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LA RESTAURACION MONUMENTAL EN LA ESPAÑA DE LAS AUTONOMIAS. EL PAPEL DE LAS COMUNIDADES AUTONOMAS
por
Domingo García-Pozuelo Asíns

La extendida creencia en la reencarnación y la fascinación por la vuelta atrás en el tiempo, suscita un gran interés por la recuperación del pasado.

Marcel Proust calificó como "una tarea vana intentar recobrar el pasado que se esconde, más allá del alcance del intelecto, en algún objeto material".

El pasado es en gran parte un producto del presente; todos nosotros continuamente damos nueva forma a la memoria, reescribimos la historia, rehacemos las reliquias.

Pierre Lotí, emocionado por la vida en la medina de Fez, escribía en 1889: “Oh! Magreb oscuro, permanece aún largo tiempo cercado por las murallas, impenetrable a las cosas modernas, vuelve las espaldas a Europa y detente en las cosas del pasado".

Ahora bien, con estos conceptos esbozados en estas primeras palabras, no pretendo establecer unos puntos de partida como meros axiomas retóricos extraídos de mis propias dudas ante una sociedad que manifiesta, con demasiada frecuencia, una defensa muy primigenia del patrimonio, basándose exclusivamente en una nostalgia, cuyo verdadero sentido etimológico proviene del griego "nosos" regreso a la tierra natal y de "algos" sufrir o penar.

Lo que trato es de perfilar mis intenciones que no son otras que las de una actitud crítica ante una sociedad que en estos 25 últimos años, ha concluido en un proceso que a modo de mancha de aceite, ha ido empapando la conciencia de la sociedad, y está calando en una predisposición retrógrada por la que se exige a los arquitectos, quedarnos estancados en un continuo rememorar la historia, el pasado, los ancestros, para asemejarse a una tierra natal ensoñada, pero no como referencia culta, sino como un anclarse no evolutivo en aquellas formas de vida que pudieron darse, y de las cuales hemos idealizado su contexto ignorando o excluyendo lo más crudo y cruel.

¿Alguna restauración que suponga según los parámetros de perfección metodológica, tal y como ahora la entendemos, incluye entre sus principios teóricos toda la suciedad, todas las guerras, la injusticia social, incluso el cólera, la viruela, la horca y la esclavitud?

¡No, evidentemente!

¿Pretendemos acaso los arquitectos recuperar una Arcadia feliz en cada monumento, ignorando el desgaste del tiempo, la soledad, el atraso, las torpezas arquitectónicas que en muchos monumentos se cometieron?

¡No, igualmente!

Tiene por tanto razón Susan Sontag cuando escribe que: "la devoción por el pasado es una de las formas más desastrosas de amor no correspondido".

Y ese es el verdadero drama de este ejercicio profesional, cuyas tramas conceptuales, se han basado fundamentalmente en un perfeccionamiento metodológico a lo largo de estos últimos 25 años, y que frente a él se encuentra con un coro de ensoñaciones que por lo general se basan en una nostalgia, es decir, insisto, de "regreso a la tierra natal", al "nosos" desde un "algos" o "penar" por esta sociedad que por culpa de los que intervenimos en el patrimonio histórico edificado, cargamos de penurias sentimentales a los que se erigen como verdaderos artífices de la defensa de un pasado, cuya realidad, tal y como apuntaba en líneas anteriores, se ha idealizado, desde un posicionamiento que equivoca las evocaciones sobre paisajes que nunca conocimos, pero que habríamos deseado tener, y que incluso mezcla creencias religiosas de "reencarnaciones", junto a la fascinación por la vuelta atrás en el tiempo, suscitando todo ello un desmedido interés por la recuperación no del pasado genérico, sino de un pasado imaginario o imaginado.

Todos o casi todos recordamos los inicios de la democracia, la euforia arquitectónica desde parámetros de modernidad, que eran aplicados de forma indiscriminada, incluso abusiva, a los monumentos, en los que por cierto, el abandono, la carencia de medios económicos tras largos años de dictadura, la falta de voluntad política para preservar el pasado arquitectónico, hacía que el campo de actuación fuera enormemente extenso.

