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HISTORIA DE UNA ESCALERA
por
Pepe Garrido

Historia de una escalera es el título de una obra de teatro de Antonio Buero Vallejo, de finales de los años cuarenta, que en la pasada temporada fue repuesta exhibiendo una escenografía diseñada por el arquitecto Oscar Tusquets.

No es el momento, ni el medio, de mostrar las cualidades dramáticas que en su momento se le descubrieron al autor con motivo del estreno, ni del contenido más o menos realista del argumento, o de la crítica social que no muy explícitamente expone, sino de la inevitable protagonista de la escenografía, que ya el título de la pieza nos hace adivinar: la escalera.

Lo que continúa no es una afirmación irrefutable, sino tan sólo una sospecha. Y lo que sospecho es que Oscar Tusquets, en ese trabajo es donde probablemente por última vez ha podido disfrutar pensando una escalera. Pensándola sin más condicionantes que los de la razón y el destino de su creación, recreación, arquitectónica. Sin tener que respetar normativas municipales, ni ordenanzas de viviendas de renta limitada, ni precauciones de profetas del desastre que supone un incendio, ni tener que competir con la compañía de un ascensor quizá más protagonista, ni que sucumbir ante problemas de accesibilidad dictada.

¡Qué agobio! Tener tantos imperativos a respetar.

En su escenografía despliega un amplio vocabulario arquitectónico, y así un tramo es de planta curva, con peldaños compensados en abanico, otro es recto con barandillas permeables a la luz y la vista, y el siguiente da la vuelta con una barandilla opaca, como si de albañilería fuese. Entre cada tramo, el descansillo también adopta distintas formas y dimensiones según las puertas que a él abran, dilatándose o alargándose para dar respuesta a las demandas de la función. Y en este suceder nos muestra una escalera sencilla, modesta, unitaria, de casa de vecinos, pero pensada para lo que sirve: comunicar los distintos planos de cada planta, y lo que es más importante, a las gentes que viven en ellas.

Si me he animado a iniciar este escrito, sobre una escalera humilde y teatral, es porque la escalera, asfixiada por tantos imperativos constrictores, está a punto de desaparecer como pieza y creación fundamental de la arquitectura, para ser reciclada en algo tan vulgar y prosaico como es una "vía de evacuación".

¡Bye, bye, mamperlán!, ¡Bye, bye, limón!, ¡Bye, bye, culo de mona! …

El consuelo queda en el recuerdo de las maravillas existentes, fruto de la creación, y en la sorpresa que el descubrimiento de algunas piezas desconocidas proporciona. Y es que aún es posible encontrar, escaleras sencillas, como la de la obra de teatro, que se hicieron en tiempos pasados, con cariño y sin medios económicos deslumbrantes. Escaleras creadas en la libertad que la ausencia de imposiciones externas supone, y a la vez escaleras bien pensadas y bien construidas.

Una de estas se encuentra en una casa de los años cincuenta, proyectada por el arquitecto madrileño don José Mª. Rodríguez y dirigida por don Agapito del Valle, que se puede ver en la calle Sta. Isabel nº 8, de Logroño.

Es una sencilla escalera de dos tramos, de ida y vuelta, de una casa de vecinos, que viven repartidos por sus cuatro plantas y sus ocho viviendas.

Lo primero que gusta es la pilastra circular de la que arranca la barandilla, por lo bien que ayuda a la resolución del difícil encuentro entre ese primer tramo y el plano horizontal del que nace. Es una solución análoga a la que proporciona el culo de mona a las barandillas de cerrajería, pero siendo la descrita sin duda más modesta, reinterpreta ese modelo ya conocido y lo pone al alcance de un oficio más primario, al alcance del albañil.

La escalera recién nacida sube flanqueada por un peto de albañilería revestida, con una altura de 86 cm., de asombrosa ergonomía. Nadie creo que tenga sensación de peligro o desprotección ante un traspié que terminase en caída, y sin embargo la posición del pasamanos, más baja de la mínima obligatoria hoy, resulta más cómoda por estar mucho más a mano. El pasamanos es una sencilla tabla barnizada, de bordes redondeados que tapa y remata por arriba el peto, y contra la que se estrella el yeso que lo reviste, no sin antes haber dibujado un rehundido, del tamaño de un junquillo, buscando una línea de transición y un disimulo a la más que probable fisura deudora del cambio de materiales.

Subiendo, se ve la cara inferior de la zanca que más arriba en el descansillo inicia la vuelta, y desde esta posición se disfruta de la arista del diedro compuesto por el plano inclinado de la losa con el vertical exterior del peto, donde el albañil, con exquisito amor a su profesión y provisto de una terraja de recorte imposible, creó una moldura artesanal que en cierto modo redondea a la vista la violencia de la arista desnuda, pero que paradójicamente multiplica en un haz de líneas de sombra paralelas su única presencia.

El ascenso, ya que no hay ascensor, se hace inevitablemente a pié, pero no supone fatiga, ni palpitaciones, ni ahogo, en tanto que cada grada con el añadido del mamperlán llega a tener una pisa de 32 cm., mientras que la tabica no excede de 16 cm. Así no me resultó extraño presenciar el lento descenso de una anciana, sin ayuda y sin miedo a rodar por las escaleras abajo.

Llegando al descansillo, vuelve la escalera y vuelve el barandado. Y es cierto que vuelve, ya que mientras da la vuelta no pierde continuidad y el pasamanos, en un alarde de cortes y encuentros bien resueltos, se abate hasta el plano horizontal, gira, sube y retoma nuevamente el plano inclinado simétrico del que traía.

Y así sube una escalera, sencilla y bien hecha. Y baja igual de bien.

Y los vecinos que la usan, en correspondencia al servicio que les presta, la tienen muy bien conservada, limpia, blanca, luminosa y sin roces. Cuidada. Estará muy bien que sigan prestándose mutuo apoyo, porque escaleras así ya no se hacen y vecinos así no abundan.