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CONSUEGRADO
por
Juan Diez del Corral

Consuegra es un arquitecto consagrado. No hay más que leer las alabanzas de Vicente Verdú en el artículo que abre el catálogo de la exposición que ha ofrecido en septiembre  el COAR o el exaltado panegírico que le dedica un tal Javier García-Solera (parece que arquitecto) en el artículo que lo cierra, para darse cuenta de que estamos ante un santo de la arquitectura contemporánea española. Por no hablar del brillante currículum vitae que se incluye en el mismo. Así lo debieron de entender los jóvenes arquitectos de nuestro colegio que casi llenaron su habitualmente semivacía sala de conferencias cuando el pasado 16 de septiembre el consuagrado bajó de los cielos del papel couché -y de sus letanías laudatorias- y vino a Logroño a contarnos sus milagros.

Confieso que es un espectáculo que me apasiona, uno de los mejores espectáculos que se puede contemplar en provincias: ver a los santos venderse a sí mismos como mercancías teológicas por las salas de pueblo. El impudor en aceptar la publicidad que le dan las exposiciones, artículos y presentaciones, resulta conmovedor; y el silencio del respetable ante la endeblez de sus discursos tiene más morbo que cualquier programa de la tele. Guardaba yo en el recuerdo la presencia primaveral en nuestra Escuela de Arte de esa viejecita llamada Bernardo Atxaga como el mejor espectáculo de este género en el presente año, hasta que el solemne discurso sobre el lugar, la arquitectura de cuerpo y mestizaje (?) de Vázquez Consuegra me ha puesto en duda sobre el number one de la temporada.

Lo peor de todo es que llevé a mi hija al espectáculo sin darme cuenta de que los jóvenes necesitan santos y referencias. La pobre se aburrió como una ostra ante lo vacío del discurso y salió hecha un lío entre la pose del artista y el descreimiento de su padre. Me sentí verdaderamente culpable del fregao en que la he metido. Con lo bien que se lo pasaría coleccionando hierbajos o piedrecitas de haberse puesto a estudiar botánica o geología....

El problema es que meses antes habíamos ido juntos a ver en Valencia el Museo de la Ilustración de Consuegra y allí comentamos todas sus formas, detalles y contenidos hasta concluir lo disparatada que es la arquitectura que en estos momentos esta pasando a la Historia (ver muestras en el reportaje fotográfico). Por eso que, más que nunca, era obligado en este caso conocer al personaje que estaba detrás de la obra.

En el estupendo vino cena que es costumbre en nuestro Colegio después de las conferencias, el decano me presentó al conferenciante y haciendo abuso de la cortesía le pregunté que cómo se había prestado a hacer un Museo de programa tan vacuo como el de la Ilustración de Valencia. Su respuesta fue tan contundente y clarificadora de lo que es la arquitectura consuagruada de nuestro tiempo que no puedo resistirme a compartirla con mis lectores: "no he vuelto a entrar en el edificio desde que se entregó, no he visto cómo se ha montado el museo, y no me interesa lo más mínimo".

Es difícil encontrar una expresión tan perfecta de eso que se da en llamar la arquitectura ensimismada. Una arquitectura que se ofrece una y otra vez como un enorme objeto escultural ocupando espacios privilegiados de la ciudad y costando una porrada de euros a mayor gloria de su autor.

Como el diálogo cortés con Consuegra ya no podía seguir, mi cuestionamiento público es obligado: ¿cuándo diablos vamos a empezar a entender que la arquitectura no es un gran objeto escultórico puesto en medio de la ciudad para dejar atónitos a los ciudadanos y contentos a los turistas?  Por favor, la escultura tiene su lugar en la arquitectura como mediadora entre la escala arquitectónica y el hombre así que ya vale de gigantescos ejercicios escultóricos y de  fotografías de edificios prístinos y vacíos. ¿Cómo se puede desmarcar uno con despecho de la arquitectura virtual (en todo caso abierta a sus diferentes materializaciones) para caer en la construcción de una arquitectura torpe, pesada, y cerrada en sí misma, a base de un reducido lenguaje de fríos muros de hormigón, rampas desoladas o pérgolas en eterna espera de las bugambillas? ¿se creerá Consuegra que por romper sus edificios para hacer pasadizos peatonales que conecten más o menos con calles adyacentes ya se puede llamar a eso "arquitectura con una gran vocación urbana y de lugar"?

Y eso por no hablar de la confusión de significantes que muestra su arquitectura en connivencia con lo más granado del actual panorama nacional: hubo una foto de una fachada del museo naval de Génova que parecía sacada, tal cual, del edificio de la Maternidad de Moneo en la calle O´Donell de Madrid. Puro estilo raya cristal. ¿A eso se llama arquitectura nacida del lugar?

Ya vale de hablar del lugar con tanta frivolidad, hombre. Un lugar no es el espacio en que se asienta la obra de arte de un iluminado sino un denso tejido de huellas humanas que se construye con las intervenciones de los hombres cuando éstos no tienen puestas sus miras en el éxito de los concursos, en la publicación de las revistas de papel couché o en su inclusión en la Historia. Un lugar es un espacio en el que los hombres viven y están día a día con la comodidad con que se lleva la ropa, y no un espacio en el que inventar recorridos quebrados y desolados rincones a mayor gloria del minimalismo abstracto o de la fotografía arquitectónica. A la vista del barrio en que se inserta, decir que un museo como el de Valencia es una obra pensada desde el lugar daría verdadera risa si no fuera por el daño que le hace. Un daño en el que, todo hay que decirlo, Consuegra no es más que una pieza de la cadena de despropósitos que se hacen por la ausencia de una teoría de la arquitectura mínimamente sólida. En todo caso, la pieza estelar, la más notoria. La que más llena nuestra sala de conferencias y  más contento tiene a los periodistas de arquitectura que no entienden nada.