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L'architecture vivante 1923-1933
El documento arquitectónico del movimiento moderno
Del 20 de febrero al 9 de marzo de 2004

Sala de Exposiciones del Colegio Oficial de Arquitectos de La Rioja
Barriocepo 40, Logroño. Horario: Laborables y sábados de 19:00 a 21:00 h. Festivos de 12:00 a 14:00 h. Lunes cerrado.

La edición de esta publicación sobre la revista L’Architecture Vivante, nos permite conocer, a través de la arquitectura, las inquietudes de la década que se abrió paso entre los años 1923 y 1933.

Si algo se puede afirmar de esa época, fue la ilusión por renovar la naturaleza social y arquitectónica del momento. Hoy, su legado resulta de incuestionable valor, y como herederos del Movimiento Moderno, seguimos arrastrando esa bella utopía a veces olvidada, del arquitecto como crisol de la técnica y el arte al servicio de la sociedad.

Volver la vista atrás, supone recordar que en un pasado próximo se tuvo la capacidad de modelar la realidad del mañana, formulando un entorno histórico en el que la arquitectura, superando las artes visuales, logró crear una forma de pensamiento.

Esta revista francesa fue editada por Albert Morancé (quien también lideraría otros proyectos similares en cuanto a su presentación, como L’Art d’aujourd’hui o Les arts de la maison). Junto a Morancé, el otro nombre destacado de las revista fue el de su director y jefe de redacción, Jean Badovici (1893-1956). Arquitecto francés de orígenes rumanos, que pronto dedicaría la mayor parte de su tiempo a la crítica y a la historia de la arquitectura.

Las características esenciales de L’Architecture Vivante son su periodicidad trimestral y su formato, un portafolio de 28 x 22,5 cm. Respecto a su estructura interna, cada número consta de un fascículo de 8,16 ó 32 páginas de texto –en ocasiones con ilustraciones intercaladas- y de 25 lujosas láminas fuera del texto. Su existencia se prolongó hasta un total de 42 números, entre el de otoño de 1923 y el de invierno de 1933, que se agrupaban de forma intencionada por volúmenes semestrales.

En cuanto a sus contenidos, la estrategia general de la revista impuso el estudio monográfico de un arquitecto contemporáneo o de un tema en concreto. Conceptualmente puede decirse que tuvo dos épocas, con el año 1927 como frontera. Así, si hasta ese año había defendido el arte de los hermanos Pret, Tonny Garnier, Henry Sauvage o Süe y Mare, estas opciones serían sustituidas, a partir de esa fecha, sobre todo por la exaltación de la figura de Le Corbusier.

Badovici fue el gran entusiasta del proyecto, al que logró dotar de una seriedad documental -casi científica- incontestable. También de un ideario peculiar, pero que era compartido por muchos arquitectos en su época, según el cual todavía se podía creer en una utopía que fundiera, como metales en un crisol, humanismo y devoción por la máquina, individualismo y reconocimiento de la primacía de lo colectivo, clasicismo y formas vanguardistas, o ciencia y filosofía, por citar sólo algunos pares de conceptos fundamentales durante esos años.

Pero sin duda, la conclusión mas destacada que se puede entresacar una vez se estudia L’Architecture Vivante es que toda esa utopía de la que hablábamos antes era, a un tiempo, de naturaleza social y arquitectónica, procedía de esos dos ámbitos, que se mezclaban con naturalidad y que se reforzaban mutuamente cuando se soñaba con un futuro que empezaba a ser realidad en ese presente. De ahí la importancia de la arquitectura moderna en el período de entreguerras (y su superioridad sobre las artes visuales): sólo ella fue capaz de responder a las nuevas condiciones sociales y económicas pero, al mismo tiempo, de anticipar la construcción de ese presente. Lo profetizó y, simultáneamente, lo convirtió en una realidad tangible.