la Ciudad y la Arquitectura, donde pudieran tener cabida temas como los citados, que conocidos por unos tienen interés para los otros y viceversa, porque si algo constatamos una vez más, es que por mucho que nuestra época sea la de la comunicación digital, lo que realmente queremos es la proximidad entre quienes explican sus experiencias o apreciaciones y quienes las reciben, propiciando el diálogo real y conociendo in situ de lo que se habla.