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LA GRAJERA
por
Félix Vitoria

Tengo una perra que en una ocasión logró espantar una perdiz al pié del monte de la Pila y resultó una experiencia estimulante. Y como nos gusta regresar al lugar del crimen, solemos pasearnos por el camino de Lardero a Navarrete que corre paralelo a la Autopista, a la altura de La Grajera.

Cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo. He pasado frío otras veces por el campo, pero por primera vez, precisamente en La Grajera, pude comprobar la veracidad de ese dicho, cuando dos de esos córvidos me pasaron rozando al remontar una loma. Una de esas lomas remodeladas que tanto me gustan y que me hacen jadear. Me gustan hasta sus árboles más esmirriados que son sólo una esperanza, pero esperanza al fin y los sobresaltos de sus perdices al paso distraído de mi perra. Me inquietan un tanto sus barranqueras, nacidas al amparo de las deficiencias del sistema de riego. Me gusta la línea de la Autopista en el horizonte Sur del parque. Esa línea permanente, junto con las que se insinúan en las maniobras de los escasos golfistas pasmados, son un contrapunto perfecto. Me relaja el modesto color verde de ese césped un tanto achacoso. Me parecen muy eficientes las sendas señalizadas, asfaltadas o no y sus recorridos consiguen sorprenderme. Magníficos sus horizontes por el Norte y por Poniente, aunque sea lamentable la cornisa que le ha nacido al Arco por el Oriente, la cara corrupta de la ciudad.

El monte de la Pila me tienta siempre, pero ese día rechacé su invitación. Con mejor tiempo es estupendo ascender y asomarse a los cuatro vientos, incluso ver a los golfistas como puntitos de color desperdigados en el pasto.

El campo de golf es una coartada magnífica. Se le puede mirar o ignorarlo. Está allí, pero podría no estarlo. Algún día desaparecerá, cuando los golfistas no puedan echarlo de menos y entonces los caminantes tendremos que empezar a preocuparnos. Mientras tanto debemos hablar bien de él. No demasiado, por lo que pueda pasar. Un poco de oxígeno. Un poco de agua. Algunos cuidados. Discreción.

En el pericentro del campo de golf han puesto un edificio. Se llama Casa Club. Tiene un salón de usos múltiples, terrazas múltiples, urinarios múltiples. Tiene también un restaurante con un comedor mixto, patio mixto, ventanales mixtos, techos y pilares mixtos. Afortunadamente comí allí un excelente menú del día a muy buen precio. Incluía un cardo excepcional y unas inefables costillas de cerdo, perfectamente cocinadas y muy abundantes. Todo ello con un personal de servicio excelente, amabilísimo y atentísimo. Tan amables que tuvieron el detalle de empaquetarme perfectamente las costillas sobrantes para uso y consumo de mi querida perra, que bien se lo había merecido.