Aquellos aires de imponer arquitectura rabiosamente contemporánea sobre cada una de las piedras históricas, produjo numerosos errores, no sólo conceptuales, sino también arquitectónicos y consiguientemente constructivos.

Pero la forma de intervenir se fundó en la valentía, el entusiasmo, el arrojo arquitectónico, desde una clarísima voluntad de romper con el pasado más inmediato, con aquella rémora o lastre en el que todo era rancio, oscuro, como de luto permanente.

Pero he aquí que aquel entusiasmo creativo, no exento de una cierta ignorancia metodológica, aquel suplir las carencias conceptuales y legislativas de entonces, se fue quebrando poco a poco, hasta instaurarse un renovado complejo de temor que ha acuñado términos tales como "depredadores de la historia" o "despellejadores de los monumentos", para lograr estancar cualquier atisbo de reinterpretación del pasado, tratando de imponer los parámetros conceptuales menos evolucionados, en una clara y subrepticia recuperación de los más turbios planteamientos Ruskinianos.

El resultado por tanto más arraigado que deduzco de estos 25 años de asunción de competencias por parte de las Comunidades Autónomas, es el del miedo.

Y por qué aludo al miedo en mi anterior aserto, pues por una deducción obtenida desde la observación paciente sobre la evolución de la relación de los arquitectos con las administraciones autonómicas, siempre claro referido al tema de los proyectos sobre patrimonio histórico.

Necesito hacer en este punto de mi reflexión una breve cita que me ayudará a exponer mis argumentos, y es la siguiente: "Más se precisa hoy para ser sabio que antiguamente para formar siete, y más se necesita para tratar con un solo hombre en estos tiempos que con todo un pueblo en el pasado".

Quien así se expresaba era Baltasar Gracián, nada menos que en 1647, que es cuando publicó su obra "El Arte de la Prudencia", y que en su primer aforismo ya nos hace reflexionar sobre la vigencia de lo que trato de esbozar.

Es decir, que según mi teoría, lo que se ha instaurado como modo de relación entre los arquitectos y las administraciones autonómicas, a la hora de redactar un proyecto de intervención en un edificio histórico, sea para restaurarlo en el sentido más respetuoso, o para adaptarlo a cualquier nuevo uso, o para consolidarlo estructuralmente, es el miedo, y ese miedo se deriva de la gran confusión que se ha enquistado en el quehacer de la arquitectura, y de modo más acusado en el estado de opinión que se ha generado con relación a lo que es correcto y no lo es, en cuanto a los proyectos de restauración, dicho así de manera amplia y al mismo tiempo genérica.

El arquitecto de manera sorpresiva, inesperada, se ha encontrado como un incauto, que en estos 25 últimos años, ha pasado de ser el responsable de las decisiones arquitectónicas de sus proyectos, a verse literalmente invadido por un cúmulo de filtros, reglas, imposiciones, leyes, prevenciones, incluso de personas que asumen cargos en la administración, a los que igualmente les mueve en muchas ocasiones el miedo (ya que de sus actos de aprobación también se derivan responsabilidades) amén de personalismos que se imponen por el artículo 33, y creo ser lo suficientemente explícito como para no decir a qué lugar del cuerpo humano corresponde ese artículo que cito.

Y no hablemos de lo que ha supuesto las revanchas personales, las manías, los nepotismos, las purgas, los clanes de militancia partidaria, los corporativismos profesionales, así como la madre de todas las batallas: los intereses económicos, es decir los honorarios, o dicho de otra manera más castiza: "el cocido" que se debe procurar que caigan de un determinado lado.

Pero con todo lo dicho, creo sinceramente que lo más determinante no es lo anterior, sino una circunstancia aun más grave que altera todo análisis racional de nuestra actividad, como un reflejo asimismo del conjunto de la sociedad; me refiero a la supina ignorancia, teñida de tontuna que empapa a este tiempo inculto, donde la mediocridad cultural, la generalización de la torpeza, otorga validez a ese aforismo popular y chusco por el que se expresa que: "si los tontos volaran, estaríamos permanentemente con el cielo nublado".

