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04 hasta la Cocina___26

HABANA AGRIDULCE
por
Luis Wassman

Todo el país está lleno de frases como ésta: No hay tareas difíciles sino hombres incapaces.

Intentaré demostrar al Comandante que no soy un hombre incapaz pero ¡qué difícil es escribir sobre arquitectura en una ciudad en la que no se hace arquitectura aunque en su momento se hiciera y muy buena! Ahora todo es pura arqueología. Muchas y magníficas piezas de cada magnífica época y sobre todo de esa "primera modernidad". Pero paradójicamente y además de magnífica y abundante, la arquitectura de la Habana es efímera. Es decir que va a durar poco. Es decir que se está cayendo.

Mayumi Palacio Gómez es jinetera. Esto quiere decir que trabaja de ocho a cuatro liando tabaco por lo que gana siete dólares al mes cobrados en pesos cubanos. Y como el alquiler de la casa le cuesta cincuenta dólares pagados en dólares, y además tiene un hijo que quiere comer, se prostituye con los turistas. Si además consigue que el cliente quede prendado de ella, recibe un giro esporádico, una ayuda foránea y pasajera.

Hace unos años la Unión Soviética desapareció. Y con ella algunas cosas importantes para los cubanos, desde las centrales de producción de electricidad hasta el pienso con el que se alimentaban sus vacas. Y murieron éstas al no tolerar los pastos naturales. No vacas, ergo no leche. Toda una generación de cubanos se ha criado prácticamente sin leche. Toda una generación de cubanos tiene los dientes picados. También Mayumi tiene los dientes picados.

Pero Mayumi tiene la gracia del caribe, la ligereza del baile, lo vaporoso de sus pantalones de lino y su blusa de seda. Ella flota, no camina. Ella baila, no gesticula. Porque los cubanos son caribeños. Un medio que conforma una forma de ser y de vivir. Y buscan desde hace trescientos años la independencia que todavía no han logrado. "Nadie podrá quitarnos la esperanza", dice otro cartel memorable.

Aunque estés cansado del viaje, diez horas de avión más maletas mas autobús más llegada al hotel con cuatro caribeñas estrellas. Aunque te ocurra todo eso, vete a la calle Obispo de inmediato. Vas a vivir ciudad. Hace calor aquí y hay humedad también, y los poros de tu piel se abren. Y por allí penetran nuevas y fuertes, muy fuertes sensaciones. No importa que cenes unas patatas fritas con aceite de patera, aquí balsa. No importa que esos ojos profundos de mulata que te miran desde el fin del mundo estén tan cerca de una boca de dientes picados. Baila, bebe, hazte cubano.

No, ellos son caribeños, no comunistas. Este clima conforma una forma de vida, no una idea política.

La primera noche pierdo la noción del tiempo. Hay ruido de acondicionadores en el hotel de cuatro estrellas cubanas y sobre todo huele. Huele a petróleo. La refinería expele un humazo negro, muy negro. Ni siquiera mulato. Negro. Así olerá durante todos estos días. ¿La ecología siempre identificada con la izquierda? No, la ecología como lujo de países ricos.

Mayumi debe treinta y cinco dólares a su casero que creo entender, voy por el cuarto mojito con ella, es un señor privado, dueño de casas que alquila. Pero ella no quiere vivir en otro lugar que no sea la suya. Su padre les ofrece cobijo a ella y a su hijo, Mayumi tiene veinticuatro años y es ya madre, como aquella otra de diez y seis que estaba muy contenta porque el embarazo era de su novio. Pero el padre de Mayumi es asiduo del ron. Y su madre vive en el campo. Y las residencias de madres solteras tienen mal ambiente. Así que Mayumi me pide cincuenta dólares por la faena y así pagará lo que le debe al casero y podrá seguir en su casa. La suya y de su hijo. ¡Política de soluciones habitacionales!

