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ACÚSTICA POR FAVOR
por
Luis Wassman

Los hermanos Krier soñaban mañanitas de domingo. Y las certificaban con su avioneta, siempre vigilante. La arquitectura de la ciudad dibujaba ágoras, centros culturales y plazas. Y la gente leía el periódico al sol en esas mañanitas. Pero no nos dibujaban el ruido del tranvía a su paso ni el llanto desesperado y desesperante del niño pelmazo ni mucho menos, claro, nos describían el ruido de la maldita avioneta sobrevolando esos espacios de paz. Porque la arquitectura se dibuja en silencio se imagina en silencio. Y eso es un error de la arquitectura.

No es unívoca, no, mi relación con la arquitectura. Lo es claramente ambivalente, yo diría. Porque como si de una bella mujer se tratase, mis tratos con ella son de costumbre escabrosos. Porque, quizá, sí, la arquitectura es una bella mujer. La arquitectura nos fascina por su gracia, nos enamora por su inteligencia, nos apasiona por su belleza. Pero también nos desespera cuando nos despista, sin saber. O cuando nos ofende en sus disfunciones, sin querer. Y ese es el origen y la naturaleza de mis tratos con esta bella dama. Y ese es, claro, el origen de estas líneas.

Arquitecto de carrera pero no de profesión después de muchos años, mis mejores fotos aún a ella van dedicados, mis mejores amigos aún a ella dedican sus afanes y maestría y también, ¡ay! sobre ella y con ellos mantengo mis mayores broncas dialécticas. Aún. Todo ello bastante convulso, revuelto. Como no podía ser de otra manera en presencia de esta dama, tan dama.

En una derivación profesional inesperada que no interesa ni cuyo origen es el caso contar, me gano los cuartos en el mundo de la electroacústica. Estoy junto a los arquitectos y para ellos trabajo, invadiendo de frecuencias de veinte a veinte mil ciclos sus edificios y llenando de imágenes proyectadas sus espacios, cuando, una vez el público sentado y en silencio, quedan oscuros y a la expectativa. También los edificios quedan a la expectativa, ¿no? También los edificios tienen alma, ¿no? Pero, ¿Tienen también los edificios, dibujados en silencio, miedo al sonido que en ellos se puede desarrollar?

Así que lo que normalmente les pido a los arquitectos es un volumen para sonorizar y una superficie blanca para proyectar. Allí me desenvuelvo. Y aquí es dónde la acústica (o su ausencia), empiezan a decir aquí estoy yo. Porque en aquel magno auditorio (palabra cuya etimología es lugar para oír), o en aquella pequeña y modesta casa de cultura del pueblito de la esquina, o en cualquier espacio arquitectónico pensado para que muchos se reúnan y otros, generalmente menos, les cuenten cosas con palabras, allí, ¡oh desesperación!, no se entiende lo que los pocos les quieren contar a los muchos.

Y en ese momento, no antes, el facultativo, tan satisfecho de sus volúmenes, texturas, lenguajes y funciones, suele, por elevación, (es decir, en las nubes) y tras un ligero carraspeo, insistir en lo bonito que ha quedado el tono de la fachada, en la magnífica relación de su edificio con la ciudad y saca su cámara digital y envía fotos (mudas, claro) a todas las revistas con el ánimo de lo obvio. Pero los que quedaron sentados se preguntan unos a otros, ¿qué ha dicho el tipo del micrófono?

Si en su proyecto el arquitecto no se ha planteado que el auditorio que fabrica es un lugar para oír, muy probablemente tendrá que insistir mucho, el día de la inauguración y ante las siempre ignorantes autoridades, en que el edificio es bello. Y poco más. Porque cuando el ignorante más importante intente declarar inaugurado el auditorio, nadie se enterará de lo que ha dicho. Suele ocurrir en ese momento, que el ignorante segundo o el tercero dicen: ¡que cambien los micrófonos, que suenan muy mal!

Pero la realidad ha sido muy otra. La realidad es que la "D" de "declaro inaugurado el auditorio" se habrá reverberado tantas veces en las múltiples e inadecuadas (aunque quizá, eso sí, muy bellas) superficies reflectantes y así con la "e" (¡ah!, estas vocales tan rebeldes) que le sigue y no digamos cuando se le junten y se oigan a la vez, juguetonas, todas las letras que vienen detrás en barullo y sean reverberadas a su vez. Nadie sabrá si alguien ha dicho algo, si aquello es un auditorio, si la autoridad es la verdadera o un sosia o si el pobre técnico de sonido que maneja los micrófonos se ha suicidado ya o le faltan algunos segundos.

Porque esos ciclos, de veinte a veinte mil, que corretean por las imaginadas calidades (imaginadas en silencio, ya digo) se llevan a veces muy mal con éstas y lo que deberían hacer esta conflictiva "D" y sus vecinas es quedarse quietas en las paredes, el techo y el suelo. A eso se llama tratamiento acústico.

La electroacústica funciona bien en un ámbito acústico debidamente tratado y estudiado previamente, pero como si fuera una carretera de una sola dirección sólo puede corregir errores en un sentido, no en el otro. La electroacústica puede hacer más brillante una sala (hacer como que aumenta el tiempo de reverberación), pero nunca hacer como que lo acorta. Así que no es este un "problema de micrófonos". Es algo bastante más serio.

Problema que se soluciona en el tablero, al momento de proyectar e imaginando a las frecuencias haciendo de las suyas, cuando se ha recibido el encargo (y se ha comentado con los amigos y los compañeros, invadiéndonos la satisfacción por ello) de un "auditorio". Que es un lugar que debería estar proyectado y construido, con sabiduría y cariño, para oír. Que es un lugar decididamente susceptible de ser rellenado de bellos sonidos y palabras gracias a músicos, directores de teatro o cine, cómicos y demás ejercientes de alguna de las otras bellas artes, que hasta siete hay.

Y eso es lo que provoca esas relaciones borrascosas, esas discusiones acaloradas, eso es lo que me desespera de esta dama. Que a veces, cuando habla, no hay quien la entienda.