Todo el trabajo arquitectónico relacionado con la materia de patrimonio histórico despierta recelos, correcciones, aleccionamientos, censuras, y en caso extremos, sentencias que imputan errores conceptuales y que imponen devoluciones a estados prístinos de la obra, previos como es de suponer a la intervención que se proyectó o ejecutó. No es de extrañar por tanto que esté instaurado entre nosotros un cierto hastío ante este panorama, en el que hay que explicar demasiadas cosas, muchas de ellas de tal grado de complejidad, que el sólo intento de darles un cauce de orden literario resulte arduo, y de casi imposible explicación coherente.

La arquitectura es una materia muy compleja, puesto que además de ciencia y conocimiento requiere de ciertas dotes de creatividad que si se dan en alto grado, puede dar resultados asombrosos, de tal modo, que gracias a esos "excesos" es posible hoy amar racionalmente y defender con criterio el pasado arquitectónico puesto que nuestros antecesores bien pudieron expresar sus pensamientos evolucionados, como ruptura conceptual contra el pasado que les era más inmediato, crear nuevas formas, aportar nuevas ideas, nuevos métodos, y finalmente innovar, sin con ello perder la tradición ni acabar con sus ancestros.

Lo que algunas legiones de nostálgicos buscan con tanto ahínco, es la rememoración o ensoñación del pasado, incluso con el oculto afán si les fuera posible de dar un salto atrás, como en aquella serie televisiva llamada el "túnel del tiempo" en la que jugar con ese concepto tan irreal como es el transporte de la materia, les permitiría, de poderla usar, estar presentes en los acontecimientos que narran o añoran.

Sin embargo, cualquiera de nosotros somos una mezcla de culturas (sin necesidad de ningún salto al vacío), de tiempos tan ajenos a ojos de un ser que vive en el siglo XXI, que nos hacen ser el conjunto de un cúmulo cuasi infinito de indescifrables pasados, de interminables mezclas, de complejos y cambiantes resultados.

Esta elementalidad tan poco defendida, por evidente, me hace afirmarme en la relativización de las ideologías culturales, y admitir con mayor firmeza la imposibilidad de las verdades absolutas.

Dejé por tanto de creer en los axiomas que tanto se dan en la restauración y que han cuajado de manera tan obtusa en las legislaciones al uso, y por extensión en las Comunidades Autónomas.

Comprendí el porqué de mi saturación y hastío de tanta Carta del Restauro, Venecia, Cracovia,..... de tanta limitación, cortapisa, prevención, coacción, imitación, y en definitiva, tanto miedo percibido en una parte importante de la administración, ante el discurrir de la vida, de la actividad creativa, que además no suele ser frecuente que sea promulgada por arquitectos, sino por personas cuya incapacidad para comprender el hecho arquitectónico, es manifiesta.

En el siglo XV un hombre inventó en Florencia la perspectiva: La percepción de la realidad ya nunca será la misma. Ese hombre era el arquitecto Filippo Brunelleschi. Pocas décadas después la imprenta será una realidad a través de otro gran hombre: Gutenberg. A finales de ese siglo se descubre un nuevo continente, un nuevo mundo. Algo más tarde un canónigo llamado Copérnico demostrará que la tierra no es el centro del universo.

¿Que hubiera sido de la sociedad, de nuestro propio tiempo, sin la aportación de Brunelleschi, primer arquitecto que se impuso a los gremios y decidió por sí mismo sin ceder a las maestranzas más que la ejecución de sus decisiones? ¿Hubiéramos tenido la cúpula de Santa María del Fiore?

Las ruinas que algunos aman y que con tanta pasión equivocada se quieren congelar, son artificiales y falsas en su mayoría. Permanecer estancados en un inmovilismo como el que en estos últimos años se nos quiere imponer, es un error.

