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CUBA 2002
por
Juan Diez del Corral

El viaje COAR a Cuba es uno de los pocos viajes del que no habíamos dejado constancia documental en nuestro hAll. Y eso que es el único viaje en el que hemos repetido destino: en 1997 lo organizó Fernando Ancín, y en el 2002, yo mismo. No sé muy bien cual fue la causa de que no nos animáramos a contarlo, pero quizás fue la misma que esgrimieron algunos compañeros arquitectos para no ir: como uno de ellos me dijo, no es plato de gusto ver a, o hablar de, un moribundo. Los viajes organizados por el Colegio tienen como motivo central visitar las distintas arquitecturas que el mundo nos ofrece para aprender de ellas; pero en Cuba, muchos suponían, y otros hemos acabado sabiendo, que la contemplación y la reflexión arquitectónica iban a estar constantemente teñidas por esa extraña y lamentable situación política y social que parece enturbiar allí cualquier mirada.

Ajeno lo más posible a esa superstición llamada "actualidad" o "estar al día", me alegré mucho que uno de los viajeros que hicieron con nosotros aquella visita a Cuba en la Semana Santa del 2002, nos enviara dos años y medio después un largo y bello artículo para elhAll, contando algunas de las vicisitudes que vivió (o interpretó) en aquel viaje. Ello me sirve, en primer lugar, para presentar al autor a nuestros lectores; pues alguno de ellos, a la vista de los dos artículos que hemos podido leer de él en los últimos meses, ya me había preguntado que quién era ese tal Luis Wassman. Bueno, pues algo tan sencillo de explicar como que es un amigo de Madrid o compañero de estudios de Pablo Larrañeta que, invitado por éste, se unió con nosotros en aquel viaje. Es decir, que yo sólo conozco a Luis Wassman porque vino con nosotros a Cuba y, a posteriori, por los tres artículos que nos ha remitido. En la mala foto de grupo que nos hizo en la Plaza de la Revolución el despistado guía "chino" que nos tocó en suerte, puede verse malamente a Luis bajo un sombrero, justo el segundo por la izquierda al lado de Pablo.

Pero además de motivar un cuadernillo central más para elhAll, el artículo de Luis me sirve también para reavivar algunos de los recuerdos arquitectónicos de aquel viaje y ponerlos al día. Descargado del deber de contar la atmósfera putrefacta que se respira en torno a una gente alegre y dicharachera, o el enrarecido aire que se vislumbra sobre una geografía tan dulce que me hizo entender plenamente la nostalgia de los cánticos de las habaneras, voy a intentar ordenar y comentar las pocas fotos y anotaciones que hice porque, entre otras cosas, por culpa de un descuido y algún manos rápidas, yo también me dejé allá en la Habana, además del corazón, los dos o tres libros que llevaba para mi orientación arquitectónica. Entre ellos, la guía elaborada con la ayuda del Colegio de Arquitectos de Andalucía, que algún día tendré que volver a comprar.

Diré para empezar, que antes de ir, y mientras elaboraba el dossier arquitectónico del viaje, me entusiasmé con la lectura urbanística del plano de la Habana y con el estupendo escenario geográfico de su bahía que, como cuentan todas la guías, posee una entrada tan construida que hasta tenía una cadena para el cierre nocturno como si de la puerta de una muralla se tratara. Como de cada dossier de los viajes COAR que llevo organizados, hay al menos un ejemplar en la Biblioteca del Colegio, no voy a repetirme en las imágenes allí contenidas ni en los comentarios histórico urbanísticos hechos antes del viaje, así que paso directamente a contar unos cuantos momentos arquitectónicos con la ayuda del álbum de fotos que muestro en las dos páginas centrales.

La primera imagen que recuerdo al llegar a La Habana no la tengo en fotografía pero el lector puede hacerse una idea muy precisa: es la de la tapia del aeropuerto. Sí, digo bien, tapia. Desde el aire puede verse que el aeropuerto tiene una tapia que yo, de inmediato, comparé con la de la estación del tren de Logroño. Es una tapia larguísima, claro está, desmesurada, y opaca, hecha de obra, que recuerda también a la de un acuartelamiento. En todo el aeropuerto no había ni cuatro aviones, así que esa enorme envolvente se veía perdida entre un espacio exterior sin cultivar y un espacio interior vacío, muy similares los dos.

Instalados en el "ring" de la Habana, es decir, en ese espacio decimonónico que toda ciudad amurallada dejó tras el derribo de sus muros como gran oportunidad arquitectónica y urbanística, los edificios eclécticos, clasicistas o, -mejor dicho quizás-, "historiados", de finales de la segunda mitad del diecinueve y primer tercio del veinte, se despliegan aún como decorados o escenarios de ese magnífico momento. El tiempo me ha dejado en el recuerdo tan solo los dos viejos hoteles, el Inglaterra, donde teníamos hecha la reserva, y el Plaza, donde nos alojaron; el fantasmagórico Capitolio, enorme sueño simbólico de una América democrática convertido ahora en una momia para las visitas turísticas (1 y 2); y sobre todo, la presencia rotunda de los dos casinos españoles: el asturiano, convertido interiormente en un frío museo de pintura, y el gallego, con mucha más vida social y cultural, que es el podemos ver en la foto 3.

