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MAQUETAS
por
Pepe Garrido

Ultimamente he visto muchas maquetas. En cada exposición que he visitado, sea aquí en Logroño, o en cualquier otra ciudad española o del extranjero; sean exposiciones monográficas dedicadas a un autor, (arquitecto, arquicateto o arquitonto), o a un tema concreto; sean exposiciones colectivas recogiendo las distintas propuestas para cualquier concurso, o la selección que el comisario o director de cada una ha seleccionado para el evento, es difícil que no proliferen con abundancia, hasta la saciedad, las maquetas.

Maquetas de todo tipo, reflejando con las más pequeñas escalas las propuestas de ordenación territorial o la implantación de edificios normalmente singulares en el territorio, o en el paisaje, o más genéricamente en la topografía; con las escalas intermedias las tramas y el caserío de fragmentos de ciudad, o la inserción en su contexto urbano de los edificios protagonistas; y con las escalas mayores los propios edificios proyectados, variando mucho en estas últimas el grado de detalle que en cada momento se quiere mostrar.

Podría extenderme en la disección repasando los materiales con que se fabrican, desde la humilde cartulina sometida al corta y pega, hasta bloques de fundición que las convierte en piezas escultóricas que integrarían con decoro exposiciones de esta otra faceta del arte; o bien sus colores, que pueden responder a un ansia de realismo, a representaciones del esquema organizativo que rige la funcionalidad del edificio, o sencillamente al propio del material con que están hechas.

Del mismo modo, que recuerdo la representación parcial de determinados aspectos del todo edificatorio, en función del peso que ese fragmento tenga con relación al objeto considerado en su integridad. De este tipo son las maquetas que representan estructuras, normalmente mega estructuras, que acaparan para sí el protagonismo del edificio y no distan mucho de ser también fieles representaciones de la realidad.

En todo caso, o mejor en todos los casos, y hasta no hace mucho, la maqueta era sencillamente un complemento para hacer entender al profano la propuesta que se reflejaba en los planos, en la representación bidimensional de la propuesta, fuese arquitectónica o urbanística, si se me permite hacer esta doble mención, esta diferenciación.

Hoy día, sin embargo y con seguridad, la maqueta es un modo de representación imprescindible, ya que se ha convertido en la primera materialización del diseño tridimensional. Ese nuevo modo de proyectar que ha arraigado tanto como el uso del ordenador y al alimón con él.

Quien proyecta en 3D no puede quedar frustrado al ver reducido su volumen, virtualmente apreciable en la pantalla del equipo informático, a una mera representación en el papel, en 2D. No puede permitir la pérdida de esa dimensión, no puede soportar la amputación. Eso, en su pensamiento, sí que sería ir en contra de la ética, de la modernidad y si apuro el argumento, vistos los tiempos presentes, de la religión.

Ese nuevo modo de proyectar que confunde la herramienta con la imaginación, que hace alarde inmoral del derroche de ésta, con propuestas deslumbrantes donde no pueden faltar ni las curvas ni los alabeos, ni las abolladuras ni las protuberancias. Y como estas propuestas, a menudo, no pasan de serlo, antes de que queden abortadas en el papel exigen la existencia de una primera aproximación, la ejecución de una maqueta.

Maqueta sin la que ni propios ni extraños, ni expertos ni legos, comprenderíamos la enjundia del proyecto, de su fantasía.

Curiosamente, es con el empleo de los ordenadores, herramientas con las que tan fácil es dibujar líneas perfectamente rectas y otras absolutamente perpendiculares, y con sus programas clónicos, iguales en todos los estudios y paises, con los que más ha germinado la idea, absurda idea, de asociar el volumen con formas tuberculosas (de tubérculo, patata) de incierta geometría.

Y sin embargo era antes, en el arcaísmo de la modernidad, cuando nos empeñábamos en que todo, o casi, fuese ortogonal, con lo sencillo que era que por descuido se moviese la regla o las escuadras, y adiós ortogonalidad. Y lo fácil que hubiera sido entonces el empleo de la curva, a mano alzada y a sentimiento, que hubiese dado mucho más juego. Hubiese resultado mucho más artístico.

De vuelta a las maquetas, que ya sabemos imprescindibles. También en ellas, y centrándonos en las maquetas de tubérculos, recibimos no sólo la percepción del cuerpo proyectado, sino las dificultades de aquello que se avecina, de materializar el edificio, de construirlo.

Se puede presagiar aquello que quienes pudimos presenciar el Guggenheim de Bilbao en construcción, viéndole las tripas constatamos de cuerpo presente, que la exactitud de los ordenadores y de sus cálculos habían dado paso a la mejor práctica de la "recta astuta" y el "punto gordo", argucias sin las que hubiese sido imposible levantarlo de sus cimientos.

Y en las maquetas, como en los edificios, también se aprecia la diferencia entre aquellas que corresponden a propuestas, quizá representaciones de sueños alucinados, pero por lo menos imaginativas y originales, de aquellas correspondientes a las cortes de seguidores de las estrellas-gurú de la arquitectura, en las que la analogía y el catálogo formal se emplean por simple mimetismo, sin más reflexión ni ética que la de estar a la última.

Maquetas en las que ya se aprecia la extrema dificultad de adaptar la ortogonalidad o la planidad de los materiales de construcción a las ondulaciones del proyecto, o de resolver los encuentros entre distintas superficies y barras, todos diferentes, presagiando la exigencia del diseño de piezas singulares para cada uno de ellos, o labores artesanales de ensamblaje que sólo son un contrasentido con el desarrollo de la industria que auxilia a la construcción, más orientada a la estandarización. Esto en las maquetas se refleja en las tensiones que hacen que se despeguen las cartulinas o en la gota gorda para unir los alambres de la estructura, por citar dos ejemplos.

Y así las maquetas, que se presentan como aliadas, como aval, de estas malformaciones arquitectónicas, se convierten en denunciantes de las propuestas que acompañan, impidiendo en muchos casos la indecencia moral que supondría su ejecución. El despilfarro que representan no puede seguir teniendo cabida en la práctica arquitectónica futura ni presente. No es ético. No es admisible.

Las fallas, por favor, que sigan siendo sólo de cartón. Espero que la insistencia en este argumento, lo consiga.

"Recta astuta": Dícese de aquella que es capaz de pasar por tres puntos no alineados.

"Punto gordo": Dícese de aquel por el que pueden pasar varias, muchas, rectas paralelas.