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LA ARQUITECTURA COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES
por
Gerardo Cuadra

A pesar de que ya ha pasado mucho tiempo desde que tuve que intervenir con motivo de la entrega del galardón de las Bellas Artes, me he decidido, aprovechando el verano, a llevar a efecto algo que, en relación con mi intervención, entonces pensé. Y es la de ordenar, desarrollándola, una idea que tan solo sucintamente, por problemas de tiempo, apunté en aquella ocasión. Idea compartida por no pocas personas,  y que se reducía a afirmar que el hecho de haber recaído este año el Galardón en un arquitecto suponía un acercamiento de la arquitectura al ciudadano.  O, dicho de otro modo, dicha concesión lleva implícita una llamada de atención para las personas con un cierto interés cultural, en el sentido de que tienen que saber valorar y disfrutar con la arquitectura como una de las Bellas Artes.

De hecho todas las personas podemos visitar o no, tanto un museo como una exposición de esculturas o de pinturas.  Pero todos, queramos o no, vivimos rodeados de arquitectura.  De ahí su importancia.  Nuestra vida se desarrolla en espacios (viviendas, teatros, plazas, parques, …) creados mejor o peor por arquitectos.  Y no sé si siempre, aparte de los aspectos prácticos, se sabe valorar esos espacios como arte.

Siempre he pensado que, de todas las artes plásticas, quizá sea la arquitectura la de más difícil comprensión  por la complejidad, más allá de lo puramente decorativo, de los elementos que integran una obra (volúmenes, interrelación espacial, la utilización de la luz …), y por la estrecha relación, lo exige la autenticidad, entre las diversas formas arquitectónicas y los sistemas estructurales y constructivos que están en la base de las mismas.

Además, durante los últimos decenios se ha producido un distanciamiento, igual que en las otras artes, entre el gran público y las realizaciones arquitectónicas más avanzadas.  En el fondo, ante unas edificios volumétricamente sencillos, con unos paramentos ayunos de toda ornamentación superflua, se ha despertado en el observador la nostalgia por formas del pasado; los balaustres de piedra artificial, las cancelas de falso hierro forjado, o la sustitución en un templo actual del altar de granito por una mesa "castellana" de madera.  Aunque también hay que reconocer que "poco a poco" ha ido evolucionando la sensibilidad llegando a aceptarse los nuevos lenguajes.  Si bien es cierto, y por lo que luego expondré ello no me parece un ideal, en esa evolución ha colaborado la difusión a través de los medios de comunicación de las obras singulares de los arquitectos estrella.

No me parece un ideal porque ¿de qué construcciones hablamos cuando afirmamos que hay que acercar al gran público la arquitectura como una de las Bellas Artes?.  ¿En qué arquitectura pensamos cuando hacemos esta afirmación?

Por supuesto que no toda la construcción responde a esa concepción de la arquitectura.  La mayor parte de ellas cumple más o menos dignamente la función de proporcionar a la sociedad esos espacios que necesita: viviendas colectivas o individuales, locales comerciales o de recreo, oficinas, etc.  Con más o menos dignidad, digo, pero sin ningún afán de remontar con espíritu y sensibilidad creativa, el básico planteamiento pragmático de dar solución a unas necesidades programáticas superando, que no es poco, el laberinto de las mil y una normativas a tener en cuenta.

Pero tampoco creo que, al hablar de arquitectura, haya que pensar en primer término en esos edificios, realmente singulares, que salpican aquí y allá las grandes y aun medianas ciudades, producto de reconocidos estudios de arquitectura, y que son  tan divulgados y popularizados por los medios de comunicación.

No pretendo minusvalorar frívolamente ese tipo de construcciones, pero, considero que si por una parte no está mal que esas realizaciones singulares atraigan la atención del ciudadano hacia la arquitectura, por otra temo que lo hagan, no tanto por sus valores estrictamente arquitectónicos, cuanto por su carácter extraordinario.

Todos sabemos que no pocas veces estos  edificios obedecen al deseo no tanto de la sociedad cuanto de sus rectores políticos, de que toda ciudad que se preste debe contar con un edificio de "firma", es decir de alguno de los reconocidos arquitectos - estrella, arquitectos no siempre, pero con frecuencia, elegidos directamente, o a través de concursos limitados y oscuros, a los que tan aficionadas son algunas administraciones.

He aludido a los rectores políticos de las ciudades, pero con la misma razón habría que citar a las grandes empresas, que también consideran fundamental contar con un edificio que por su singularidad sea como el icono o emblema de la misma.

En uno y otro caso se trata de construcciones que son el resultado muchas veces no tanto, o no sólo, de una reflexión madura sobre como dar respuesta a un programa de necesidades, sino del deseo de que el nuevo edificio llame la atención por su aspecto formal, en una carrera por conseguir el "más difícil todavía".   Edificios con formas cada vez más sorprendentes, respaldados, eso sí, por una alta y  carísima tecnologia, pero que, aun reconociendo sus valores, podríamos clasificar en no pocos casos dentro de la categoría de arquitectura- espectáculo.

Comprendo que las condiciones sociales y económicas son totalmente distintas, pero no puedo por menos sentir una cierta nostalgia por el proceso de la arquitectura clásica, en la que el modelo de edificio, su esquema estructural, o el lenguaje ornamental, era repetido una y otra vez, en un esfuerzo por mejorarlo hasta conseguir la casi imposible perfección.   Pero hoy dominan las prisas, la necesidad de cumplir los plazos exigidos por los políticos, la dependencia de los medios de comunicación para conseguir la popularidad del nuevo producto, lo que inevitablemente condiciona el trabajo de los arquitectos forzándolos a competir directamente dentro de una cierta feria de las vanidades, en la búsqueda del resultado más llamativo. 

Pero entre la arquitectura simplemente de consumo y la de los edificios - espectáculo, existe esa gama extensa de edificios en los que se detecta no sólo una correcta respuesta a un programa de necesidades, sino que de su conjunto se desprende una sensación de armonía y de belleza.

Se trata tanto de edificios de toda clase desde viviendas colectivas o individuales hasta los de tipo dotacional, sin olvidar ciertos espacios abiertos como plazas, y parques.  Edificios y espacios en torno a los cuales discurre nuestra vida diaria y que, acaso por esa misma vecindad contínua, no sabemos apreciar.

Se trata de creaciones de arquitectos (en no pocos casos con la colaboración de pintores y escultores) que además de dar respuesta a determinadas necesidades individuales y sociales, transparentan, más allá de su función práctica, un talante creador, de búsqueda de nuevos modos de expresión, superando la rutina de lo ya hecho.  Edificios que, de algún modo captan nuestra atención por la armonía de unos volúmenes, por la riqueza de unos espacios, por el tratamiento de la luz, por el cuidado diseño de unas fachadas enriquecidas por el juego y la tensión entre huecos y macizos bien proporcionados, por el uso de nuevas técnicas constructivas y de nuevos materiales, de los que se ha extraído por su textura, por su color, nuevas posibilidades de belleza. Edificios, en fin, que sin ser espectaculares, nos invitan a saborear ese halo de belleza que los envuelve.

Esta es la arquitectura que hay que acercar al pueblo explicando sus valores.  Tarea a la que entre nuestro ámbito más próximo en cierto modo ya cumple el C.O.A.R. con las exposiciones, tanto de obras locales seleccionadas, como de las de arquitectos sobresalientes en el ámbito nacional. Y similar planteamiento y finalidad es con el que se desenvuelve con gran aceptación el taller "Arquitectura y Ciudad" de la Universidad Popular.