A veces, sólo a veces, se da el milagro, y la inteligencia aflora en algunos de los informes oficiales de un Jefe de Servicio de una administración autonómica, aliviándonos de este amargo transitar en el que la sociedad contemporánea nos sume: "dar solución al mantenimiento de una arquitectura monumental deteriorada, exige una actuación importante y justificada, y en esos casos, la superación del concepto arqueológico-romántico mediante la restitución del volumen del elemento perdido, no constituye en sí una novedad en la historia de las restauraciones arqueológicas"

Este estado de opinión, esta sensación de retraimiento en el que nos hemos colocado los arquitectos ante tan enorme presión mediática y social, está perjudicando seriamente al progreso de la sociedad, que terminará si no ha terminado ya por creer que el modelo de vivienda y de arquitectura al que se debe aspirar, es el de la casa que Patrimonio Nacional ha ejecutado para el Príncipe de Asturias, calificado por lo más granado del diseño como hotel de tres estrellas, aunque bien pensado no se lo que es peor, ya que si lo hubieran calificado como de cinco estrellas aún hubiera sido más hortera.

Este reflejo de lo que podría calificarse como "gusto social imperante", no es tan lejano ni tan ajeno a lo que es el fondo y contenido de lo que mi análisis trata: unas autonomías que en parte son reflejo de lo que impera como supuestos valores locales y que se materializa a través de ese epígrafe ya citado anteriormente de Patrimonios Nacionales, cuyas connotaciones Berlanguianas son más que evidentes, y que tienen ejemplos claros de la actitud deformante que se ha venido imponiendo de forma más que evidente, y de la que en parte los propios arquitectos somos también culpables.

¿No es manifiestamente retrógrado montar un nuevo juicio con un proyecto sobre patrimonio histórico, tal y como ha sucedido en la intervención en el claustro de los Jerónimos, con auto judicial incluido que exigió la suspensión cautelar de las obras?

¿Desde qué premisas culturales y estéticas se encrespan unos vecinos del citado claustro, siendo ellos moradores de unas viviendas algunas de las cuales son parte del peor gusto y la más mala arquitectura de los años setenta del siglo XX?

No hay más que pasear por ese entorno, si es que alguno duda de mis palabras.

¿Cómo es posible que estemos discerniendo en ámbitos judiciales la reversibilidad de una intervención en ámbito arquitectónico histórico, así como si es o no una reconstrucción, para en su caso exigir la demolición de lo construido?

¿A qué grado de estupidez y de injerencia hemos llegado?

Expresada por tanto esta parte del análisis en lo que se refiere a ese miedo, quiero finalmente dibujar otros aspectos que según mi percepción, se han dado en el trasvase de competencias y responsabilidades a las Comunidades Autónomas.

En primer lugar y por sólo referirme a lo que es materia de intervención en Patrimonio Arquitectónico, hablaré de una circunstancia que me parece evidente, y esta es la de la diarrea legislativa que acontece a cualquiera de las distintas administraciones autonómicas, sean las del artículo 143 o bien las que a sí mismas se llaman históricas, es decir, las del 151 igualmente de la Constitución, lo cual no deja también de tener su punto de morbosidad, hablando como hablo, claro, de intervenciones en patrimonio arquitectónico histórico.

Podría ser interesante establecer un debate en torno a la semántica, sobre esa clasificación política de convertir a unas en históricas y al resto hacerlas ahistóricas o lo que es lo mismo del artículo 143.

Reconozco mi creciente perplejidad ante tanta confusa expresión de la realidad que me circunda.

¿Debiéramos a partir de ahora establecer también en el ámbito de responsabilidad de los arquitectos, si una ruina del patrimonio edificado es del artículo 143 o es por el contrario de región histórica, para así saber con que criterios intervenir?

Bien, como digo, la profusión de legislación que nos invade, que no es más que una justificación absurda, desde el afán por afirmarse unos próceres, cuya capacidad para sentirse permanentemente agraviados me es imposible de cuantificar, y en esto sin distinción entre los que militan en primera división, como los que somos de segunda B o del artículo 143.

Fruto de ello es la promulgación en estos 25 últimos años, de casi 17 Leyes de Patrimonio, algunas de ellas, las mas antiguas, de una pobreza conceptual inmensa, y otras, las más recientes, de un alcance que dispersa la interpretación legal, pero que en modo alguno resuelven el complejo mundo de la arquitectura histórica, su salvaguarda, los criterios más necesarios, entre otras cosas por la imposibilidad de llegar a un concepto tan abstracto como es en sí misma la arquitectura, y no olvidemos que el patrimonio histórico es indiscutiblemente arquitectura. ¿Sirve para algo la ley estatal de 1985 ahora? ¿Era tan nefanda la de 1933?

