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LA LECCIÓN DE LA INGENIERÍA
por
Juan Diez del Corral

Desde la criminal destrucción de las torres gemelas de Nueva York, montañas de páginas de periódicos nos llevan informando acerca de las desdichadas polémicas sobre su reconstrucción: encuestas a personajes sobre qué cree Vd que se debería hacer (que han llegado hasta formularse en nuestro periódico local y entre nuestros compañeros arquitectos), proyectos virtuales, concursos abiertos o concursos de estrellas donde, ¡que maravilla!, teníamos una representación española -sobre la que también se escribió con sorna en este mismo hall (véase eh66 pag 3 "Con o sin" por Pepe Garrido); noticias de portada con la resolución del concurso a favor del galáctico D. Libeskind, y nuevas y numerosas páginas sobre la posterior ensalada de proyectos en que deriva el asunto, con invitaciones a otras estrellas del firmamento arquitectónico, amén de los gelatinosos comentarios del inefable Galiano en el Pis. Puestas una encima de otras, las páginas de periódicos publicadas sobre tan lúgubre asunto ya alcanzarían cuando menos la altura de las pobres torres.

Pues bien, con el peso virtual de todas esas páginas sobre mi cabeza y con la poco halagüeña noticia de que por debajo de las quebradas torres de Libeskind, Calatrava había sido elegido como arquitecto para poner sus habituales huesos u olas de hormigón en la estación de ferrocarril que había debajo de ellas, visité el pasado verano tan sagrado lugar.

Entendámonos, yo suelo llamar sagrados a los lugares que hombres valientes, ingenuos o inocentes y de un modo no criminal, han regado ampliamente con su sangre, como por ejemplo, un campo de batalla. Cierto que la zona cero es el escenario de un crimen horrendo que no tiene nada que ver con un campo de batalla, pero de eso no son culpables los casi dos mil muertos que allí cayeron (por no hablar de los policías y  bomberos que murieron por acudir en su ayuda) y es verdad que ha dado lugar con ello a una posterior y desconcertante guerra global que nadie entiende (aunque de la que muchos se aprovechan),  pero que constituye ya una parte importante de nuestras vidas.

Bueno pues en ese lugar sagrado, pensé mientras me acercaba, la arquitectura del periodismo y del espectáculo va a hacer también de las suyas. Me acordé, como no, de la solemnidad de los monumentos de Lutyens que había visitado tres años atrás en los campos de tumbas de la Primera Guerra Mundial junto al triste río Somme al norte de Francia, y me dije que la arquitectura de mi tiempo era completamente incapaz de dar significado a un lugar así. En efecto, me encontré que el único "monumento" por así decirlo, era una maltrecha cruz compuesta con los hierros retorcidos de los restos de algún pilar de un edificio caído, y que la grandeza del lugar era transmitida solamente por el enorme hueco de media docena pisos que quedaba abierto por debajo del nivel de la calle.

Pero hete aquí que cuando la "arquitectura" no sabe dar respuesta a las grandes preguntas que la historia plantea, aparece una vez más la dichosa "ingeniería" dándonos una soberbia lección, o por decirlo con palabras más duras, propinándonos a los arquitectos un sonoro sopapo de esos que nos merecemos por tontos e incapaces. Puesto que debajo de las torres había una gran estación de trenes y metro que alimentaba no sólo al desaparecido World Trade Center sino a toda la zona de Wall Street, los ingenieros habían sido llamados a ponerla en funcionamiento con eficacia y rapidez; de modo que lo único que podía verse desde los bordes del mencionado gran agujero eran los techos de la susodicha estación. 

Bajé a verla por curiosidad y como le debió pasar a Mendelsohn cuando vio los silos de trigo de Buffalo, o a Le Corbusier cuando los reprodujo junto a los barcos, aviones y coches de los años veinte en Vers une Architecture, me quedé emocionado de su sencillez y elegancia. El orden sereno de los pilares metálicos vistos (que hubiera soñado Mies), el tejido preciso de las madejas de instalaciones sobre el techo, la correcta iluminación con esas lámparas que han hecho furor en todas las grandes tiendas de la zona comercial de Broadway, la seriedad del color gris claro que lo invadía todo, el suelo continuo de hormigón, perfectamente acabado y limpio como una patena, o cada uno de los rótulos, barandillas, cancelas, máquinas de billetería etc, daban al lugar una solemnidad (una verdad) de la que es incapaz el noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de los arquitectos del mundo.

Hice pocas fotos porque la gran arquitectura nunca queda bien en las fotos, y además porque cuando te emocionas no estás para la habitual frivolidad de la fotografía. Aunque supongo que si cedí a la debilidad de hacer alguna foto debió ser porque en algún momento me acordé de que esa espléndida obra de la ingeniería (que yo llamaría con gusto, de la mejor arquitectura) iba a desaparecer pronto por Arte y desgracia de uno de nuestros grandes arquitectos (¡y encima español!) del periodismo, del boato hortera del poder en las democracias postmodernas y, ¡ay!, de las revistas de arquitectura.