Las casas de la Habana se van a caer, se están cayendo, de día y de noche. Un dictador cercano decía que el hombre era portador de valores eternos y la malicia del pueblo decía que por eso los enviaba pronto a disfrutar de ellos. Aquí, si el desplome es nocturno y duermen, también se van aunque no sé adónde. Algunas barandillas o petos de las terrazas no existen, caen bien los niños por ahí. Son esas casas que tienen encendidas todas sus ventanas por la noche porque hay una familia tras cada ventana. Repito, una familia tras cada ventana. Y a veces se desploman pero no de sobrepeso: de fatiga. Así que decido prescindir de los servicios de Mayumi, por obviamente peligrosos.

Y sigue la dificultad con la arquitectura: allí fueron los recuerdos de los perros, aquí los agujeros en las aceras. Procúrate cuidados. No mires a aquella fachada espléndida en tiempos remotos y ahora sin barandilla ni capiteles porque quizá, mientras diriges tu mirada a lo alto tu pierna puede quebrarse porque caes en el hueco de una obra pública que nunca se terminó desde hace veinte años como demuestra la mugre en su fondo. O quizá te electrocutes con alguno de los cables sueltos que serpentean entre farola y farola.

Pasa de problemas y súbete por la noche a la terraza del Hotel Inglaterra, o del Plaza, o del Dos Mundos. Mira la ciudad de noche en verano todo el año. Mojitos, daiquirís con acento agudo. La música, y esto es un lugar común, tópico, superficial. La música es allí otra cosa. Es víscera. Por eso hay cosas que mejor que decirlas, vivirlas. Si quieres intenta bailar pero te va a costar mucho trabajo. Una leve dama blanca baila como los ángeles, pero seguro que lleva años allí. Incluso seguro que se llama Hemingway de tercer o cuarto apellido.

Además de destruirlos, el bloqueo, que es cierto y real, les vale como excusa. Un anciano se emplea a fondo, te coge del brazo, te dice que no puedes irte sin darle un dólar. Que si no se lo das, sencillamente muere. La anciana es más sutil. Pide leche para su nieta. La misma anciana en la misma esquina todas las noches a la misma hora.

En el malecón, en dónde algún alma caritativa y gallega paga para que se reconstruya el tejido urbano, se acerca uno, "oye mi amigo, ¿eres español? Sí. ¿Y de qué parte? A ti que te importa. Y ¿llevas mucho tiempo en Cuba? Es indiferente lo que lleve. Y ¿cuándo te vas paspaña? Véndeme ya los puros y busca a otro". Tus puros que por supuesto son auténticos, algo incierto con los que te puede vender aquel negrito de la acera de enfrente. ¡Ah! Y mis mojitos, los mejores de Cuba.

La jinetera suele sacar de la fábrica y en el bolsillo unos puros cada día. Finalmente saca la caja y la etiqueta. Vende ese conjunto en quince dólares al amigo que tanto se interesa por la parte de España de la que eres. Y el amigo te lo vende a ti en treinta. Lo que significa, y ellos saben muchas matemáticas, que tu amigo ha ganado con una caja de puros tanto como lo que tu jinetera cobra en dos meses de trabajo de ocho horas día.

La educación no falla. Y los niños, uniformados, cogidos de la mano, van y vuelven del cole. Y aprenden, vaya si aprenden. Mayumi tiene una dirección de correo electrónico. La abrió en el cybercafé del Capitolio. Quiere ejercitarse en la "computasión", para cuando venga a España. Y aquel niño que me quería vender una calcomanía. Insistió, yo hablé con él. Al poco rato dos hombres se lo llevaron. No le hagan daño, por favor, no me ha molestado en absoluto. No estaba en el colegio y era la hora de estar.

Mi conseguidor y su mujer, cubanos de pura cepa, me invitan a comer en su casa. Pruebo la yuca, raíz melosa, como ellos. Entre patata y batata. Y la estupenda langosta que ha costado un dólar y medio. Y veo una casa cubana por dentro, modesta, limpia y blanca. Y muy abierta, aquí no hace frío.