Por otra parte está el descarado comercio que se puede llegar a realizar en torno al patrimonio histórico, las declaraciones de Bienes de Interés Cultural, y no digamos nada de las que conllevan el pomposo término de "Patrimonio de la Humanidad", así como a las investigaciones que sobre yacimientos arqueológicos, o antropológicos, se llevan a cabo como campañas veraniegas.

No dejo de sentir náuseas cada estío cuando vuelven a ponernos en los noticiarios, imágenes de restos de homínidos bautizados pomposamente como "homo antecessor", obtenidos en la sima de los huesos, o en otros yacimientos cuyos nombres no dejan de ser netamente reclamos comerciales.

Deben entender que mis náuseas no corresponden a ascos o aprensiones por ver huesos prehistóricos, restos humanos en definitiva.

Particularmente me carga algún que otro investigador que aparece con salacot y que vende su imagen como si de un Livingston en las fuentes de Nilo se tratara.

A ellos acuden los políticos de todo signo y así se nos hace creer que el patrimonio histórico, los yacimientos, se excavan, se protegen, se conservan con el criterio adecuado.

Mi escepticismo es, verano a verano, creciente. Si pudiera hacerse un paralelismos entre el mundo de las figuras del toreo, y la restauración monumental en estos últimos 25 años de autonomías, yo me atrevería entonces a citar a Manolete como perteneciente a las del artículo 151, esto es, los históricos, y a José Tomás como el que pertenece al 143, es decir, a los no históricos.

Dicen los entendidos que éste último, José Tomás, era una réplica de Manolete, y que entre los dos sacralizaron la corrida de toros a fuerza de quitarle adornos, machismo, regocijo y chulería.

Hay que evitar denodadamente creer que el salto de la rana fue toreo o arte.

Hay que evitar igualmente no hacer el salto de la rana con la arquitectura, pero también desacralizar la restauración, y dejar hacer a los que saben, aunque bien sé que esto es un deseo cada vez más imposible.

Así como en la iglesia se hicieron reformas y contrarreformas (aunque finalmente siempre se mantienen en sus mismos parámetros hipócritas) es imprescindible realizar en restauración la contrarreforma de las ideas, romper con este arcaizante estado de principios teóricos que se enquistan en el inmovilismo más espeso.

Finalmente quiero exponer algo a favor de este tiempo, y es la cercanía que se ha producido con los problemas de patrimonio mueble e inmueble. La necesidad derivada de justificar ante los electores de autonomías, inversiones, protección, restauración, recuperación de memorias añejas, que insisto, se usan como materia de comercio electoral, pero que es cierto, han dado un resultado nada desdeñable de intervenciones y de conservación de edificios cuyo abandono era manifiesto.

También es cierto por el contrario que la contratación de una parte de esos proyectos y direcciones de obra se han incluido en las llamadas UTES, o lo que es lo mismo, Unión Temporal de Empresarios.

¿Desde cuando un arquitecto en el ejercicio liberal de su profesión, que se entrega a este duro trabajo que es el patrimonio histórico, se puede asimilar a un empresario? En fin, transcribo unas líneas de uno de los relatos más emocionantes que he leído nunca:

"Emergí a una suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodeaba un solo edificio de forma irregular y altura variable; a ese edificio heterogéneo pertenecían las diversas cúpulas y columnas.

Antes que ningún otro rasgo de ese monumento increíble, me suspendió lo antiquísimo de su fábrica. Sentí que era anterior a los hombres, anterior a la tierra. Esa notoria antigüedad me pareció adecuada al trabajo de obreros inmortales. Cautelosamente al principio, con indiferencia después, con desesperación al fin, erré por escaleras y pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüé que eran inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron.) Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos........”

De "El Aleph"; Relato de "El inmortal". Jorge Luis Borges.