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DE PROVINCIAS
por
Pepe Garrido

El arquitecto de provincias, el interesado en la arquitectura, acude con fidelidad religiosa a las citas de su colegio profesional, para asistir a las conferencias que le ofrece asiduamente, esperanzado por enriquecerse con el conocimiento de los trabajos que exponen y comentan los arquitectos famosos, más o menos famosos, que vienen de las capitales.

Las más de las veces sale defraudado porque juzga el trabajo que le han expuesto con rigor, y piensa que sin el apoyo que los medios gráficos y editoriales prestan a estos colegas famosos, ellos no serían tan famosos.

Lo que en estas charlas o en los coloquios posteriores tienen en común los arquitectos famosos, es que todos aseguran haber conseguido los encargos para el desarrollo de esos proyectos que nos han enseñado, mediante concurso. Y el arquitecto de provincias, que suele presentarse también a los concursos, y que incluso con cierta frecuencia gana y también consigue encargos por ese método, piensa que no deben de ser los mismos concursos que él conoce y a los que acostumbra a presentarse.

Y lo piensa porque los arquitectos famosos no hablan de dinero, ni de plazos, ni de currículos, ni de incompatibilidades, ni de experiencia, ni de todas esas cosas que se suelen tener en cuenta en los concursos a los que se presenta el arquitecto de provincias, que no es famoso.

Y no quiere pormenorizar en cuál sería el concurso ideal al que le gustaría presentarse, porque piensa que a lo mejor las condiciones de ese concurso ideal, sólo serían ideales para él. Y porque tiene experiencias en concursos que resultan chocantes y nunca se han dicho fuera de los grupos de colegas afines y con la lengua desatada y entre risas. Pero piensa que no es para reírse, porque a él no le produce risa que se juegue impunemente con su trabajo y el esfuerzo de los que se presentan a los concursos, con el trabajo de los arquitectos concursantes.

Y así recuerda aquel concurso en que uno de los concursantes, un arquitecto de negocios, un negociante, ofreció hacer el proyecto por la mitad de los honorarios que la convocatoria establecía como base, y que aún así no consiguió ganar. Y piensa cuán mala sería su propuesta, ya que en la valoración total quedó el tercero. Y piensa que cómo fue posible que no lo hubieran excluido directamente, por haber propuesto una baja, tan baja, que era más que temeraria, y porque en definitiva en casi todos los concursos las cuestiones de dinero también son valoradas. Y piensa que en esas ocasiones se le trata como si fuese una empresa y no un arquitecto.

Y recuerda aquel otro, en que un arquitecto famoso y que ha dado conferencias en su capital de provincia, se quedó un proyecto para el que él también optaba porque el famoso había hecho la mayor baja económica de todos los demás arquitectos concursantes, que no eran famosos. Y que el que era famoso fue el que tiró los precios, los honorarios. Y está seguro de que en las conferencias que esté dando en este momento, seguramente expondrá el proyecto que consiguió de ese modo y dirá también que lo consiguió por concurso. Y que también se lo dirá a sus alumnos, porque no sólo da conferencias, sino que también da clases en la universidad.

Y estas son experiencias que tiene de concursos en los que no ha conseguido ganar, pero también tiene otras, que casi son más interesantes, porque cuando ha ganado le han hecho confidencias que le han hecho sentir vergüenza ajena. Y así recuerda la que le hizo el interlocutor que tuvo para el desarrollo de un proyecto aún no construido, poniéndole al corriente de qué modo el jurado había recibido presiones para adjudicar el proyecto a un colega de su misma ciudad, que él conoce, y que alardea de limpio y riguroso arquitecto, y que por sus méritos no había conseguido pasar del primer corte, de la primera selección.

Y todo esto el arquitecto de provincias lo piensa con el escepticismo que ya ha adoptado como consigna, porque está convencido de que cualquier concurso con otro jurado, aunque fuese competente y formado por arquitectos famosos, hubiese dado otro ganador distinto. Y con este distanciamiento se contempla mejor todo, porque así no se crispa tanto cuando no consigue ganar, y piensa que con otro jurado quizá el ganador hubiese sido él. Y lamenta que haya tantos concursos, incluso en su ciudad, a los que no puede concurrir porque, como no es famoso, ni le invitan, ni ha conseguido reunir un currículo que le de derecho a participar en determinados concursos. En esos, que, vistos desde fuera, piensa que son los buenos concursos.

Y también piensa que a pesar de todo, no siempre hay que ver el defecto en los demás y cargar siempre contra el organizador del concurso, que o no lo convoca con las condiciones que a él le gustaría, o no lo falla con los criterios que él cree más acertados.

Aunque bien cierto es que en otras ocasiones, los fallos de los concursos son tan evidentes y dirigidos, que más que fallos son auténticas equivocaciones. Como aquel caso en que los méritos que se apreciaron para adjudicar un importante proyecto, fueron la inclusión en la propuesta de red de saneamiento y cámaras de video-vigilancia. Como para no estar vigilantes. Y recuerda que su colegio no tuvo la valentía de recurrir o protestar tan siquiera, aunque la cacicada era clamorosa, ya que en realidad se estaba consagrando una adjudicación digital, camuflada tras un concurso, que estaba decidida de antemano a otro arquitecto de provincias, que a lo mejor con ese arte consigue ser famoso.

Pero como él quería decir antes, a veces la actitud dudosa está en los propios concursantes, que olvidan las bases que rigen los concursos y parten con ventaja o se buscan ventajas artificiosas e increíbles.

Y piensa que, cómo si no, tiene que interpretar el que a veces se encuentre compitiendo con arquitectos ventajistas que dicen ser capaces de hacer los proyectos en la mitad de tiempo del que como base se establecía en las bases, y cómo es posible que alguien se crea tal oferta, imposible oferta, que no les dejaría tiempo ni para doblar las copias de los ejemplares del proyecto. Y que a pesar de todo, esas ofertas sean valoradas y altamente puntuadas, con el claro fin de desequilibrar la balanza de la adjudicación a favor de los arquitectos listillos. Y piensa que si luego esos listillos resultan adjudicatarios, quién es el que controla que se cumplan esos plazos imposibles. Y piensa que semejantes ofertas son una burla a los demás concursantes, a los demás arquitectos.

Y piensa en lo mal que se siente cuando compite con familiares y amigos de empleados del organizador del concurso, que no sólo la decencia les debiera aconsejar no presentarse, sino que las propias leyes lo prohiben y muy claramente. Y piensa que cuando se entera de que ha competido en desventaja, ya es tarde, porque de haberlo sabido con antelación no hubiese invertido su tiempo en desarrollar su propuesta. Porque esa actitud no es admisible, por presuponer una ventaja de partida, y piensa que a veces esa ventaja es insalvable. Porque las propuestas hay que desarrollarlas en un plazo de tiempo escaso, insuficiente, y los que salen a correr una semana antes que los demás, con seguridad que llegan los primeros a la meta.

Así que el arquitecto de provincias que no hace mucho también ganó un concurso, piensa en lo que disfrutó en los escasos días que tuvo para elaborar su propuesta, con el propósito de explorar un nuevo tema, de desarrollarse como arquitecto, y de ganar el concurso.

Y piensa que ahora que lo ha conseguido, que ha ganado, esta presumible alegría no le ha resultado tan grata como se pudiera suponer, porque piensa que a lo mejor con otro jurado no hubiese sido él el ganador.