Enciendo la televisión, que hoy funciona. Ayer no. Quizá porque la puse a deshoras. Se celebra el cuadragésimo aniversario de la Unión de Juventudes Comunistas: "Joven a joven, multiplicando ideas" dice la propaganda.

Sesenta minutos de descanso en Helados Copelia, un mulato anciano nos hace vibrar y no para durante todo ese tiempo. Sentado en una caja de lata, tiene en el suelo un viejo cubo de cinc invertido. En su mano derecha un palo de escoba con tres latas de diferentes espesores y por lo tanto timbres. Y entre las piernas, un mugriento cajón de madera. La mano izquierda acciona con un palo el cubo de cinc y el cajón de madera alternativamente. La derecha mueve las tres latas. No he oído jamás un mejor percusionista. Y entre golpe y golpe, mis dudas sobre si las ideas se propagan y los productos se publicitan. Todo a cuenta de la propaganda política del gobierno y la publicidad en las camisetas que vendía el niño que dos hombres se llevaron.

Sigo con la televisión cubana. Al toque de una luz roja, diez mil niños mueven sus banderitas cual primero de mayo en el Bernabeu. La luz roja la enciende el realizador del programa. Y se oyen discursos sobre la revolución, "cuarenta y tres años de valor, unidad y confianza en la revolución". Y finalmente el comandante los distrae por espacio de cuatro horas y media. Pero yo, por supuesto, me he escapado a la calle Obispo. Esa es La Habana.

Hago fotos de su arquitectura. "La Dichosa", un bar loco en el que toca una flautista de ensueño y son la once de la mañana. O "La lluvia de oro", el bar del aceite de patera. Qué noble edificio sin cristales y con habitantes. Qué viejo esplendor de la arquitectura. ¿Se les caerá toda antes de que puedan restaurar esa Habana que con razón se llama Vieja y no, por ejemplo, antigua?

Aquí hemos estado los españoles. En alguna plaza ya restaurada me he sentido, no sé muy bien si en Cádiz o Sevilla. Estiércol de caballo, jazmín. Esplendor de una época en la que eran, sin duda, mucho más ricos que nosotros.

Consigo la foto de una bella negra, muy negra. Va vestida de blanco. Y ¿que tal la de este espécimen cuyas nalgas inmensas impiden el paso a los demás, de tan estrecho el callejón, de tan ancha su envergadura? Mira esta mulata bellísima, con toda la dignidad de esta gente. La misma dignidad de Mayumi.

A la puesta del sol venden chupa chups, zumo de papaya y algodón de azúcar a la puerta de casa, los niños han salido de la escuela y llenan la calle y esperan así al padre que no saben si volverá del trabajo en un autobús legal, en un taxi ilegal, o en el volquete de un camión. Y el rojo poniente tiñe esas pieles entreveradas. ¿Qué será de esta gente en el futuro?

Mayumi se me había acercado con dignidad y respeto y me había pedido que la invitara a una copa. Y lo hizo con toda la sensualidad del mundo. Y me contó su situación, ya descrita y comentada pero, ¿con qué grado de victimismo? En cualquier caso mientras esto escribo en el ordenador de mi casa, con Keith Jarret tocando enloquecido en un buen equipo hi-fi a mis espaldas, sentado en una Jacobsen y tomando un vaso de leche, y sin tener en cuenta la diferencia horaria, Mayumi se lo estará haciendo con un cerdo de turista sexual de los que abundan en el primer mundo en un escenario del tercero. Así que esta gente tiene derecho al victimismo porque es víctima. De muchas personas y de su historia. Y de ese mar que tan cercano está.

Se llama Caribe.

NB. Mayumi cobró sus cincuenta, pero por contarme casi todas estas cosas. ¿No sería una solución?