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LA MADRE DEL CORDERO
por
Juan Diez del Corral

El convento de Madre de Dios estaba ahí antes que nada, así que, si el Ayuntamiento, la Comisión del Patrimonio de La Rioja y el arquitecto Gerardo Cuadra (que aparecía recientemente en la prensa posicionándose públicamente sobre la cuestión con toda la autoridad que le da el Galardón 2004 de las Bellas Artes en La Rioja y su presencia en la Comisión del Patrimonio) están de acuerdo en arrasarlo, que vean la foto con que abrimos este hAll para cerciorarse de la primacía de su presencia y para que midan la gravedad de semejante propuesta.

Pues que sepan también que, para quien suscribe, aniquilar el elemento arquitectónico fundacional de un lugar es uno de los atentados más graves que se puedan cometer contra la historia de la humanización de un espacio físico, es decir, contra la historia de la arquitectura: demoler el convento de Madre de Dios es como arrancarle el corazón al barrio de Madre de Dios.

Gravísima fue la reciente aniquilación de la Plaza de Toros de Fermín Alamo de 1915 que también puede verse en la fotografía a poca distancia de aquel, pero la diferencia simbólica entre una y otra edificación es notoria. El convento de Madre de Dios está ahí desde 1531 y además de ser la referencia única durante siglos de la espléndida zona de huertas de Logroño junto al Ebro y de su urbanización posterior, es la última pieza histórica extramuros de una ciudad que, como la mayoría de las ciudades españolas, se configura en la advocación espiritual y la vecindad de sus conventos. De ese arco conventual que formaban La Trinidad, Valbuena, San Agustín, La Compañía de Jesús (luego Antiguo Seminario en El Espolón), El Carmen (luego Instituto Sagasta), Carmelitas , San Francisco y Madre de Dios, sólo nos queda este último, por lo que el anuncio de su desaparición cobra una dimensión simbólica superlativa. En esa perspectiva, resulta a todas luces ridículo que el Ayuntamiento de Logroño esté empeñado en desenterrar Valbuena para enseñar las cuatro piedras de sus cimientos a los ciudadanos mientras proyecta la aniquilación del último convento en pié.

Cierto es que el Convento de Madre de Dios no es un edificio digno de esos títulos nobiliarios con nombre de bolígrafo francés que da ese sanedrín llamado Comisión del Patrimonio. ¡Y válgame dios que lo sea!. Seguro que ni su fundador Juan de Enciso ni las sucesivas generaciones de monjas que lo habitaron y (cuyos restos seguramente reposan en él) habrán esperado nunca semejante reconocimiento. Y menos, tras el salvaje incendio que sufrió en marzo del 36 que lo dejó literalmente reducido a escombros. Cierto también que la reconstrucción acometida con la mejor voluntad y austeridad, y que hizo que el convento reviviera en 1971, no es una obra como para pasar a los anales de los estilistas de la historia del arte. Y cierto también, -como decía Gerardo Cuadra defendiéndose ante mis primeras invectivas sobre el asunto de su desaparición en un duro debate que sostuvimos en la Comisión de Cultura del COAR-, que la casa de las monjas ya no es ese lugar idílico entre huertas que ellas desean como marco ideal de su vida de paz y oración, pues desde hace muchos años están envueltas por el tráfico urbano y la edificación masiva. Pero ni lo uno ni lo otro son argumentos urbanísticos suficientes como para hincar la piqueta en el corazón y núcleo de ese lugar dejándolo como un solar. Las monjas pueden irse a un nuevo convento sin menoscabo de la rentabilidad económica de la operación, repartiendo la edificabilidad que se les haya dado para ello por el resto de la huerta, y los estilistas de la historia pueden seguir hablando de sus arquivoltas allá donde les plazca. Aquí no se trata de salvarles sus fotos de arte, sino de respetar un punto de gran simbolismo urbano.

¿Y cómo se hace eso? Pues para empezar, desenmascarando ese plano de alineaciones tan primario que nos quiere hacer creer que el derribo del Convento es un tributo ineludible al orden geométrico y racional de la ciudad. El acceso a la "hamburguesa" está más que garantizado con la anchura de la actual calle de la Ribera, y la prolongación de un trocito de calle más allá del proyectado Paseo del Prior, para acabar en fondo de saco, no tiene sentido alguno. Lo mismo que Avenida de Colón girará casi treinta grados para convertirse en la calle Bécquer más allá del soterramiento del tren, no pasa nada porque aquí Doce Ligero se tuerza en su última manzana menos de quince grados para llegar hasta el Parque de la Ribera. Es más ¿van a tener que avanzar las casas del lado Oeste de la calle de la Ribera para acomodarse a la nueva alineación. Está claro que ese cambio de trazado es completamente ridículo y no justifica para nada la desaparición del convento.

Ahora bien, ¿tiene sentido mantener el convento en su actual configuración si la comunidad religiosa decide irse de ahí? Por supuesto que no. No es salvar los modestos edificios que actualmente lo componen lo que aquí se pretende, sino cuidar el lugar y su memoria para tratar de salvar la ciudad. Y eso se suele hacer con arquitectura, algo que, según parece, en el Ayuntamiento de Logroño no saben lo que es.

Hace poco más de veinte años, el convento de la Merced (ya sé que me lo había dejado en el repaso conventual anterior) estuvo en parecida situación cuando la Tabacalera lo abandonó y se fue al Sequero. Tras las amenazas de cercenamiento o derribo y antes del concurso del Parlamento, algunos compañeros arquitectos que también creían que la arquitectura era una herramienta para salvar la historia de la ciudad, se pusieron a hacer un torneo de ideas sobre posibles usos y formas que quedó felizmente recogido para orgullo de la profesión en el número 1 de la revista Aldaba editada por el COAAR. Encontrarle un utilidad concreta y organizar un concurso nacional vino después pero, mientras tanto, el grupo de edificios que lo componían se consiguió salvar a mayor gloria de la zona y de la ciudad.

Veinte años después, tanto para los políticos y oficinistas del Ayuntamiento, como para los periodistas en general, la arquitectura se ve que es un espectáculo de imágenes, fotos, poses y declaraciones que hacen un eximio grupito de grandes despachos mundiales y globales con marca registrada, así que, una quijotada como la que hicimos entonces, quizás no valga para nada. En consecuencia sólo se me ocurre dar un aviso desde esta modestísima hojilla del Colegio de Arquitectos publicando esa imagen originaria (fragmento de una gran fotografía tomada desde un globo en 1917 que me ha facilitado amablemente Enrique Martínez Glera) acompañándola de un apunte de argumentos.

Y a ver si hay suerte, porque otra cosa...


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