El “anillo” habanero baja por el sur al interior industrial y destartalado de la bahía, con estación de ferrocarril incluída, mientras que hacia el norte lleva por un boulevard evocadoramente llamado “Prado” al famoso paseo marítimo conocido como el Malecón (4). Tanto por la edificación como por la calidad de su fachada, este frente urbano se parece más al desastroso proceso urbanizador de un pueblón turístico del levante español que al de una metrópoli con vistas al mar. El Malecón no es la fachada con que la Habana mira al mar sino que es el triste mirador desde el que se sueña con lo que puede haber al otro lado del mar. En todo caso funciona como el espacio abierto en el que respiran las destartaladas y atestadas calles del barrio trasero del Vedado, al que volveremos en seguida porque, como es lógico, antes me piden paso los recuerdos de la Habana Vieja.

La impresión más honda de lo que fuera la vieja ciudad colonial de La Habana es doble: por un lado, la de la riqueza de sus raíces españolas y por otro, la de la desmesurada e imposible rehabilitación. Según nos contaron los viajeros del primer grupo, la Oficina de Rehabilitción de la Habana Vieja es un organismo oficial que goza de un poder especial dentro de la estructura administrativa de la ciudad. El patrimonio heredado de nuestra colonización es inmenso, y los criterios de su actual rehabilitación tienen ese sabor amargo de que el motivo de la inversión no es otro que el del relanzamiento de la industria del turismo. Junto a los edificios históricos abiertos a las visitas como el viejo Palacio de los Capitanes Generales (foto 5), conviven espléndidos caserones densamente habitados que literalmente se caen a pedazos (6 y 7). Los patios, los portalones, las columnas, los balcones o los artesonados de los aleros ofrecen el invariable código arquitectónico con el que se construyó la ciudad durante tres siglos y medio, desde su fundación en 1514 hasta el mencionado derribo de las murallas. Las iglesias, los conventos, el viejo seminario, los baluartes, siguen siendo referencias urbanas formales, aunque no funcionales, que los españoles interpretamos con la naturalidad de estar leyendo en nuestra propia lengua.

Puesto que todo esto puede ser encontrado en cualquier guía, prefiero cerrar el breve album de fotos del Centro Habana con un par de imágenes congeladas correspondientes a dos momentos distintos del comercio urbano: el de una espléndida farmacia de madera (8), y el de una semivacía tienda de electrodomésticos de los años cincuenta (9). Me parecieron mágicos o irreales, y en todo caso mucho más singulares que todos aquellos de los que se ocupa la Oficina de Rehabilitación, pues pueden visitarse aún como si la máquina de viajar en el tiempo fuera una realidad.

Fuera de muros y hacia el Oeste, el “ensanche” del Vedado contiene una caótica mezcolanza de viejos patrones hispánicos, órdenes decimonónicos y arquitecturas modernas del siglo XX (foto 21) . El muestrario de edificios art decó es fecundo, y como en España, a veces cuesta encontrar la línea en que deviene modernos. Vimos el edificio Bacardí, el Gran Templo Masónico, el Hotel Nacional, el antiguo Colegio de Arquitectos (10), y el edificio López Serrano (11) que desde 1932, en que se construyó, parece no haber sido pintado más que por el exterior. Y por supuesto, visitamos con detenimiento el edificio Solimar (12), cuya fuerza expresiva le haría merecedor de mayores honores en caso de estar en otro país. De todos modos, al paso y sin guía, fuimos descubriendo otros muchos edificios notables de este periodo tan querido para los arquitectos y tan incomprensible para los profanos (13,14 y15).

Siguiendo hacia el Oeste por la línea del mar, más allá del Vedado se extiende una Habana residencial y en ciudad jardín que precisa de automóvil para una rápida visita. Como también se precisa de un coche de alquiler, si el arquitecto más curioso y menos exquisito quisiera visitar Alamar, la ciudad de bloques de la Habana Este, donde la ciudad y la dignidad de la arquitectura perdieron su nombre (16 y 17). El panorama de los espacios entre bloques es sobrecogedor, y el deterioro, ya no digamos. Pero como arquitecto, uno puede sino quedarse mudo ante imágenes como la de la foto 18 que corresponde al frente del barrio que mira al mar.

Como no quiero acabar los recuerdos fotográficos tan mal, invito al lector a ver dos hermosas imágenes de Pinar del Río (19) y Viñales (20) en donde la calle sabe a la arquitectura de un modo intemporal de construir y no a turismo, ni a estilos, ni a deterioro, ni a arquitectos que despuntan ni a rehabilitaciones a medias.

Aunque la foto del grupo (22) con la que necesariamente debo cerrar, nos devuelva a uno de esos lugares tan contaminados por el poder político que pide a gritos una urgente... “intervención arquitectónica”.


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[22. Pulse en la imagen para agrandarla]