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EL EGO CONTRA LAS FUERZAS DE LA GRAVEDAD
por
Luis Wassman

Hoy he paseado por Madrid en continuas flexión y torsión de mi sufrido cuello y me he arriesgado una vez más a constatar que el amor a la arquitectura urbana es incompatible con los excrementos de los perros. Porque digo yo que deberíamos contar a los felices propietarios de los (¿felices?) canes que ya los romanos inventaron el alcantarillado y con éste la posibilidad de vivir juntos sin infectarnos con nuestros deshechos y así surgió la sugestiva idea de vivir juntos y muchos y así se inventó la ciudad y por lo tanto la cultura que es siempre urbana. La cultura como producto del alcantarillado. Y así el dueño del mejor amigo del hombre, al ignorar la existencia de los albañales está negando la esencia de la civilización y desde luego, lo que nos ocupa, la posibilidad de mirar sin peligro la arquitectura de la ciudad.

Y a pesar de toda esta dificultad excremental, he mirado una y otra vez la magnificencia de la arquitectura que nos invade, normalmente fruto y producto de los responsables de unas instituciones oficiales o casi que pretenden dejar huella de su excepcional (o casi, también) paso por los enmoquetados despachos de turno.

Y algo ha empezado a alertarme, algo me ha hecho plantearme esta reflexión. No he podido recordar bien quién fue (¿Christopher Alexander, acaso?) ni tenía a mano su delicioso libro (¿"Ensayo sobre la síntesis de la forma", podría ser?) pero sí he estado seguro de que este o algún otro teórico nos descubrió el concepto de la "perdida de la inocencia".

Nos contaba que la arquitectura y el diseño fueron en principio, y como consecuencia de su estructura intuitiva, inocentes en cuanto anónimos (sin autor conocido) y funcionales (es decir, portando consigo el concepto primario de la ética del diseño como "lo que satisface las necesidades"). Es decir, sin mayores concesiones a la forma que las que su propia entidad como artefacto le demandaban. Luego, los procesos lógicos y el desarrollo de la autoconciencia del creador (y del promotor, claro), provocaron la pérdida de esa inocencia. ¿Nació así la arquitectura?

El mecanismo contemporáneo es sencillo y en absoluto inocente. Dirigente institucional que maneja un presupuesto de vértigo, generalmente propiedad de alguna colectividad que lo y le paga, decide dejar impronta de su gestión en cualquier plaza o hito, avenida o esquina. Y llama al mejor, que si viste de negro mejor y si se le caen los aeropuertos mejor porque es el mejor y a él no le pueden pasar esas cosas.

Pero resulta que el mejor perdió, ¡ay! la inocencia hace tiempo y que la situación de autoconciencia, de puro inercia, se ha pasado de la raya y que el ego es ahora el motor de la arquitectura. Y llega ese ego cargado de futuro y con él la gran traición a las fuerzas de la gravedad. Y así surgen esos edificios, muchos de ellos bellos e incluso bellísimos que jalonan nuestras ciudades como hitos de la excelencia y el aquí dejé mi impronta yo, monsieur Ego. Edificios con salvoconducto para salirse de las rasantes con sus marquesinas que invaden las calles, con sus alturas no permitidas por los vigentes planes parciales. Y sobre todo con una frecuente ignorancia de las fuerzas de la gravedad.

Pero la exuberancia del deseo sólo puede ser controlada por la inteligencia y su ética subsiguiente. Y yo me voy preguntando, en mi periplo, si el ego de estos personajes estará, o no, controlado por la ética.

No trato aquí de defender la arquitectura modesta ni barata ni mala. Sólo quisiera señalar que existen unos códigos, basados unos en esa extraña característica de la fuerza de la gravedad, que tiene la manía de trabajar y desarrollarse en vertical, tan tozuda y basados los otros en las normativas urbanísticas, tan importante para la convivencia como las cloacas.

Pero hay algo que me avisa de que estos edificios no se llevan bien con su entorno, porque lo ignoran o porque no lo respetan, acaso porque lo desprecian.

Luego he paseado por Burdeos, bendita ciudad que ha visto y sigue viendo el paso de un ángel exterminador de suciedades, descubridor de magníficas piezas arquitectónicas, y renovador de estructuras urbanísticas de primer orden. Y he reparado en el nuevo Palacio de Justicia, tan cerca de la soberbia catedral gótica, y rodeado de esta piedra maravillosa que tiñe de calidad y calidez fachadas y pavimentos haciendo del paseo un verdadero placer de sorprendente reencuentro con aquella ciudad de cochambre que almacenaba mi memoria.

Este Palacio es, otra vez, una demostración del ego del autor. Debió de pensar éste que si esta es zona vinícola y líder en eso y tenía que equiparse de un palacio para administrar la justicia, qué mejor síntesis dialéctica que dar forma de grande, de inmensa barrica de vino a las salas de vistas. Y así se han trasdosado y así se ve desde la calle y así se obliga al pobre acusado que pronto será condenado aunque no siempre, a ser juzgado dentro de una gran y extraña pieza o trozo de edificio que recuerda a la vieja profesión de su abuelo, porque aquí, al parecer, casi todos los abuelos hacían vino.

Así que las citadas barricas en las que dentro, en lugar de vino hay imputados, salen del edificio como inmensos granos y se comunican a este por unas escaleras metálicas a la intemperie que hacen de este Palacio de Justicia algo verdaderamente vinícola. Eso.

Esa es mi crítica y ese el motivo de estas líneas. El kitsch no es nuevo ni de nuestros días ni de otros por ser eterno. Lo nuevo o reciente es la aplicación abusiva, sin control inteligente y por lo tanto ético, del ego del creador a la obra arquitectónica. Porque aunque ésta sea a veces una bella sinfonía, es ésta desde luego y siempre, perfectamente autista.